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sábado, 21 de febrero de 2009

MEMORIA DE UN SUEÑO ROTO

REPORTAJE. DEPORTES


MEMORIA DE UN SUEÑO ROTO

Un 30 de junio de hace quince años expiró el plazo fijado para que el CB Guadalajara cumpliese los requisitos para formalizar el ascenso a la ACB. El club morado se hizo acreedor en 1993 por motivos deportivos de una plaza en la máxima categoría del baloncesto nacional. Los económicos dijeron lo contrario. Finalmente y tras una carrera contrarreloj, Guadalajara se quedó sin ascenso. La entidad inició así una travesía por el desierto de las categorías menores del baloncesto federado que se prolonga hasta la actualidad. La onomástica, tres lustros, rescata un episodio imborrable del deporte alcarreño. La memoria de un sueño roto.


“¡No se la paséis a Perry! ¡A Perry no!”. Ángel González Jareño se desgañitaba en la banda. El técnico del CB Guadalajara daba órdenes frenéticamente, consciente de la trascendencia de lo que estaba a punto de fraguarse. Imposible quedarse inmóvil. “¡A Perry no!”, bramaba, ya con la chaqueta desvanecida sobre una silla del banquillo. El Caja Bilbao presionaba a toda cancha en un intento desesperado por recortar distancias. ‘El Gordo’, José Luis Sánchez Burgués, acababa de clavar un triple fundamental desde siete metros. Un mazazo moral para los bilbaínos. La imagen pertenece al cuarto partido de la semifinal de Primera División, temporada 92/93. El ascenso a la ACB, dominada en aquel periodo por Arvydas Sabonis, pertenecía al equipo alcarreño. Le costaba, pero Jareño no perdía la compostura. La bocina final sonó y la purpurina morada estalló en La Casilla. El CB Guadalajara alcanzaba el cielo, la ACB. A Perry Carter, musculoso pívot que apenas superaba el 50 por ciento en los tiros libres, no le hicieron falta.

Hace quince años Guadalajara aspiraba a la ACB. Un convenio con el Real Madrid auspiciado por un mandatario sagaz en los despachos, Juan Manuel Hueli, posibilitó que el equipo alcarreño rozara la gloria. El CB Guadalajara armó una escuadra que todavía permanece en la memoria de los aficionados al baloncesto que resisten a la ley del puntapié. El Polideportivo San José la recuerda de forma simbólica. Un póster con la plantilla de la temporada 92/93 cuelga de una de las paredes del pabellón, escoltado por otros destellos nostálgicos, como las fotografías de un longilíneo Pau Gasol en edad júnior y otras que recuerdan la visita de la Jugoplastika de Split. De aquella histórica plantilla morada, sólo Ignacio Castellanos sigue en activo batallando en las zonas del grupo centro de la Liga EBA, la quinta categoría del baloncesto nacional. Un peldaño por encima se coloca el CB Guadalajara, amparado por la constructora Rayet. El rival derrotado aquel 13 de junio de 1993, el Caja Bilbao, dejó la sucursal bancaria y se puso en manos de una promotora inmobiliaria, Iurbentia. Hoy milita en la ACB y la próxima temporada jugará competición europea. Las travesuras del destino.

La actualidad contrasta con aquella temporada 92/93. Una ciudad volcada con el baloncesto y una plantilla que fue creyendo paulatinamente en sus posibilidades establecieron una alianza que desembocó primero en catarsis y después en decepción. La memoria de un sueño roto que quince años después no se ha podido recomponer. “Al año siguiente empezó el declive del baloncesto en Guadalajara”, sentencia Roberto Bustamante, jugador en 1992 y directivo en la actualidad. “El no ascender destruyó todas las ilusiones del aficionado”, sentencia hoy Jareño, a punto de firmar como asistente de Manel Comas en el Cajasol Sevilla de ACB.

