lunes, 17 de diciembre de 2007

'TIME OUT', MORTADELO


El tiro de cuatro metros que se le salió a Pau Gasol frente a la aguerrida tropa rusa no llegó a ser palmeado por Mortadelo y Filemón. Es más, ni se atrevieron a saltar entre los elásticos y kilométricos brazos de Kirilenko. El volumen ‘Eurobasket 2007’ (Ed. B-Grupo Zeta), aperitivo previo al Europeo pifiado en Madrid, no pasa de ejercicio nostálgico para el habitual en la infancia de los tebeos de Ibáñez. El baloncesto es un simple elemento decorativo, perdido entre las habituales persecuciones, tropelías y conspiraciones varias –aquí son Egipto y Argentina los países afectados- en las que se entrometen los agentes de la TIA, de capa caída en cuanto a métodos de investigación.

Divertimento pasajero que se despacha en media horita siendo generosos, el reclamo de la cancha y la canasta queda relegado a un torpe segundo plano. La gracieta pasa por llamar al jugador franquicia de la selección, un ‘grizzlie’ venido a menos y con síntomas ‘antonioveguianos’, Gasoliano. El resto del plantel plateado no existe, hasta el desdibujado perfil de un entrenador de malos humos y cáscara añeja, tan distanciado de la fórmula que predica el bueno de Pepu. La firma del libro lleva impresa la terminología baloncestística aunque ni siquiera se atreva con el lanzamiento de triple frontal. El único fogonazo capaz de instalarse entre las diez mejores jugadas de la semana se encuentra en ese simpático arranque genuinamente Ibáñez –la admiración sigue intacta, errores como éste humanizan- que hace aflorar una sonrisa y enciende la bombilla del recuerdo. El resto, un esfuerzo en balde con la cancha, para disgustos de seguidores como el que firma, cerrada por imperativos mayores. Tiempo muerto, a la espera de una reacción que remonte una desventaja ganada a pulso por la falta de nuevos planteamientos ofensivos.

martes, 11 de diciembre de 2007

'EL CASAMIENTO'. Cuadrilátero nupcial

CRÍTICA DE TEATRO

'El Casamiento'
Autor: Anton Chejov
Dramaturgia y dirección: Juan Dolores Caballero
Compañía: Histrión Teatro
Escenario: Corral de Comedias (Alcalá de Henares). 9 de diciembre de 2007

Anton Chejov, se resume del perfil profesional extraído de infinidad de biografías, edificó una sociedad paralela a la real que alternaba con científica exactitud tragedia y comedia. La habitaban personajes planos, nada de proezas, trazos poéticos, ricos discursos o arranques epopéyicos. Privilegió la descripción sutil de las décadas que le tocó vivir, arrinconando a la épica. Virtud o defecto, según como se observe, este estilo se magnifica al entrar en contacto con sus obras cortas, minipiezas de elaboración instantánea con mucho por descubrir y poco que contar.

Histrión Teatro ha unido dos de esos textos para descifrar bajo sus coordenadas habituales, rotonda con prioridad para la fachada ocular, ‘El Casamiento’, bodorrio báltico regado de vodka con desconcertante acento agitanado. Dentro de la maquinaria que ha puesto en marcha ha otorgado una jerarquía de alto rango al escenario. Así, el vestido con diamantes que regala cada función el Corral de Comedias de Alcalá se convierte en el mayor aliciente de un montaje del que por mucho que el músculo exprima con fuerza, no se extrae el jugo anhelado. El rastro dejado por Chejov, sus características básicas, apenas se perciben dentro de una atmósfera que privilegia las risas al drama. El público, invitados a esa boda que sale de juntar dos textos secundarios en la producción chejoviana, rodea el coso, como si de un combate de pesos ligeros se tratara. Un cuadrilátero nupcial sobre el que pelean con templanza dos púgiles de perfil encajador. Sobresaliente la puesta en escena, reforzada por puntuales juegos de pie de un sector del reparto, la nota final baja hasta el aprobado raspadillo propio del estudiante de magnífica caligrafía al que condena la gramática.

