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domingo, 23 de septiembre de 2007

La noche del cachirulo

Festival de Jota
Grupo: Blasón Aragonés
Escenario: Auditorio Municipal (Guadalajara). 11 de septiembre de 2007

La puerta se abre. Seduce y hace entrar al incauto. Dentro no hay voces frías. Tampoco pestazo a alcohol, perfume embriagador de la semana. El bar está cerrado. Los cartones de vino peleón y el refresco de botella se reservan para el sábado, el retorno de Dover. Llorarán la ausencia de Marea. El vaso no se desborda, ni hay un grifo goteando. Hay amenaza de estrellas en el cielo, no de lluvia. Lentamente, el público se va situando en el Auditorio Municipal. Van ocupando el cemento que se divide en trincheras al estilo bélico. La dura piedra se cubre de veteranía. Periódicos salvaguardando el trasero. Rentabilizar la tinta que escupe medias verdades, las peores. Tres millares largos de espectadores, entradón. La tarde es agradable y apenas sopla la brisa. No ha habido prueba de sonido. No es necesaria. La jota fluye sin ensayos ni preparativos ornamentales. Brota como algo natural. Busca al artista y lo encuentra. Fuera, pasa una charanga, un desfile de peñistas que corea lemas prestados de los campos de fútbol. El Festival de Jotas de Guadalajara está a punto de arrancar. Jotas aragonesas, no castellanas. La diferencia, explica Mario, espectador experimentado en estas lides, reside en que la segunda es más sobria y menos movida que la primera. Mientras lo explica, una vecina de fila le recrimina haberse olvidado de traer el cachirulo, el pañuelo rojinegro que se reproduce cada octubre en Zaragoza en los festejos del Pilar. El Auditorio se convierte, por unas horas, en territorio maño. Como una embajada de la franqueza dentro de la gelidez alcarreña. Se habla acentuando las sílabas. Cada uno interpreta un papel. En el centro, una dedicatoria. Concierto dedicado a las mujeres, “desde la más alta a la más baja”. Blasón Aragonés regresó al lugar en el que tantísimo disfrutó el año pasado. Una docena de mozos y mozas para empezar. “¿Qué tal estamos, familia?”. Tres voces. La enérgica de Susana Gil. La valerosa de Julio Latorre, el pívot titular del equipo de la jota. Y el resumen de un estilo inextinguible, perpetuado de generación en generación, encaramado a las cuerdas vocales de Jesús, el maestro. Fuera de tecnicismos, un repertorio dorado. Reivindicativo al referirse al Ebro, el río que colma la sed de Aragón. Noble al recordar a Agustina de Aragón. Hermoso en la dedicatoria de Latorre. Humano a lo largo de su ancha orilla.

MAREA. A mil revoluciones

Marea
Escenario: Auditorio Municipal (Guadalajara). 21 de septiembre 2007

Pues fue que sí, que el de Marea, con una semana de retraso, era el concierto estelar de las Ferias de Guadalajara. Enfangados los políticos y algunos medios informativos en un barriobajero y ridículo baile de cifras alrededor de la asistencia, nadie se había apercibido. El Auditorio, para el que le interese, se abarrotó a falta de rellenar las últimas filas, lo que permite aventurar la cercana aparición del oportunista comunicado de turno hablando de ‘éxito’, maldita palabreja. El concierto, de larga duración, fue de aquellos que no dejan indiferente, con un sonido limpísimo ejecutado por un grupo que en la actualidad constituye una de las maquinarias más potentes que operan en el panorama nacional. Tocaba Marea, el quinteto navarro que ha recogido el testigo del fervor popular que había dejado arrinconado Extremoduro, en horas bajas. Enarbola esa bandera generacional Kutxi Romero, rapsoda urbano que traza versos con una sinceridad apabullante. Bien podría ser un cruce entre el Rosendo insobornable y el Robe Iniesta más centrado e inspirado. Kutxi y su tropa siguen con reverencial respeto la línea marcada por anteriores generaciones. Con una diferencia. Ya no hay mensajes antisistema. Lo que sugiere de fondo la música de Marea es una rebelión desde el inconformismo. Las utopías, enclaustradas últimamente en fórmulas sencillas, se sustituyen por canciones que se reparten la energía en el sonido y en las letras. El concierto de Marea transcurrió bajo esos designios. Sólo se ralentizó en el habitual arranque por bulerías de Kutxi y cuando se afrontaban las composiciones del último disco, el sexto, todavía demasiado reciente. El medidor de latidos se revolucionó con los clasicazos, 'Duerme conmigo' –con Dani de Despistaos invitado- y ese 'Corazón de mimbre' que bien podría figurar en una antología poética del siglo XXI. El Piñas dejó su impronta heavy al cuarteto de temas al que se midió previa invitación de Kutxi ya totalmente descasimado. En esa tesitura y ya superando las dos horas largas se llegó a la tanda final, con 'Perro Verde' coreado con la fiereza que le otorga ser ya todo un himno y con 'Marea' cerrando una noche que acabó en manso oleaje después de una tempestad acústica manejada con extrema profesionalidad.

martes, 18 de septiembre de 2007

XI+1 CRISIS ROCK. De bajón

XI+1 Crisis Rock
Grupos:
Código K, Puro Chile, LosDelGas, Hamlet, Koma y Hora Zulú
Escenario: Auditorio Municipal (Guadalajara). Sábado 8 de septiembre de 2007

El Auditorio Municipal agota el crédito. Marcha despacio hacia el derrumbe, según proclaman voces apocalípticas y no apolíticas. Si todo avanza como debe hacerlo en la mente de privilegiados analistas musicales, la ciudad se quedará sin una de sus escasísimas sedes melódicas al aire libre. No es perfecta –las gradas son como trincheras en el campo de combate-, pero ha sabido conservar la esencia de lo tradicional, confiriéndole un carácter entrañable. El Auditorio ha sido, por ejemplo, la casa del Crisis Rock en las once ediciones que llenan su historial. Han recorrido de la mano el mismo camino. Con sus instantes de gloria, como aquella noche de hace cuatro años en la que el ‘festi’ congregó a más de 4.000 espectadores, y los depresivos, relacionados con granizadas inesperadas, alguna caída de cartel y la baja asistencia. A base de calimocho, ruido ensordecedor y la pasión de una peña por un género siempre en peligro de extinción, el Crisis ha resistido. Mayor prueba de fe que este año, imposible. El Crisis reunió prácticamente el mismo cartel que en mayo, fecha en la que fue suspendido. Falló Def Con Dos, o lo que es lo mismo, el grupo que cargaba con la responsabilidad de dar el plus a la velada. Es lo que le faltó a la undécima edición, tirón, un nombre poderoso, que uniera pasado brillante con presente estable, papel ya jugado anteriormente por Reincidentes, Gatillazo, Barricada o el inmutable Rosendo. Un grupo con legión de seguidores que aumentara los decibelios en el graderío y que rellenara el cemento. El XI+1 Crisis Rock disgregó el clímax en varios frentes. Sin un foco de atención concreto, lo que se tradujo en una cifra pírrica de asistencia, 500 personas en la cima de la noche. Otro factor determinante fue la fecha, prólogo de Ferias y Fiestas, lo que deriva en una masa de jóvenes con el presupuesto ya amortizado, y la irrupción un concejal nuevo y poco melódico empeñado en sobrecargar de rock las noches septembrinas.
El resultado fue un Crisis con dos disfraces. La cara la puso la entusiasta organización, premiada con una plácida noche y con el excelente trabajo de Puro Chile y Koma; y la cruz ese bajón de asistencia, con doble asterisco. Porque, hasta con cambio de fechas y con las Ferias golpeando la puerta, el Crisis consiguió reunir a medio millar de fieles.
Abrió la noche, con la luna en el cuarto de invitados, el grupo de Guadalajara Código K. Como es habitual, una labor complicada la de salir a tocar los primeros. El panorama no invitaba, con el graderío desértico. El botellón se servía en las afueras del recinto. Con un sonido limpísimo, Código K reivindicó desde el eclecticismo y con entereza su puesto de honor en el festival. La intensidad se multiplicó con Puro Chile, con la arrolladora Mamen Rodrigo al frente. Desarrollaron un concierto directo y adrenalítico, llevado con veteranía por la volcánica bajista y el guitarreo enfurecido de Urko Igartiburu. Amortizó al final ese ‘Me gusta ser una zorra’, apropiado del extinto Vulpes que comandaba la propia Mamen. La intensidad sonora se ocultó bajo una sonrisa con LosDelGas. En este grupo, a medio camino entre el rock y la charanga, la música ocupa un segundo plano. Queda cubierta por una puesta en escena basada en un humor desprejuiciado y resultón. Vestuario a lo butanero, gorros del Tío Sam y una armónica como dulce invitada. LosDelGas cedieron paso a Hamlet, que ejecutaron un concierto oscuro como sus letras y preciso, ya con el anfiteatro inferior abarrotado. Sin sorpresas, cumplieron con lo establecido, siendo relevados por Koma. Los navarros salieron enrabietados, aporreando las guitarras y haciendo rugir las piedras del Auditorio, provocando el cabeceo nervioso de un ex concejal feliz en su nuevo papel vital. En mitad de la madrugada, fue el turno de Hora Zulú. Aguantaron el éxodo de espectadores y resistieron con los fieles. Fue la nota distintiva del Crisis, la que más se alejó del decálogo que firma anualmente el festival. Un sonido con un grado superior de fusión, con espacio para el hip hop y con unas letras trabajadísimas, otro ejemplo de poesía urbana. El Crisis se despidió de mano de los granadinos, deseando regresar a mayo y agradeciendo, un año más, la complicidad de un Auditorio con demasiada carga histórica como para que desaparezca sin que le dejen despedirse.