Desde el principio, todo apuntaba a que iba a ser un año diferente. Basta un ejemplo para ilustrarlo. El CB Guadalajara disputó en pretemporada un partido con el Real Madrid. En teoría, dos equipos afines. Aspirantes contra consagrados. Un amistoso. Pura apariencia. El joven pívot local Martín Ferrer y el base madridista Antúnez fueron descalificados por agresión mutua. Perry Carter desquició al habitualmente tranquilo Ricky Brown. El Guadalajara rozó la sorpresa. Había hambre de triunfos. Bustamante pulsa sobre una de las claves: “Éramos un equipo extremadamente competitivo. Los entrenamientos eran brutales, había sangre”. Una mezcla explosiva de juventud y experiencia. “Aquel equipo fue maravilloso”, recuerda Jareño. “Todos queríamos jugar. Fuera de la cancha éramos muy buenas personas y dentro todo lo contrario. En el campo éramos un polvorín”, detalla Bustamante, que no cobró los dos últimos meses. “Y todavía no me los pagaron…”, asegura con una sonrisa.

Jareño, joven técnico procedente del Real Madrid, había sustituido a Chuchi Carreras. Con el entrenador llegaron de la capital José Manuel Silva, David Brabender –hijo de Wayne-, Ricardo Peral y Álvaro Écija, que se sumaron a Jerónimo Bucero y Nacho Castellanos. Faltaba el americano. El día que Perry Carter se asomó por los vestuarios del San José más de uno se asustó. “Era una montaña de músculos”, le recuerda Bustamante. Don Leventhal, veterano analista de la NBA, le definió tras su paso por la Universidad de Ohio como “un Karl Malone en miniatura”. Una ganga en todo caso. Una condición imprescindible, puesto que el club acumulaba una deuda de 35 millones de pesetas que todavía hoy se paga. Las consecuencias de un éxito no consumado.

El equipo, que partía con la intención de ocupar uno de los diez primeros puestos que daban acceso al play-off, inició el campeonato a un ritmo fortísimo. Seis victorias consecutivas, una racha que quebró el Montehuelva. Con Brabender a los mandos, el Guadalajara deslumbraba. Coleccionó marcadores centenarios y promocionó a valores como Ricardo Peral, un introvertido ala-pívot de apeñas 20 años al que los especialistas auguraban un futuro en la NBA. "Era todo un espectáculo. Botaba como un base, tiraba, hacía mates… Todo como si fuera lo más sencillo del mundo", señala Bustamante. Acabó liderando la primera vuelta, perseguido por el Caja Bilbao. Hueli habló entonces por vez primera del ascenso, “una meta, por utópica que sea”. La ilusión prendió en la plantilla y la afición.

La segunda vuelta arrancó con malas noticias en forma de lesiones. “Parecemos un hospital andante”, sentenció Jareño. La plantilla se resintió y llegaron derrotas dolorosas como la registrada ante el colista Alcalá. El técnico, 32 años, dio un paso al frente y aplicó una de sus máximas: “No dramatizo las derrotas al igual que no exagero las victorias”. El fichaje de Guillem Coll supuso un revulsivo y el equipo finalizó el campeonato como líder con 21 victorias y 7 derrotas de una competitiva categoría habitada por jugadores veteranos, ex ACB y extranjeros del caché de Radunovic, Shaun Vandiver y Wayne Robinson.

Tras una irregular segunda fase, el Guadalajara se cruzó con el Askatuak de Óscar Roche, ex de la casa. La eliminatoria se solventó por la vía rápida. La tensión se apoderó del siguiente cruce contra el Caja Bilbao. El Guadalajara aseguró los partidos caseros con un San José a reventar, 1.800 espectadores en las gradas. Desde Bilbao se calentó la eliminatoria. Joan Llaneza, técnico de los vascos, aseguró que Hueli era “el jugador más peligroso” por sus relaciones federativas. Un pésimo encuentro de los morados puso el 2-1. Finalmente, el 13 de junio de 1993 el CB Guadalajara materializaba el ascenso. El pospartido quedó duchado de anécdotas como los puntos de sutura que necesitó la ceja de Bustamante tras un brindis etílico y el relato de cómo Brabender desestabilizó al base rival. “Le decía que tirara, que no metía ni una”, rememora Hueli, ya totalmente desvinculado del baloncesto y que en la actualidad ocupa un cargo de importancia en el Consejo Superior de Deportes. Quinientos kilómetros de norte a centro, la capital alcarreña estallaba de alegría. Como todo lo bueno, duró poco.