Poca pegada encima del ring, irrisoria en el caso del primer round, ‘La boda’, una concatenación apátrida de réplicas vacías en jerga borrachera entre las que se atisba un conflicto hereditario. Leve viraje tras el sonido de la campana, cuando ya la concentración ha amenazado, si no lo ha hecho, con lanzar la toalla. Sube un peldaño la intensidad con la irrupción de un excesivamente enfático pseudogeneral. El contrapunto al estruendo que genera lo encuentra con el rol que le toca realzar a Gema Matarranz, otra vez brillante. Paladeado ese enfrentamiento, poco más que rascar en un texto de acción estática e irreflexivo, la pose adecuada para vaciar la mente y dejarse deslumbrar por la estética que asiste al espectáculo. Perfecto si se sirviese con una copita y para ser degustado como si se acudiese a una boda de caché a la que se va sin pintar demasiado, la típica a disfrutar desde la lejanía.

lunes, 10 de diciembre de 2007

'EL ORFANATO'. Pegamento preciso

CRÍTICA DE CINE

Uno de los problemas recurrentes del denominado popularmente cine de terror, con variaciones semiológicas que llevan al mismo significado, se halla cuando falla uno de los principales resortes: la originalidad. ‘El Orfanato’ se adentra en terreno conocido desde que enciende la maquinaria. Rodada con inhabitual tacto y precisión, coge una idea de aquí, pega otra de sello nipón, hila escenas vistas recientemente y deja el epílogo sujeto de un giro argumental tan socorrido que ya corre con el riesgo de saturar la vía.

Debido a ese manantial de referencias, perceptibles hasta para el cinéfilo ocasional, sorprende el inusitado interés despertado por la, por otra parte, inteligente ópera prima de Juan Antonio Bayona, que marcha a paso ligero dispuesta a marcar un hito en la taquilla nacional mientras se pertrecha de distinciones procedentes de todos los rincones del mapa. Fantasmagórico relato de época disfrazado de actualidad, a diferencia de compañeras de generación de mismo género como la melliza en términos temporales ‘Rec’ o ‘La hora fría’ de Elio Quiroga –a redescubrir-, ‘El Orfanato’ se nutre con calorías cedidas de muestras extraídas del amplio repertorio de cine espectral moderno, aquel que floreció tras ‘El sexto sentido’. Palmo a palmo siembra un nuevo cántico al amor maternal en el que la tensión únicamente chispea de forma aislada, dentro del contexto artificial en el que se introduce el relato. En el otro lado de la balanza, el debut de Bayona se luce en el nivel de sofisticación técnica, que se sitúa muy por encima de la media en aspectos como la puesta en escena. El ritmo contenido, salvo alguna escena fuera de lugar –el atropello- deviene en un trabajo pulcro y diseñado con esmero en aspectos habitualmente descuidados como el sonido.

El pisar territorio conocido permite por extensión ciertas licencias en un guión en apariencia pulido aunque con grietas por las que se cuelan incógnitas resueltas a favor de un desarrollo complaciente. ‘El Orfanato’ es, además de un cosmos habitado por personajes de quita y pon –a excepción de la espectral Geraldine Chaplin-, un traje favorecedor para el rol de mayor consistencia, el ejecutado por Belén Rueda. Carga con el papel de madre coraje, ajustado a esas ‘ojeras-sufrimiento’ que luce y que se instalan tras uno de los muchos duros golpes con los que place obsequiar la vida. La actriz, una sorpresa cuajada en la madurez, sostiene con credibilidad el trabajo encomendado, tampoco para llegar al extremo de levantar la película, esmerado producto comercial de olvido instántaneo, hasta llegar al punto de catalogarla, como se ha hecho, de obra maestra.