martes, 4 de septiembre de 2007

ROSENDO. La vieja escuela

Rosendo
Género: Rock
Escenario: Huerta del Obispo de Alcalá de Henares
Fecha: Jueves 29 de agosto de 2007

Rock sin concesiones, sin alardes estéticos ni parafernalia innecesaria, desvestido de ambiciones desmesuradas. Música a flor de piel, en contacto con el público, que la puede acariciar, sentir y hacer propia. Un bajo, un batería y él, la guitarra, la voz del anónimo, Rosendo. A estas alturas, nada tiene que demostrar el carabanchelero, una institución y un símbolo intergeneracional del rock en castellano.
Sale sin esa presión de agradar a toda costa, guitarrea como en los viejos tiempos, critica sin piedad el sistema que edifica la sociedad. Al ciudadano anónimo no le cuesta identificarse con un tipo tan llano y cercano como Rosendo, que lleva hasta la música y las letras este patrón de conducta. Poesía de barrio madrileño, alaridos furiosos de la acera, un ejemplo de vieja escuela que envejece con dignidad, sin dar un paso atrás, sin ceder en el pulso con lo comercial.
Si el tiempo transcurrido ha servido para algo, ha sido para incrementar su grado de cabreo contra lo que le rodea. Las canciones de su último trabajo, el combativo 'El endémico embustero y el incauto pertinaz', siguen esa línea. En Alcalá de Henares fue desplegando las composiciones de este trabajo, enlazándolas sin interrupción en el tramo intermedio de la velada. La autenticidad legitima a Rosendo.
Emergiendo de su voz, temas como 'Harto', 'Date por disimulao' y 'Una duda razonable' se clavan en la conciencia. Descargas adrenalíticas y a máxima velocidad, a tanta, que en su primera hora, el concierto, mecido por un viento obstinado, superaba la quincena de composiciones. Del arranque al epílogo, Rosendo elaboró desde la seriedad una línea recta, sin altibajos, con mano firme.
Lo comentado, rock directo, al grano, desde el inspirado inicio de 'Agradecido' hasta el reventón final. Entre medias, un atracón de melodías más corrosivas que nunca, ninguna impostura y muchas canciones. Una buena dosis de saber estar sobre el escenario, oficio y rimas, realidad y guitarras. Rosendo en estado puro.

jueves, 30 de agosto de 2007

DAVID BISBAL. Negocio de cadera

David Bisbal
Género: Pop
Escenario y fecha: Huerta del Palacio Arzobispal (Alcalá de Henares). 28 de agosto de 2007

Para pasar una noche divertida, un recital de David Bisbal es una buena opción. Como pasatiempo, inmejorable. Para apostar, perfecto. ¿Cuántas veces dice la palabra ‘amor’ a lo largo de un concierto? ¿Y ‘os quiero’?. En lo musical, es como una etapa de alta montaña del Tour de Francia. Costosos ascensos y descensos a tumba abierta, sin llano ni espacio para recuperar fuerzas. De la baladita de turno al desenfreno discotequero.
En directo, se constatan dos de los tópicos que les persiguen. El primero, que artísticamente son flojos, por mucho estruendo y parafernalia tecnológica que traten de adecentarlos. La gira actual la han rodeado de pantallas gigantes que no ocultan ningún detalle de lo que pasa en el escenario. De paso, hacen negocio en los tiempos muertos, con el anuncio de la consabida descarga de melodías por móvil. Aquí dinero y música van juntos. Lo segundo, que el ex triunfito se entrega a la causa, sin opción al reproche. A estas alturas de gira la voz le empieza a fallar, pero persevera, la lleva hasta el límite y no reserva ni un miligramo de energía para el futuro.
Pues eso, una maratón. Es el mismo Bisbal de siempre, el que contonea la pelvis para mayor gloria de las que acechan en las primeras filas. El que trata al público como si fueran parte de su pandilla de amigos. Cercano y a la vez poco creíble en la interpretación de las canciones, como si siguiera estando en la academia con Chenoa, Bustamante y compañía. En el fondo, se ha constituido como el gran baluarte de los triunfitos, la garantía de un producto en decadencia, desgastado por el uso.
Bisbal, sobre las tablas, ha seguido manteniendo los mismos principios, ejemplo de resistencia. Le sobra actitud y le faltan canciones. Para el talento musical ya tiene a la banda. Y si la voz se le quiebra, para eso está el auditorio, complacido de corear y bailar piezas tan intrascendentes como lúdicas del estilo de 'Ave María', 'Oye el boom' y 'Torre de Babel'. Una aproximación inocente al break dance ('Calentando voy') o a letras de vestimenta más social pusieron el leve contrapunto al enérgico despliegue de pista de baile que sirvió en Alcalá el ex ricitos, que ahora apuesta por un peinado, vacío a los lados, espigado y elevado al frente, que roza el afro. Es lo único que le aleja de lo que ofreció por la pantalla grande.
Un pasatiempo que se puede disfrutar más allá de prejuicios con o sin fundamento, un negocio para el artista y su equipo y un entretenimiento energético para sus seguidores, de número elevado y ya estabilizado.

viernes, 16 de marzo de 2007

MANOLO ESCOBAR. Superávit de memoria

CONCIERTO

Manolo Escobar
Espectáculo: 'De Manolo a Escobar'
Intérpretes: Manolo Escobar, Guillermo Martín (piano) y Marc Rosich (maestro de ceremonias)
Escenario: Teatro Buero Vallejo (Guadalajara). 16 de marzo de 2007