La ACB lo puso difícil desde el primer momento. Fijó un plazo, el 30 de junio, para que el club cumpliese unas condiciones leoninas. Inaccesibles la mayoría, como el pago de un canon de 400 millones más IVA. Las reuniones se fueron sucediendo con la misma rapidez con que el pesimismo iba embargando a los más optimistas. “Fue lo peor, una frustración enorme”, aporta Jareño. Hueli lo vivió desde el despacho: “Hicimos lo que pudimos, que se sepa. Lo que nos pedían era una burrada, un impuesto revolucionario”. El otro ascendido en la cancha, el Cornellà –ganó al Guadalajara en una intranscendente final mutilada por las ausencias-, tampoco pudo franquear la barrera económica.

A esta situación de desconcierto se sumó el anuncio de la marcha de Hueli al Salamanca tras 19 años al frente del Guadalajara. “Fue una desilusión, por eso me marché”. El club quedó descabezado y a la deriva, rescatado por una comisión gestora. El 30 de junio expiró el plazo de la Federación. El sueño se desvaneció y el Guadalajara renovó presencia en la Primera Nacional, con una plantilla totalmente remozada. El inicio de una caída en picado que aún dura. En eso coinciden los implicados. Hoy todo aquello no es más que un recuerdo, “una de las cosas más bonitas que me han pasado en la vida”, dice Jareño. “Quisimos vivir por encima de lo que podíamos, un error”, se autoinculpa Hueli, una figura que todavía suscita en la actualidad opiniones contradictorias en los foros de debate del deporte alcarreño. La historia defiende su gestión. Cogió al equipo en Tercera a principios de los 70 y lo aupó hasta acariciar la ACB. El presente le recuerda desde un prisma diferente. El CB Guadalajara aún paga los excesos económicos que permitieron disfrutar de jugadores como el mastodóntico Thachenko, el carismático Leonard Allen o los internacionales Ismael Santos y José Lasa, y de temporadas como la añorada 92/93, condenada a perpetuidad a ser reconocida como la del ascenso frustrado.

Los jugadores hicieron caso a Jareño aquella noche del 13 de junio de 1993 en La Casilla. A Carter no le pasaron el balón y José Luis Sánchez Burgués anotó un triple descomunal de siete metros. Obedecieron, aunque desconocían que hubiera dado igual incumplir las órdenes. El sueño, lamentablemente, ya estaba roto.

martes, 11 de marzo de 2008

NBA (I). EL BOCAZAS APRIETA LOS LABIOS

COLUMNA NBA (I) Perfil de Rasheed Wallace

EL BOCAZAS APRIETA LOS LABIOS

Pulverizó la plusmarca de técnicas en una temporada, elevando el listón a una altura infranqueable, sólo al alcance de malhumorados protestones de postín como Kobe Bryant. La policía le pilló escondiendo marihuana en el portamaletas del ‘buga’ que conducía por una carretera secundaria de Oregon. Escandalizó con unas irreflexivas declaraciones en las que descalificaba al organigrama de la NBA, la misma asociación que le permitía cobrar 17 millones de dólares por temporada. Rasheed Wallace (Philadelphia, 1975) iba coleccionando las papeletas necesarias para engordar el listado de ídolos caídos por asuntos ajenos al parquet. El ala-pívot nunca quiso ser uno más dentro del gallinero. Verdaderamente, no lo era. Había algo que lo distinguía de la clase media-alta de la NBA, etiqueta que le habían adjudicado dentro de la liga. Un repertorio de muecas y gestos llevados al límite, un andar genuino de los bajos fondos, una técnica de tiro impecable en su elegancia y hasta un característico estilo en el vestir le diferenciaban del resto. Puro aroma ochentero en pleno siglo XXI, faceta confirmada por el negocio con la aparición de una línea de calzado deportivo apadrinada por ‘Sheed’. Zapatillas blancas de bota alta diseñadas para estar complementadas con medias que cubren la mitad de la tibia.
Todo contradicción, Wallace salió por la puerta de atrás de los denominados con tono despectivo ‘JailBlazers’. A tiempo para no acabar como compañeros de correrías como Isaiah Rider, directo al listado de talentos tan inestables como incomprendidos. El nombre del desdichado Eddie Griffin, otro que bordeaba el filo del abismo, sale solo. Al contrario que este último, la fortuna se alió con Wallace. Le regaló una última oportunidad llamada Detroit. La capital del automóvil añoraba los tiempos de los Bad Boys. La impoluta silueta de Grant Hill había reformado la imagen del equipo, un esfuerzo baldío vistos los tristes resultados deportivos. Wallace aterrizó en mitad de temporada y añadió al colectivo lo necesario para que sus prestaciones ascendieran un peldaño. La conexión fue instantánea. Química, buen rollo y competitividad, factores psicológicos traducibles en la cancha en una defensa al límite de lo legal y en un amplio abanico de opciones en ataque facilitadas por su polivalencia. Ya no quería ser una estrella, cómodo al abrigo de los músculos de Ben Wallace y la sangre fría de Richard Hamilton y Chauncey Billups. Hasta se le veía menos irritado. La afición le tomó cariño. El bocazas apretó los labios y los arqueó, una imagen inédita en su época en Portland. Una sonrisa. Como la de los millones de espectadores planetarios al verle lanzar triples con las dos muñecas, izquierda y derecha, en el último All Star de New Orleans. Un jugador único, hasta el final. El chico malo de la liga participando en la gran fiesta de la NBA. Quién hubiera apostado por ello cuando vestía de negro y figuraba en la lista de jugadores con peor prensa del campeonato.

sábado, 12 de enero de 2008

RAYET GUADALAJARA 81-REAL MADRID 77. Núñez, al rescate


CB RAYET GUADALAJARA 81-REAL MADRID 77
Adecco LEB BRONCE. 15ª jornada.
Cancha: Polideportivo San José (Guadalajara). 11 de enero de 2008

NÚÑEZ, AL RESCATE

El baloncesto se nutre de experiencias que se alojan en la memoria. Para Roberto Núñez, la zamarra blanca simboliza lo mejor y lo peor que el deporte de la canasta puede regalar. Debutó en la adolescencia con unos minutos frente al Joventut de los Jofresa y Vilacampa. Compartió vestuario con el zar lituano Sabonis, formando trío de directores con Antúnez y Lasa. Emigró en busca de continuidad y regresó. Gozó de una segunda y hasta una tercera oportunidad, paréntesis serboargentino desajustado. Como otros tantos canteranos madridistas, fue condenado al destierro, con fructífera salida al país de la pizza incluida. Saltando de club en club, Núñez se ha convertido en un joven veterano con muchísimo oficio, actualmente incrustrado en el sólido organigrama de un club con solera en horas bajas el último quinquenio. Un espejo en el que podrían fijarse gente como Nguema, base a lo Balboa del filial, ya utilizado por la plantilla que capitanea Felipe Reyes. Ese largo recorrido que diferencia a ambos jugadores separó al Real Madrid ‘B’ activar el resorte de la sopresa en la cancha del líder. No anduvo lejos de la proeza. Aguantó agazapado los arreones triplistas del Rayet como si fuese un conjunto curtido con cicatrices. Sólo cuando soltó el zarpazo sacó a relucir esa bisoñez que se le presuponía. La última jugada del choque, con el quinteto blanco incapaz de provocar una falta que parase el cronómetro, retrató su inexperiencia. El lamento de Tirso Lorente, el Molowny de la Casa Blanca versión baloncestera, retumbó varias filas más atrás del banquillo. El balón lo aguantó, amansó y teledirigió uno de los que pasara por sus manos, ahora de morado, Roberto Núñez. De mayor a menor importancia, victoria alcarreña y billete para la copa.

El Rayet sufrió en una noche que pintaba festiva. La grada se rellenó de chiquillería con camisetas de tirantes, a la espera del clásico desfile del intermedio en el que se exhibe la cantera. Enfrente, un filial, con los condicionantes que se le presuponen de juego alegre, fluido y poco dado a la especulación. Dos caras de la misma moneda. Cuenta con material interesante la nueva promoción horneada por Lorente, con tres primeros espadas muy potables para la categoría bronceada. Al frente de la tropa del acné se sitúan Jan Martin, que ha abandonado la zona para probar fortuna en el lanzamiento exterior -¿qué pensará su tío?- y un Bojan Bogdanovic todo clase, coleccionista de entradas a canasta desde cualquier ángulo. En periodo de formación, le quedan unos meses en una categoría que ya le queda pequeña. El futuro es suyo si gana en agresividad. El tercero, el pívot Pablo Aguilar, se apuntó tarde en el acta tras calentar banquillo en Belgrado con el primer equipo. El Madrid, sorprendentemente ligero de centímetros, notó su tardía puesta en escena. Nueva versión de ‘4’ atlético con alergia a la pintura, Aguilar defraudó en Guadalajara. Le falta un largo trecho de mejora, algo natural a sus 18 años. Dato positivo, entre él y sus compañeros anularon la producción de Rob Johnson, inédito en la pelea bajo los aros e intrascendente en las restantes parcelas.