Rompiendo los códigos que estructuran el marco temporal, un concierto de Manolo Escobar se configura en la actualidad como un regreso al pasado, como introducirse en una máquina del tiempo. Canciones pretéritas, loas a valores que ahora andan ensombrecidos y frases y gestos casi de rango marcial. Ayuda a pintar el singular cuadro el sosegado comportamiento de un público veterano, poco dado a éxtasis emocionales que precisen de un derroche de energía. Lo que resulta de esta acumulación de detalles es una velada de otra época, con sus correspondientes virtudes y defectos. Con un artista, corazón de la noche, con tanto carisma, no hay objeción, como dificultades para transmitir algún tipo de sentimiento. Hay que escarbar demasiado adentro, abusar de memoria, para poder corresponder a lo que ofrece 'De Manolo a Escobar', ese espectáculo en el que el almeriense se autohomenajea. Un ejercicio musical disfrazado de una dramaturgia biográfica, que lejos de ser eficaz, ralentiza y resta espontaneidad a la velada. Es un intento loable, aunque fallido, por modernizar una gala que, eso sí, funciona con la precisión de un reloj suizo para cumplir con la demanda básica del entusiasta seguidor del músico.
'De Manolo a Escobar' se divide en dos capítulos. El primero se centra en Manolo, la persona, los inicios. El siguiente mira al artista. Un maestro de ceremonias de omnipresente verborrea conduce cada acto. Manolo Escobar apenas interviene si no es para cantar. La tanda inicial de composiciones fue fría en las tablas y en el graderío. Incomodaron en exceso al protagonista unos irritantes problemas acústicos. Ni con 'El porompompero' ni con los homenajes a su madre, hija y esposa, se sacudió el nerviosismo. Sí se estabilizó tras el oportuno parón, más centrado y por fin coordinado con sus músicos y graderío. 'La minifalda' sonó precisa y Escobar llamó a filas con 'Moderno pero español' y 'Mujeres de vino'. Llegando al espinoso tema de la patria ("con ella no se juega", espetó a modo introductorio), interpretó uno de sus clásicos, 'Y viva España'. Lejos de lo presumible, nadie se exaltó. El fervor para las manifestaciones. Y así, gélida, siguió la función, cerrando repertorio con 'Mi carro'. Una velada sincera y emotiva, aunque inevitablemente anticuada.

sábado, 17 de febrero de 2007

ISABEL PANTOJA. Gélido desgarro

Isabel Pantoja
Espectáculo: 'Enamórate conmigo'
Escenario: Teatro Buero Vallejo (Guadalajara). 16 de febrero de 2007

Pétrea y gélida. Muda con el auditorio. Isabel Pantoja habla cantando, se comunica al borde del desgarro con las canciones. Un micrófono, unas cuantas sonrisas, agradecimientos y a cantar. En los conciertos de Isabel Pantoja no hay hueco a la improvisación. Si existe, son chispazos esporádicos, como cuando la andaluza solicita con tibieza al patio de butacas colaboración para susurrar un tema. Tampoco hay que leer entre líneas. Diva hasta el final, Pantoja fabrica recitales de desarrollo lento y tremendamente enérgicos en combinación con el entusiasmo que despliegan sus seguidores, nostálgicos su mayoría de emociones pasadas.
‘Enamórate conmigo’, ambicioso espectáculo amparado por José Luis Moreno, viejo conocido de Guadalajara, cuenta con un aliciente inesperado y una serie de factores que contribuyen a desdibujar el retrato final. La grata sorpresa llega por el trabajo de la orquesta que arropa a la sevillana. Excepcional la labor desplegada por estos músicos, con el piano de Horacio Icasto al frente. Son capaces de dotar de sonidos cercanos al jazz y al pop, algo sorprendente, a temas que los puristas siempre han considerados intocables. Es agradable, a la par que curioso, escuchar una composición como Buenos días tristeza a ritmo de bossa nova. En el otro lado de la balanza hay que colocar los disparates habituales, populismo puro, que se suelen ver en las producciones de José Luis Moreno. A cada descanso y cambio de vestuario de Isabel Pantoja le correspondía una pieza sin conexión con lo visto anteriormente. Nada que sorprenda al público que se considere habitual de las óperas y zarzuelas de la temporada lírica de Guadalajara. Salvo una excepción cercana al epílogo, con el cuadro flamenco, estas aportaciones gratuitas restan en vez de sumar, conformando un espectáculo con altibajos.
Dividió Isabel Pantoja el concierto, que superó las dos horas de duración, en cuatro partes, coincidiendo con sus cambios de vestuario. Un arranque lento a lomos del piano del jazz, suave y que sirvió para presentar la escenografía ampulosa que decoró las tablas. Apenas le costó entrar en calor a Pantoja, arropada por los elogios del auditorio. Desde el inicio se pudo ver que la lentitud iba a ser una característica del concierto. Isabel Pantoja interpreta desde el estatismo y hasta el desgarro las canciones. Otro ejemplar de escenificación musical, otra actriz abocada a la teatralización de sus composiciones. Abrió con el bolero ‘Perfidia’ (“Nadie comprende lo que sufro yo”), a la que siguieron ‘Anoche hablé con la luna’ y una excesivamente relamida ‘Si tú me dices ven’. El segundo turno apostó por la canción melódica. Fue entonces cuando la artista se dirigió por primera vez al público: “¿Os gusta que baile?”. Aquí llegó la popular ‘Buenos días tristeza’. Un tono más melancólico y veloz alcanzó la siguiente oleada, ya de rojo la tonadillera, con ‘Sabor a mí’ o ‘Qué tal me va sin ti’. El flamenco se adueñó más tarde de la velada aportando un toque racial que consiguió sacar al público del aletargamiento. Por fin se vio entonces a una Isabel Pantoja suelta, comunicativa y liberada. Adquirió entonces la noche otra dimensión menos lineal, poco antes de entrar en los bises, fuera del horario de cierre de esta edición.

domingo, 8 de octubre de 2006

JOAQUÍN SABINA. A lo grande

CONCIERTO

Joaquín Sabina
Intérpretes: Joaquín Sabina (voz, guitarra), Pancho Varona (voz, bajo), Antonio García de Diego (voz, teclados, guitarra), Olga Román (voz, coros, guitarra), Jaime Asúa (guitarra eléctrica), Pedro Barceló (batería)
Escenario: Plaza de Toros de Las Ventas. 6 de septiembre de 2006. Entradas agotadas.

Madrid hiperboliza todo lo que toca. Agranda lo insignificante, ensalza lo banal, acapara los elogios, invierte en los improperios. Madrid es capaz de convertir una nimiedad en un hecho trascendental. Algo pasable en imprescindible, transformar lo simple en obvio. Madrid funciona a lo grande. Su corazón late más rápido que el del resto de las ciudades, a una marcha superior, a una velocidad tan vertigionosa que en cualquier momento puede derrapar y estrellarse. Madrid, tan machacona y agotadora, tan febril y sentimental, es el feudo en el que mejor se maneja un personaje para el que vale todo lo escrito. Joaquín Sabina nunca encontrará mejor modelo que Madrid, capital de sus versos. “Es emocionante y estupefaciente que Joaquín sea como el Madrid que canta”, escribe el poeta Ángel Antonio Herrera. Por eso y más, el esperado regreso del canalla andaluz a Las Ventas, seis años de sequía de por medio, era un cita especial, grande, elevada a la máxima potencia. Como Madrid. Como todo lo que ocurrió esa noche, reivindicación de una ciudad sin límites y de un personaje único en su especie. Alguien capaz de ridiculizar a la muerte, de sortear a la depresión con recochineo, de bajar de la nube negra pisando el acelerador y con los frenos rotos y de volver a encender la llama para alegría de muchos, más de 20.000 personas la madrugada del miércoles.
Avisos de tormenta. Truenos y relámpagos sobre Madrid. En un momento el cielo de la ciudad se coloreó de negro. Un apocalipsis en miniatura, invitado vespertino inesperado para la gran noche sabiniana. Malos augurios movidos por un viento infernal, mojados por una lluvia fina y cortante y embrutecidos por un problema más terrenal: los generados por el ser humano. La tarde cedió paso a la noche. El dios de la tormenta aplacó su ira y perdonó a Sabina. El cielo se limpió de una oscuridad que se hospedó entonces en el coso taurino. El caos se apoderó de todo. El único que se salvó fue Joaquín Sabina, puntual y juguetón, voz rota pero firme. Seguro y agigantado sobre el escenario, el suyo, Madrid.
Olga Román, dulce telonera, fue la primera en sufrir la ira de lo imprevisto. Se marchó el sonido en medio de una canción, como nunca debe pasar, y allí se quedó, en silencio, desconcertada, delante de un público que ni la esperaba ni la valoraba. Un mal momento. El desvarío se trasladó a los alrededores. Porque en Madrid, lo que es fácil se convierte en complicadísimo. Lo previsible no existe y comparece lo inesperado. Entradas falsas, abucheos, un telón que impedía la visión del escenario a centenares de personas, desastre organizativo, lío con los asientos y colas kilómetricas producto de la mala planificación. Entre enfados masivos fue la cosa y, sin darse cuenta, Sabina ya contabilizaba tres canciones.
Salió impuntual el de Úbeda con los acordes de 'Aves de paso', prólogo habitual de 'Carretera y Top Manta', declaración de intenciones canallescas. Movió poco el repertorio Sabina, lo suficiente para rozar las tres horas de concierto puro y duro, que se dice fácil. Cuatro incorporaciones de última hora, gentileza de encontrarse entre amigos. 'Yo me bajo en Atocha' regresó envuelta en un cielo azul, imprescindible. 'Pacto entre caballeros', esporádica en esta gira, regaló una buena dosis de locura al gentío. 'Pongamos que hablo de Madrid' fue la licencia de la noche, una canción que Sabina tenía guardada en el baúl de los recuerdos indescifrables y personalísimos. La sorpresa fue 'De purísima y oro', poesía de taburete entre amigos, que llegó en la recta final sin demandar demasiada atención, lenta, tranquila y suave.
El resto del recorrido del cantautor del bombín, entre el extásis general y a lomos de una nube blanca conducida por los fieles Pancho Varona y García de Diego, no se apartó del círculo que ha venido dibujando durante los últimos meses. Una reivindicación del rehabilitado, el que dice que su próximo disco será el mejor de su carrera. Un acierto las incorporaciones de 'La del pirata cojo' y 'Conductores suicidas' al repertorio al aire libre, como la vertiginosidad imprimida a 'Ruido' y 'Princesa'. 'Alivio de Luto', su último trabajo, desfiló entre la indiferencia, con la salvedad de esa 'Pájaros de Portugal' convertida ya en todo un himno. Maravillosa resultó 'A la orilla de la chimenea' en la voz de Antonio García de Diego, igual que esa versión colectiva del 'Marilyn Monroe' de Alarma.
A la una de la madrugada, con una treintena de canciones en la memoria, el protagonista de la noche se marchó. Nada de despedidas tumultuosas. Por fortuna, queda Sabina para rato.

jueves, 31 de agosto de 2006

PEREZA. Poca pegada

CONCIERTO

Pereza
Estilo: Pop-rock
Escenario: Huerto de los Leones (Alcalá de Henares). 24 de agosto de 2006

El de Pereza es uno de los casos más misteriosos del panorama musical en la actualidad. Aunque más que enigmático, se le puede considerar afortunado. Rubén y Leiva llegaron, observaron la nula competencia en el campo del pop-rock callejero, movilizaron con ayuda externa la maquinaria de marketing para crear dos personajes con enganche, sonrieron por todos lados y obtuvieron como resultado el éxito inmediato.
Con apenas dos discos en el mercado, tres si se cuenta ese álbum de debut en el que eran terceto y vendían otra imagen, han revolucionado la limitada escena musical con un estilo canalla, divertido y gamberro pero poco perturbador. El concierto de Alcalá de Henares fue así, ligero y superficial. Mucha pose, poca música. Sufrieron para llegar a los noventa minutos de duración, que alcanzaron después de rellenar el tiempo con un exceso de guitarreo –en estudio suenan muchísimo mejor- y de conversaciones vacías, en algún caso de dudosa autenticidad.
Un directo el de Pereza con poca pegada, algo inesperado para un grupo que ha hecho de su frescura, juventud y pujanza una de sus mayores bazas. En formación de cuarteto, Pereza repasó en profundidad los temas de sus dos últimos trabajos, 'Algo para cantar' y 'Animales'. Priorizando la estética al fondo, desde el escenario empezaron a sonar esas piezas marca de la casa, rápidas, vibrantes, espontáneas, ágiles y que no difieren de la estructura básica que sujeta el cancionero de la mayoría de grupos de primer nivel comercial del país.
'Si quieres bailamos', la efectiva 'Yo sólo quiero', 'Házmelo' y 'Superjunkies' (con dedicatoria a los políticos encarcelados en Alhaurín de la Torre) fueron el aperitivo suave a las verdaderas cabeza de cartel. 'Todo' se escuchó dos veces, licencia de un acelerado Leiva. 'Princesas' desembocó en una locura colectiva, que sólo se repitió en el tramo final con 'Pienso en aquella tarde', esa canción que no paró de sonar en las emisoras durante muchos meses.
Pereza ofreció lo de siempre, aunque con matices. Música descontrolada, mucho sexo y ligoteo, fácil digestión y olvido instantáneo. Continuas referencias (Burning, Sabina, Rolling Stones) para un grupo que todavía no ha conseguido un sonido totalmente personal.

viernes, 25 de agosto de 2006

JOAQUÍN SABINA. Impartiendo doctrina

CONCIERTO

Joaquín Sabina
Grupo: Olga Román, Pancho Varona, Antonio García de Diego, Pedro Barceló y Jaime Asúa
Escenario: Huerta del Palacio Arzobispal (Alcalá de Henares). 22 de agosto de 2006


Hablar de Joaquín Sabina es referirse a la poesía de barra de bar, a los ripios creados a base de tragos de ron y a las madrugadas de creatividad solitaria en un piso de Tirso de Molina. Casi tres décadas después de la publicación de su primer álbum, ese ‘Inventario’ al que siempre ha considerado un hijo bastardo en medio de su selecta discografía, continúa sobre los escenarios con el mismo carisma rebelde y canalla. Atrás quedan apagones personales, polémicas mediáticas y críticas infundadas. En su actuación alcalaína, el de Úbeda volvió a impartir doctrina.
Pasaban diez minutos de las 22.30 cuando un Sabina con aspecto de juglar bohemio y urbano pisó las tablas de la Huerta del Obispo. Desgarbado, contradictorio e indiscutiblemente profesional, el jienense desterró pronto las dudas de los más incrédulos. Su voz no se quebró y fue adquiriendo el timbre necesario para ofrecer dos horas y cuarto de canciones imborrables y versos eternos.
El concierto de Alcalá, esa concurrida antesala de Las Ventas que está “tan cerquita del foro”, se inauguró con la esperada ‘Aves de paso’, a la que tomaron el relevo la ya imprescindible ‘Ahora que…’ y ‘Esta noche contigo’, que sonó espléndida en esa cercana y abrumadora versión eléctrica.
El repertorio de esta ‘Carretera y Top Manta’ no distó mucho de la anterior propuesta acústica de la ‘Gira Ultramarina’. El eje central del concierto de la Huerta del Palacio Arzobispal incluyó algunas de esas canciones que han logrado ganarse la privilegiada etiqueta de insustituibles, como ‘Princesa’, ‘¿Quién me ha robado el mes de abril?’, ‘Contigo’, ‘Peor para el sol’, ‘19 días y 500 noches’, ‘Calle melancolía’ o la teatral y encantadoramente indecente ‘Una canción para la Magdalena’.
Las principales novedades aparecieron de la mano de la vertiente más eléctrica del recital, encabezada por dos himnos –‘Conductores suicidas’ y ‘La del pirata cojo’- incluidos en esa joya discográfica que es ‘Física y Química’. Los regalos para los incondicionales llegaron con los sonidos de algunas de esas rarezas a la espera de ser recuperadas, entre las que destacaron la infravalorada ‘Mentiras piadosas’ o esa pincelada entrañable que fue, es y seguirá siendo ‘Caballo de cartón’.
‘Alivio de luto’ apareció sólo de puntillas. El último trabajo de Sabina no ha calado hondo entre sus seguidores y únicamente ‘Resumiendo’, ‘Nube negra’, ‘Pie de guerra’ y ‘Pájaros de Portugal’, pieza que ha logrado hacerse un justo hueco entre los temas imprescindibles del cancionero sabiniano, lograron colarse en el disputado repertorio.
Entre las apariciones de sus fieles acompañantes destacó la de esa diva dulce y frágil que es Olga Román, que inauguró la interpretación coral de la ‘Marilyn Monroe’ de Alarma!!! y encandiló una vez más con esa maravillosa copla que dio paso a ‘Y sin embargo’. Jaime Asúa se atrevió a sustituir a la voz de Fito Páez en ‘Llueve sobre mojado’, Antonio García de Diego volvió a demostrar que es capaz de superar a Sabina con esa joya escondida que es ‘A la orilla de la chimenea’ y el genial Pancho Varona defendió su ya consolidada versión eléctrica de ‘Esta boca es mía’ antes de cambiar su vestimenta por una sotana “muy arzobispal”.
Dos horas después de los primeros compases del concierto, la eficaz fusión de ‘Noches de boda’ y ‘Y nos dieron las diez’ puso el sobresaliente punto y final. Los asistentes se fueron a dormir mientras se escuchaban de fondo las notas de ‘Pastillas para no soñar’. Un lujo para el oído y el alma.