Al Rayet le suelen sentar bien las visitas de este tipo, filiales que privilegian el aprendizaje a los resultados. Puestos a cuantificar galones, pocos ganan a los alcarreños en esta categoría. La muñeca de Núñez, reconvertido en escolta ante las bajas de Palacios y Diego Pérez, selló las primeras distancias, que se instalaron entre los cuatro y diez puntos. Cuando se agotó le relevó Javi López, que salió de las profundidades del banquillo para reivindicarse. Se exhibió como lo que es, un tirador puro, un jugador al que no se debe ceder ni un centímetro de separación. Una especie única en vías en extinción. Tres triples en un par de minutos de inspiración poética firmados por el alero abrieron brecha, con la colaboración de un Rubén Íñigo enchufadísimo. El Madrid siguió a lo suyo, coleccionando reproches entre jugadores –Martin estuvo en todas- y con un Bogdanovic en estado de gracia, enfrascado en un mano a mano anotador con Núñez. No dejó que las diferencias se agrandasen más lejos de la decena de puntos. El partido entró en una fase de letargo a la espera del asalto definitivo, un balanceo de canastas fáciles generado desde el perímetro. Despertó con estrépito en los cinco últimos minutos. Lorente ordenó una presión a toda cancha que se atragantó a los alcarreños y que estuvo a punto de dar al traste con el trabajo anterior. Un triple de Aguilar, hasta entonces negado –y obcecado- en el tiro exterior, adelantó al Madrid a falta de medio minuto (76-77). Le respondió Roberto Núñez, que ya no soltó el balón hasta el bocinazo final, rubricado con una canasta de Dos Santos, ayer muy fallón.

La experiencia que le faltó al Madrid en el epílogo fue la que acreditó Roberto Núñez, que acudió al rescate de los suyos con un triple con aroma balcánico. Un triunfo ante un rival peligroso que corona un inicio de 2008 redondo, pletórico. La exclusión del Torrevieja, el excelente rendimiento de poco habituales como Iñigo y López, la visión de una pista teñida del morado de la cantera y el tropezón de rivales directos como el Archena así lo atestiguan. De paso, las buenas noticias apagan momentáneamente las dudas que podían haber surgido tras el revolcón sufrido en A Coruña. El Rayet refuerza el liderato de un LEB Bronce que domina con paso firme, a la espera de lo que ocurra en los dos desplazamientos consecutivos que le esperan, el termómetro adecuado para calibrar las posibilidades reales de aspirar al cetro de la categoría.

jueves, 3 de enero de 2008

REAL MADRID-ALICANTE. Guti auxilia al Madrid

Real Madrid 2-Alicante 1
Dieciseisavos de la Copa del Rey
Estadio Santiago Bernabeu, 2 de enero de 2008
Desde el tercer anfiteatro de la Torre D

GUTI AUXILIA AL MADRID

Harto de contemplar en primera fila el recital de fallos de sus compañeros cara a portería, Guti dejó el cargo de asistente para recurrir al de salvador. Una sutil parábola desde veinte metros con la prórroga pidiendo paso dinamitó las esperanzas del Alicante, un 2ªB motor diesel que fue agigantando el ánimo y el fútbol mientras un profundo sueño se iba apoderando del Real Madrid. Aunque atiborrado de suplentes con las venas humedecidas, la tarde se presumía tranquila en el Bernabeu. De vulgar trámite ante un graderío semidesértico tras el gol de Robben, el panorama mudó hasta flirtear con la pesadilla fronteriza con el desastre. Si el Madrid no se enfangó hasta los topes en el barrizal de la Copa del Rey se lo debe a Guti. El mediocampista, entre algodones durante la semana navideña, supo descifrar el partido a tiempo. No conectó ni por arriba ni por abajo con el resto. Tampoco se les puede pedir más a los trece jugadores que pisaron el césped con la zamarra blanca, cuando desde el banquillo y los despachos apuntan con total descaro y ya sin reparos hacia otros frentes. La Copa, como en años anteriores, aparece a cara descubierta como un objetivo terciario dentro de la estructura del club. Ni Schuster es capaz de conservar las apariencias, al descubierto en la forma de encarar esta eliminatoria. El menosprecio a este trofeo por parte del Madrid es una evidencia que corre el riesgo de enquistarse, con el consiguiente perjuicio a la imagen de la competición, ya tocada ante los vaivenes a los que se ha sometido el formato. En esa línea, el Madrid triunfal de la Liga cambió de traje para quedarse con la versión hambrienta de minutos y oportunidades. El duelo se convirtió en una oportunidad para que los jugadores menos habituales reclamasen la luz de los focos. El balance fue negativo. Lo ofrecido ante el Alicante sólo sirvió para revalorizar a los que no estuvieron en el campo.