(MM)

ARIEL ROT. Una máquina de rock

CONCIERTO

Ariel Rot
Estilo: Rock
Escenario: Huerto de los Leones (Alcalá de Henares). 22 de agosto de 2006

Ariel Rot, como el rock, como ese buen vino que tanto aprecia, como su propio estilo, ha ido madurando con el paso de los años. Viejo ídolo de quinceañeras elevado a la categoría de sex symbol, el hispanoargentino pisa ahora por la otra cara de la música. La de la supervivencia, la de la pelea por la edición de un nuevo álbum, la de las dificultades por cuadrar una gira y contratar una formación estable.
No lo tiene fácil la potente, elegante y adulta maquinaria de rock and roll que maneja con sabiduría el ex Tequila y ex Rodríguez. Parte de su repertorio no logra llegar al gran público y, cosas de la edad, que no perdona, le falta un plus de ingenuidad juvenil, esa chispa que tanto se envidiaba en tiempos pasados. Pero con lo que tiene, que no es poco, le basta para impartir lecciones de dignidad y coherencia sobre el escenario. Porque Ariel Rot, de lo que puede presumir es de tener canciones, canciones y más canciones. Con Los Rodríguez y en solitario, reconocibles y en mayúsculas.
Músico de corto y largo recorrido, en Alcalá de Henares fabricó el pasado martes una velada notable. Buen gusto el del hispanoargentino, que se adaptó perfectamente a la dinámica de un concierto muy íntimo, más de lo deseado por culpa de la machacona ignorancia de los políticos dedicados a potenciar, un decir, la faceta cultural. Hacer coincidir a Ariel Rot con Joaquín Sabina en dos escenarios prácticamente vecinos y casi a la misma hora no puede recibir otro nombre. O Rot o Sabina, pero imposible ver a los dos. Contraprogramación musical. Algo estúpido si se tiene en cuenta que no hay más conciertos de semejante calibre a lo largo del año en la ciudad. El que más lo notó fue el creador de ‘Dulce condena’, que vio como su público se quedó compuesto por un escaso núcleo de irreductibles seguidores. Pocos, pero afortunados. Una soledad que no le es desconocida, por otra parte.
A Ariel Rot no le importó. Él, a lo suyo. A impartir lecciones con una de esas guitarras que conversan amigablemente con el personal, poses clásicas incluidas. A emocionar con una voz quebradiza y angulosa que mejora sus prestaciones con el paso de las años. A exhibir a una banda pletórica, divertida, nada cansina y sin ínfulas de exhibicionismo. Y a repartir emoción a través de un repertorio ideado con inteligencia. Canciones hubo de todo tipo. De la última hornada, como las notables ‘Ahora piden tu cabeza’ y ‘Los tipos duros no bailan’. De tiempos no tan lejanos, caso de la vibrante ‘Lo siento, Frank’ y de traca una ración nada desestimable de temas de Los Rodríguez, con ‘Milonga del marinero y el capitán’, ‘Me estás atrapando otra vez’ y ‘Mucho mejor’, todas defendidas con una frescura difícil de ver.
Un festín por todo lo alto, de sobresaliente. Y no faltó tampoco a la cita el recuerdo emocionante al recientemente fallecido Guillermo Martín, legendario guitarrista con el que Ariel Rot compartió escenario y amistad. Como tantos otros muchos que, desde lo barrera, lo hicieron a través de sus inolvidables punteos.

viernes, 4 de agosto de 2006

EL SUEÑO DE MORFEO. Niños buenos

CONCIERTO

El Sueño de Morfeo
Estilo: Pop
Escenario: Campo de fútbol de Cabanillas del Campo (Guadalajara). 29 de julio de 2006

Podría pasar por una concursante de Operación Triunfo. Buena voz, eso dicen sus incondicionales, muchos, grata presencia física, letras accesibles, una música dulce y pegajosa y un comportamiento exquisito y educado, tanto que a veces llega a empachar. Raquel del Rosario añade un plus, por si fuera poco. Mal que le pese, lleva a cuestas una relación sentimental con un famosísimo personaje del deporte mundial que condiciona la evolución comercial del grupo. Es la suma de todos estos condicionantes la que lleva a la determinación de que la música con El Sueño de Morfeo es prácticamente un elemento secundario, ensombrecido por una estrategia de marketing perfectamente ejecutada. Unos cuantos botones de muestra vividos en Cabanillas. El público es capaz de corear cada una de las canciones del grupo. Normal, sólo tiene un disco en el mercado. Lo chocante es asimilar la cantidad de veces que la cantante, en esa pose tan de directo facilón, acerca al micrófono al gentío para que se encargue de vociferar el tema de turno. Que lo hagan tipos con más de dos décadas de trabajo sobre los escenarios puede extrañar. Que sea una banda con un recorrido tan exiguo, todavía, es desconcertante. También es llamativa esa tendencia a rellenar tiempo muerto con felicitaciones varias y chascarrillos inofensivos. En ese sentido el guitarra del grupo, que se pasó la velada sentado por padecer una lesión, se marcó un discurso benéfico plausible que finiquitó con un lamentable “levantemos los putos cuernos”. ¿Alguien lo entiende? Por lo visto, es lo que tiene intentar ser un niño bueno aunque travieso.
Fijando el oído en el lado musical, es de justicia recalcar que el sonido fue excelente. Voz nítida, guitarras al nivel requerido y violín esporádico aunque incisivo. Un poco más de apuesta por el toque celta hubiera sido bien recibida. Del repertorio señalar que lo agotaron enseguida. El Sueño de Morfeo se marcó un inicio caliente. En veinte minutos ya habían sonado 'Esta soy yo', 'Nunca volverá' y 'Ojos de cielo'. En la zona media del concierto la temperatura bajó palpablemente para volver a elevarse en el tramo final, con 'Okupa de tu corazón' y la repetición del 'Nunca volverá'. Cumplidores y buena gente estos chicos de El Sueño de Morfeo. Y con bastante futuro.

lunes, 24 de julio de 2006

ANTONIO VELASCO. Sorpresa con futuro

CONCIERTO

Antonio Velasco
Escenario: Parque de la Concordia (Guadalajara). 12 de julio de 2006

Diferente y prometedor. Si la suerte lo permite, se vislumbra un futuro sugerente para Antonio Velasco, joven músico de raíces alcarreñas que presentó sus credenciales la noche del miércoles en el Parque de la Concordia. Sus señas de identidad, gestos, estilo y sonido le delatan. No componen Velasco y la banda que le acompaña, a la que llama Hit Factory, una de esas formaciones, puro fuego de artificio, que se estructuran alrededor de arcaicos conceptos del pop de los 80. Hay una identidad propia, un concepto distinto de entender la música en directo. Velasco, que no dejó de alardear de su condición de marchamalero, ha escuchado, y mucho, a gente de buena reputación de la última oleada, caso de Quique González. Buen gusto. En su repertorio, más amplio de lo esperado, hay serie negra americana, un filón de referencias cinematográficas, chicas que se escapan para siempre y venturosas noches madrileñas. Mostró hechuras en el directo Velasco, bien arropado por una banda, guitarra, bajo y batería, en perfecta sincronía, contando con la ocasional ayuda de un violín, rica idea aunque poco explotada. Dibujó un concierto agradable. Eficiente casi por inesperado. Se peleó con el sonido, empeñado en deslucir la calidad de sus letras, en algunos casos muy superior a la melodía. No se le entendía en algunas fases, ganando la pelea en este aspecto los instrumentos, especialmente la batería. Salió airoso del trance, dejando una estampa de músico que, todavía un proyecto, marcha por el camino correcto.
En cuanto a las canciones, perfiladas en el directo del miércoles en una vertiente menos rockera que la que exprime en el EP '6 Faroles', sobresalen 'Chevrolet quemado' y esa joyita que es 'Señorita R&R'. Hay canciones con muchísima menos pegada que azotan las radios. Esa es la batalla que deberá aceptar Velasco.

jueves, 15 de junio de 2006

QUIQUE GONZÁLEZ. Fuera máscaras

CONCIERTO

Quique González
Componentes: Quique González (voz, guitarra), Jacob Reguilón (bajo), Toni Jurado (batería), Javi Pedreira (guitarra), Joserra Sanperena (teclados). Invitados: José Ignacio Lapido, Pereza, Ismael Serrano y Eduardo Ortega.
Escenario: Palacio de Congresos (Madrid). 9 de junio de 2006

Los que tenían a Quique González escondido, con permiso de acceso a una pequeña minoría, que se vayan despidiendo. El tercer despegue del músico madrileño va más en serio que nunca. De momento, presagia ser el definitivo, el que de una vez por todas acabe con el dulce anonimato por el que transcurría hasta ahora su carrera, que va por los ocho años. Lo que va camino de conseguir Quique González es el triunfo de la perseverancia, de la calidad, de la pasión por una profesión cada vez más diluida. Empezó en 1998 partiendo de la nada con 'Personal', amparado por la discográfica Universal. Tres discos después, asqueado de la industria, volvió a partir de cero. Se lanzó a la autoproducción con la compañía Varsovia Records, él y dos personas. Pura artesanía. Un par de trabajos duró esta aventura antes de regresar al redil, a los mimos de Dro East West. Desde esta discográfica acaba de facturar 'Ajuste de cuentas', un directo en acústico en el que repasa una trayectoria digna y sin altibajos, a veces demasiado veloz, siempre inteligente. Carrera, canciones y talento tenía para fabricar este álbum, que le ha valido, por fin, el reconocimiento del público. El de los compañeros de profesión lo tenía desde hace tiempo. La lista de amigos y admiradores de Quique González es extensa. El concierto del Palacio de Congresos, sorprendente llenazo, reunió a unos cuantos: José Ignacio Lapido, Pereza o Ismael Serrano. No estuvieron otros como Enrique Bunbury, Carlos Chaouen, Jorge Drexler o el mismísimo Joaquín Sabina, quien quiso apadrinarle hace unos años en una gira que no fructificó. Nada impidió que Quique González viviera su noche más especial. La de la confirmación definitiva. En el Palacio de Congresos se vio a un músico diferente. Fuera las máscaras. Nada de timideces. Con la cabeza bien alta, consciente del enorme paso hacia delante que ha dado su carrera. Rozando las tres horas y con una banda poderosísima –ojo con el guitarrista Javi Pedreira– Quique González tiró de repertorio poco habitual, muy en la línea de 'La noche americana', con dos versiones ajenas ('Años 80' de Piratas y un tema de Diego Vasallo) y un sentido homenaje (Billy Preston) para construir un concierto emocional y distinto.

martes, 30 de mayo de 2006

RACALMUTO. Un privilegio

CONCIERTO

Racalmuto
Escenario: Teatro Moderno (Guadalajara). 29 de mayo de 2006

Bendita soledad la del entrañable Teatro Moderno. Un día diez espectadores, otro veinte, algún esporádico lleno, siempre un ambiente íntimo y cercano. Aumenta esta hermosa sensación, fascinante para los derrotados por la vida, cuando toca actividad musical. Qué afortunadas las dos decenas de personas que asistieron ayer al concierto de Racalmuto. Pueden considerarse unas privilegiadas. Estuvieron en una de las mejores veladas musicales que han pasado por la capital este año. La más destacada, sin duda, de las que ha hospedado el Moderno desde su reapertura. Sobre el escenario un sexteto que llegó a Guadalajara convertido en quinteto. Miguel Malla, alma de Racalmuto, compareció con el brazo en cabestrillo. Lejos de bajar el pistón, el resto de componentes de la formación multiplicaron esfuerzos. El resultado fue agradabilísimo. Lo que propone Racalmuto es un sonido elegante y asequible, un regreso a los años 30, una entrada para uno de esos clubes norteamericanos en los que el jazz era algo más que música. Era una forma de vida. Ingenio –las proyecciones de dibujos de la Warner–, talento –el de todos–, ironía y cercanía son las bazas que juega Racalmuto que, por cierto, saca disco en septiembre. A ver si repiten por Guadalajara para celebrarlo, ya con Malla recuperado. Sería otro privilegio.

domingo, 12 de marzo de 2006

ISMAEL SERRANO. Soñando

CONCIERTO

Ismael Serrano
Escenario: Palacio de Congresos (Madrid). 10 de marzo de 2006. Lleno

La historia de una vida la escriben momentos como los vividos durante el concierto de Ismael Serrano en el Palacio de Congresos. Un espacio gigantesco, un palco de la clase alta a la espalda, dos enfervorizadas hinchas con acné, miles de parejas perdidas en arrumacos consentidos, un libro apasionante en la mochila, un rincón escondido dentro de la apabullante inmensidad escénica, un rato con luz, el resto casi siempre a oscuras, miradas que siguen escribiendo una historia fascinante, sueños rompiendo la estructura fortificada del techo. Sobre el escenario un tipo regordete, simpático y extremadamente profesional que, acaraciando la calvicie máxima, no quiere dejar de ser un adolescente irreverente. Ismael Serrano saca jugo a su inteligencia en cualquier momento. Le gritan, le silban, le piropean indiscriminadamente y él, lejos de caer en esa complicidad con el público que llega a provocar rechazo, se mantiene al margen. Contesta sin levantar la cabeza mientras mima la guitarra que le aparta de la soledad que recibe de las 1.000 personas que escudriñan cada uno de sus pacíficos movimientos.

No estaba especialmente hablador ayer el vallecano. El menú que cocina en sus conciertos se compone habitualmente de unos entrantes en forma de discursos combativos, excelentemente perfilados e inteligibles, y unos platos bondadosos en cuanto a la ración de buena música que los llenan. En su cancionero suele acudir a lo obvio, pero que maravillosa esa actitud en estos tiempos que pasan. Serrano habla y no para de un futuro mejor, de Bosnia, de Vietnam, del peligroso miedo que impone el silencio, del No a la Guerra, de su recurrente Vallecas patria, de Zapatero o de Carod Rovira. Su mirada no deja de crecer, se expande por cualquier rincón que precise un poco de lógica y que esté necesitado de ese término tan en desuso que es la justicia. Por eso, dice con cierto orgullo que sus discos ya se están empezando a vender en Estados Unidos y cuenta con admirable humildad lo bien que le hacen sentir los paisanos que habitan al otro lado del charco.