Del banquillo se sale para solicitar un puesto en la alineación titular. A base de fútbol, con esfuerzo, actitud y talento como componentes básicos de la fórmula. Si se tomó así Schuster el ejercicio de vuelta, salvo en el caso de Guti, a una distancia sideral en cuanto a concepción del juego del resto de compañeros de profesión que comparecieron anoche, no tendrá complicaciones para confeccionar la próxima alineación, que en tres días espera el Zaragoza. No hubo espacio para las reivindicaciones. Robben, en el punto de mira, salió mal parado del envite. Dispuso por primera vez en mucho tiempo de un partido entero. El gol no basta para alcanzar el aprobado. No desborda y da síntomas de agotamiento preocupantes en un futbolista de su juventud. Poco que ver, todavía, con el que maravillara, achaques físicos al margen, en temporada y media en el Chelsea. Se le sigue esperando. Compañero en el otro extremo, Balboa derrochó entusiasmo, sabedor de la importancia de la oportunidad concedida. Hizo sufrir al honrado lateral izquierdo con el que le toco lidiar, fundamentalmente en la segunad mitad, pero no evitó incrustarse dentro del decepcionante tono general. Hasta Sergio Ramos se instaló en la mediocridad con fallos impropios en su repertorio que pudieron causar molestias mayores a un Dudek de manoplas blandas. Soldado tampoco se reencontró con ese gol que tanto necesita, desperdiciando oportunidades clarísimas, al igual que Higuaín, que palió su habitual falta de puntería con un valioso despliegue físico en la media punta. El argentino rasea el balón, se asocia, encara y asiste. Lee los partidos, los envuelve bajo el manto y los acaricia. Falla en el remate, aspecto mejorable si se tiene en cuenta que, por edad y experiencia, todavía es un proyecto de delantero. En suma, un festival descorazonador de errores y precipitaciones al que sólo sacó punta el kilometraje bien rentabilizado del fiable Michel Salgado y el zapatazo final de Guti, clavija por la que pasaron las contadas gotas de fútbol que gestionó un funcional Madrid.

Enfrente, el Alicante exhibió hechuras de equipo sólido y bien trabajado. Tímido en los primeros compases, sólo se desperezó cuando se vio por detrás en el marcador. Aupado por la polivalencia de Cañadas y la agilidad del meta Ricardo –excelente eliminatoria la suya- , se plantó con suficiencia en el terreno. Vivió sus mejores momentos, confirmados con el gol de Borja, cuando el Madrid se dedicó a sestear tras la reanudación. Tampoco le soliviantó al equipo entrenado por Schuster ver la eliminatoria empatada, la amenaza de una prórroga y la posibilidad de la lotería de los penaltys. Arma de doble filo, carburó al mismo ritmo, con la incorporación de un desasistido Saviola que sufre los mismos síntomas de Soldado. El menudo delantero lleva camino de ser otro de los fiascos de la temporada, oscurecido ante el resurgimiento de Raúl y la rentabilidad de Van Nistelrooy. Un delantero como Saviola necesita el gol. Si no llega, su ascendencia en el juego es imperceptible y la implicación paupérrima.

Con el partido abierto y con ambas defensas exigidas y apuradas, Guti decidió sacar de la chistera una última genialidad. Reservó la traca para el final de la función, el último truco propio del mago incomprendido. En un alarde de teatralidad, cuando el telón se fundía en negro, alumbró el Bernabeu y el pase a octavos con un zurdazo milimétrico teledirigido a la escuadra de Ricardo. Un regalo adelantado para la noche de Reyes de las botas de un futbolista diferente.