De Argentina llegó a Madrid para regalar otro de sus conciertos sin fin. Casi tres horas de utopías imposibles pero necesarias, de amores juguetones, de amigos impensables. Al escenario del Palacio de Congresos se subieron el timidísimo Pedro Guerra, el orondo Javier Bergia y, sorpresa, Quique González, huidizo como siempre, a la espera de su particular 'Ajuste de cuentas' que sale el próximo 3 de abril. Entre medias, menos discurso de lo habitual, y mucha música extraída de las sabias cuerdas del maestro Marugán y del propio Serrano. Tocó todo lo que tenía que tocar. Por el Palacio de Congresos pasaron 'Caperucita Roja', 'Últimamente', 'Ahora' o 'Qué andarás haciendo'. Puño en alto lo hizo 'Papá cuéntame otra vez', con dignidad 'Amo tanto la vida', en silencio 'Zona Cero', transmitiendo calidez 'No estarás sola', lanzando cargas de profundidad 'Virus del miedo'... Y la lista se detiene porque Serrano se dispone a cantar 'Vertigo', un himno vital, un regenerador de ánimos, un activador de sueños olvidados. Por eso y por mucho más, mereció la pena saludarle una vez más, señor Serrano.

domingo, 19 de febrero de 2006

KIKO VENENO. Máster en sencillez

CONCIERTOS

Kiko Veneno
Escenario: Teatro Buero Vallejo (Guadalajara). 18 de febrero de 2006

Hábil cronista de lo cotidiano, Kiko Veneno volvió a demostrar por qué su nombre está escrito en mayúsculas dentro del todavía pequeño libro de la música española. Fue el de ayer uno de los mejores conciertos que ha vivido el Teatro Buero Vallejo desde su creación. Básicamente, por un par de motivos. Uno, el invitado sorpresa, llegó de la gratísima respuesta que ofreció el Auditorio ante los embistes sonoros de la potente formación que acompañaba a Kiko Veneno, La Banda del Retumbe. El otro, no por esperado menos reseñable, lo proporcionó el errante artista nacido en Figueres. Su concierto fue ejemplar. Dejó el virtuosismo instrumental a los componentes de su banda y se centró en lo suyo, en interpretar con su habitual gracejo andaluz unas canciones siempre sustentadas en la sencillez argumental y lírica. Le ayudó el repertorio desplegado, elegido con sabiduría. Los temas eternos, instalados en el subconsciente de sus seguidores, se mezclaron con fluidez con los más anónimos de su última creación, 'El hombre invisible', composiciones que pasaron de puntillas por el Buero.

Poco habitual por estas tierras, un concierto de Kiko Veneno es un acontecimiento en Guadalajara. El público lo supo apreciar y respondió con bravura, a veces excesiva, a la propuesta lanzada desde las tablas. Arrancó fuerte el del pelo blanco, con casi diez minutos de sonido de 'El hombre invisible', abriendo las puertas a una velada calurosa, luminosa y refrescante, más veraniega que invernal. De menos a más, siguieron 'Los Delincuentes', intercalada con una declaración de principios del irreverente Veneno ("te suda el triunfo y te resbala el fracaso"), hasta llegar a 'Memphis blues', uno de sus himnos, pieza indispensable de su colección y ejemplo perfecto de lo que es su música: ligera, amable, divertida y con un toque surrealista a medio camino entre la dura protesta y la ironía. A la novedosa y magnífica 'Hoy no' le siguió luego una certera andanada de temas del pasado, con 'Lobo López', 'El lince Ramón', 'Me siento en la cama' o 'Soy un catalán muy fino'. Con el máster en sencillez en el bolsillo, Kiko Veneno terminó licenciándose a lo grande con 'Volando voy'. De sobresaliente.

sábado, 18 de febrero de 2006

'PITINGO'. Prometedor

CONCIERTO

Antonio Vélez 'Pitingo'
Escenario: Teatro Moderno (Guadalajara). 17 de febrero de 2006

Mientras graba su esperado disco de debut, Antonio Vélez Pitingo se curte, madura y crece en los escenarios de la península. Joven promesa del flamenco de talento desbordante y carisma irreprochable, el Pitingo lo tiene todo para triunfar. Posee una voz privilegiada y rica en matices, disfruta sobre el escenario, desprende humildad, respeta lo clásico y sus aportaciones personales contagian frescura. Ayer en el Teatro Moderno se llevó un calurosa ovación de las cincuenta personas, consejera de Cultura de la Junta incluida, que se acercaron a presenciar un concierto anónimo, no publicitado. Pitingo no se obsesionó ante esa tesitura y agradeció constantemente a los asistentes su apoyo. A lo mejor, visto lo visto, dentro de unos años regresa a Guadalajara en otras circunstancias, acordes a lo que su talento proyecta para el futuro.
Pitingo, de escasos 25 años, una década de experiencia en los escenarios, estuvo secundado acertadamente a la guitarra por Juan Camborio, hijo del mítico Habichuela que, a su vez, presentó en sociedad a su vástago de mismo nombre, valor emergente a la percusión. Durante una hora, el trío desgranó un recital compuesto por granaínas, fandangos de Huelva y unas bulerías fabulosas, especialmente brillantes en el caso de las que cerraron un concierto magnífico.

miércoles, 21 de diciembre de 2005

JOAQUÍN SABINA. Orgásmico

CONCIERTO

Joaquín Sabina
Escenario: Palacio de Congresos (Madrid). 21 de diciembre de 2005

La facultad de despertar las emociones es patrimonio exclusivo de un reducido grupo de personas. Este selecto grupo se mueve, dentro de la cultura, en un campo bien delimitado. El sentimiento más íntimo y sincero puede surgir a través de la literatura, de la música, la fotografía o el cine, por poner los ejemplos con menos aristas. Lo malo es que las sombras, en su sentido más amplio, ocultan a estas personas. Minimizan su valía escondiéndola debajo de un buen montón de tópicos sucios y superficiales. Funcionarios de las emociones hay un puñado, serviles unos cuantos más, los insípidos abundan y los carentes de talento forman una multitud gris. Por eso, y por unas cuantas cosas más, hay que cuidar con mimo a los diferentes, a ese tipo de seres capaces de generar vida, de edificar sueños y utopías, que en formato verso te invitan a entrar dentro de su universo particular, capaces de convocar al público más dispar que uno se pueda imaginar. Sabina pertenece a ese club elitista, con derecho reservado de admisión. Su estilo de vida puede provocar debates enconados. Sucede lo mismo con su forma de pensar y actuar, incongruente en ocasiones, disparatada en otras y diferente siempre. Pero cuando se pone a lo suyo, cuando se toma en serio a sí mismo y deja fluir su talento en estado puro, todo se perdona. Porque merece la pena disfrutar de unos instantes de felicidad absoluta, cambiando resignación por ilusión. Vivir unos momentos mágicos que no se repetirán, dos horas que fueron diez minutos, una noche en la que la estrella no fue Sabina. Fue la sonrisa más hermosa del mundo.
Joaquín Sabina tenía una cuenta pendiente con Madrid, el puerto más grande de su gira Ultramarina. Debía saldar una cuantiosa deuda de cinco años de silencio. Programó tres conciertos consecutivos, sin parón, sin descanso para su maltrecha voz. De primeras, de una tacada, Sabina liquidó su compromiso. Olvidó depresiones interminables y ‘gatillazos’ recientes y se lanzó directo a buscar el orgasmo. El suyo, el de su banda y el del público. En el sentido musical, entiéndase. En el recinto, escoltándole en su particular aventura, en su regreso al foro, “donde siempre acojona venir”, jóvenes y mayores, anónimos y conocidos (Javier Krahe, Caco Senante), todos dispuestos a escuchar el crujido de una garganta única.

Pasaban diez minutos de las 21.30 cuando se apagaron las luces del Palacio de Congresos y se iluminó un fondo en el que un barco intentaba navegar entre la vorágine de los edificios urbanos. Antonio García de Diego comenzó a entonar, acompañado del bajo de Pancho Varona y la batería de Pedro Barceló, 'Amo el amor de los marineros'. Segundos después apareció, como un escalofrío desgarbado, Joaquín Sabina. Pertrechado con su eterno bombín, maleta, bastón y ceñidísimo pantalón de vieja leyenda, hizo acto de presencia acompañado de su perfecta consorte, Olga Román. Apenas un par de frases le bastaron para crear un clima de magia que no desapareció hasta la medianoche. Comenzaba así su viaje por los mares madrileños al frente de una embarcación, el Titanic, que no podía naufragar.

Aún con miedo a que su voz se quebrara el jiennense interpretó 'Ahora que...' y la reciente 'Pájaros de Portugal', pieza que se ha ganado con justicia un hueco en el privilegiado grupo de sus mejores temas. Con los temores de un posible ‘gatillazo’ superados surgieron en el horizonte las primeras notas de 'Calle Melancolía' y se produjo la fusión entre el cantante y el público. Con 'Rubia de la cuarta fila' y '¿Quién me ha robado el mes de abril?' Sabina seguía demostrando que se encontraba a gusto. Su voz sonaba más ronca y desgarrada que nunca y sus letras adquirían un tono desnudo y conmovedor. Media hora después de los primeros acordes le tocó el turno a los miembros de su tripulación. Pancho Varona se atrevió con una desconcertante versión eléctrica de 'Esta boca es mía' y Olga Román demostró con su 'Ahora ya ves' que tiene una de las voces más dulces del panorama musical.

Después de un breve descanso volvió el de Úbeda y lo hizo para cantar e interpretar 'Una canción para la Magdalena', brillante versión en la que su corista hizo las veces de una tierna prostituta-princesa urbana. 'Que se llama soledad', 'Peor para el sol', 'Contigo' y la maravillosa canción de amor-odio 'Y sin embargo' aparecieron entonces para construir la parte más acústica del concierto. El intimismo cedió el testigo a la rockera 'Resumiendo', flojita, y a 'Yo me bajo en Atocha', tema que no podía faltar, poesía del amor incondicional de Sabina por Madrid.
Llegó el momento de retirarse, pero el capitán regresó. Retornó precedido de la soberbia interpretación de Antonio García de Diego de 'A la orilla de la chimenea'. Entonces llegó el viaje a islas perdidas de la mano de 'Peces de ciudad' y volvió el poeta urbano con una 'Princesa' de toques arrabaleros. En el segundo bis de la noche Sabina interpretó 'Tan joven y tan viejo', tratado de filosofía en la que su bendita ronquera arañó el alma. Para terminar y con el público en pie, Sabina repasó sus' 19 días y 500 noches' y dijo hasta siempre con el perfecto ensamblaje de 'Noches de boda' y la inolvidable 'Y nos dieron las diez'.

Dos horas de canciones eternas y versos desgarrados de poeta callejero que demostraron que, para el capitán Sabina, “Madrid siempre ha sido el mejor puerto de mar”.

sábado, 12 de noviembre de 2005

ANTONIO VEGA. Básicamente Antonio

CONCIERTO

Antonio Vega
Componentes: Antonio Vega (voz, guitarra), Santiago Muñoz (batería), Basilio Martí (teclados), Luis Miguel Baladrón (bajo) y Jorge D'Amico y Alberto Zapata (guitarras)
Estilo: Pop-rock
Escenario: Teatro Buero Vallejo (Guadalajara). VI Festival Panorámico Musical. 11 de noviembre de 2005. Lleno.

Era la noche de Antonio Vega. Nadie como él, personaje al borde de la leyenda, talento en estado puro, vida al límite del abismo, para aportar magia a un Festival Panorámico al que le faltaba algo para redondear la faena. Antonio Vega, el Curro Romero del pop patrio, capaz de lo mejor y lo peor, tejió una faena ejemplar, peleando contra las rigideces acústicas del Teatro Buero Vallejo y sus cada vez más evidentes carencias vocales. Por encima de planteamientos estilísticos comerciales y actitudes claramente hipócritas se alzó la gran fuerza vocal, instrumental y anímica de un genio único. Esquivo y silencioso con unos seguidores que le profesan un amor reverencial, realizó un auténtico canto a la supervivencia. Firmó de inicio un silencioso contrato de complicidad absoluta con los asistentes. Porque lo del público de Guadalajara, siempre frío y distante como un témpano, merece un capítulo aparte. Vega, muy profesional, se movió en los mismos márgenes que sus invitados, nada nuevo, lo que derivó en una velada a la que faltó un toque emocional superior.

Tener a Antonio Vega en estas lujosas condiciones por Guadalajara no es un privilegio que se viva todos los días. Al espíritu de resistencia del madrileño, a su ganas de gritar al mundo su amor por Marga, su musa desaparecida, se debe que ayer estuviera en el Buero Vallejo grabando una velada irrepetible que quedará enmarcada en su lustroso palmarés musical. El concierto, que alcanzó las dos horas, se vivió a toda marcha. Sin apenas parón entre las canciones, con silencio en las butacas y con un final algo precipitado, la fiesta consagró las dotes a la guitarra de Antonio Vega. Las melodías quedaron relegadas a un segundo plano ante un trabajado estruendo sonoro que sufrió las rigideces que en esta materia plantea todavía el Teatro Buero Vallejo, minimizando el esfuerzo instrumental de una poderosa banda.

La fiesta comenzó pasadas las nueve de la noche, con el habitual retraso del chico triste y solitario del pop español. Vestido de negro, frágil, tímido y cabizbajo, marcando las distancias, apareció Antonio Vega acompañado de los acordes de La última montaña, en una versión que prácticamente prescindía de la letra. Fue la pieza inicial del amplio repertorio que diseñó –veinte temas– y en el que se echaron de menos canciones eternas como 'Una décima de segundO' o 'Lucha de gigantes' y otras de más actualidad como 'Te espero'. La primera tanda, de tanteo, incluyó 'Pueblos Blancos' la maravillosa 'Me quedo contigo', versión de Los Chunguitos que borda, y 'Anatomía de una ola', que sonó poderosa. La toma de contacto sirvió para que Vega se luciera, enorme y todo talento, a la guitarra, dejando a un lado el aspecto vocal.

A 'Anatomía de una ola' le siguió una fase más emotiva, con ese himno al amor titulado 'Ángel de Orion', que lleva camino de convertirse en un clásico atemporal. 'Pasa el otoño' y la densa 'Caminos infinitos', las dos de su último disco, '3.000 noches con Marga', elevaron la velada a su punto más álgido, justo el momento en el que la eterna 'El sitio de mi recreo' cogió el relevo. Hasta ese momento Vega apenas había hablado con un público expectante y callado. Reciprocidad mutua.

El concierto se dirigió entonces al pasado con 'Háblame a los ojos', 'Se dejaba llevar' o 'Elixir de juventud'. Entre medias salió el joven Chema Vargas, con el que cantó una canción en lo que pareció ser un relevo generacional. Después llegaron los momentos más intensos protagonizados por una sección de metal sencillamente excelente, que entró con fluidez en el calor de la música. 'Cada sombra en la pared' sonó magnífica en su propuesta de jazz, al igual que 'San Antonio'. La velada siguió con el protagonismo absoluto del sonido sobre las letras, con 'La chica de ayer' poniendo el inevitable punto final a la noche.