Con menor tonelaje estético, Ibáñez Serrador ya manejaba hace décadas con similiar precisión los códigos de género empleados en ‘El Orfanato’. La diferencia de repercusión se escapa de lo cinematográfico para llegar a otros terrenos menos amables de la industria. Objetivamente, este trabajo no está para marcar puntos de inflexión ni para liderar un presunto resurgimiento del género. Otros, con menos eco alrededor, cuentan con más elementos para ejercer un rol para el que, desafortunadamente, no han sido reclamadas.

domingo, 9 de diciembre de 2007

'11 MIRADAS'. En voz alta

CRÍTICA DE TEATRO

'11 Miradas'
Autor: Tomás Afán
Dirección: Mariano de Paco
Compañía: La Chácena
Reparto: Francesc Galçeran, Maite Jiménez
Escenario: Sala Cuarta Pared (Madrid). 7 de diciembre de 2007

En el tratamiento de cuestiones históricas contemporáneas, el arte estadounidense que desembarca cada semana en Europa en cantidades industriales saca décadas de diferencia al producido en España. Sólo hay que agarrarse a la ya extensa filmografía fundamentada en el 11-S o en la reciente ocupación de Irak, trabajos que ya no se procesan unidireccionalmente y en lectura patriótica. Esa percepción del pasado ha sido alterada, aunque en la memoria deje un mayor poso la aparatosidad heroica de la reparadora de conciencias ‘World Trade Center’ que la cámara en mano de ‘Redacted’. Puesta la mirada en España, a estas alturas sobre el 11-M, convulso epicentro que supuso un punto de inflexión, apenas hay noticias en escenarios de rodaje, bibliotecas –fuera del área de ensayos- y tablas teatrales. La cifra queda raquítica si se obvian los ceremoniales artísticos con aires de tributo. La cercanía temporal a lo sucedido, el temor a herir sensibilidades y la división ciudadana generada por el posterior y enquistado enfrentamiento político ayudan a entender ese silencio. Básicamente, se debe a otra percepción de la realidad y del arte como espejo de la sociedad, alejado de lo dispuesto en otros países. No extraña entonces que existan resquemores a la hora de trazar un acercamiento al 11-M cuando hasta un videojuego de una compañía española que trata sobre la Guerra Civil, puesto a la venta este mismo mes de diciembre, ha levantado suspicacias y quejas de más de una organización. Otros indecorosos replanteamientos contemporáneos recordados a bote pronto, han provocado sonrojo, como el dueto ‘Lobo’ y ‘GAL’, tratadas desde un único prisma vía calle Pradillo. En ese contexto de cuenta pendiente y planteado desde el lado teatral, a cuentagotas la disciplina más vigorosa, el acrobático salto de La Chácena, poniendo en escena un peleón, doloroso y reivindicativo texto sobre el 11-M, ha sido al vacío y sin paracaídas. Una –valiente- incursión realizada al descubierto, excesiva en una señalada zona, y que relega a lo simbólico al cuarto trastero. El texto del autor Tomás Afán (Jaén, 1968) se consume en deseos de provocar una reacción, ya sea reflexiva o airada. Favorable o contraria, elude el equilibrio en cada uno de sus estampas. El abanico de sensaciones lo agita mediante la disposición de una serie de piezas breves que terminan dibujando un arrítmico mosaico emocional sobre lo sucedido aquella trágica mañana. Una madre que no cesa de llamar al móvil de su hijo desaparecido, la reacción de un familiar de dos posibles víctimas o la enérgica protesta de dos etarras que, a punto de cometer un atentado, observan en vivo la masacre de los trenes, por muchos motivos, el diálogo más fuera de lugar. Escenas de fuerte crudeza psicológica se combinan con otras alineadas en un mismo bando y que pertenecen al capítulo de las reacciones y repercusión. La más rotunda la escribe esa ‘clownesca’ entrevista entre periodista y dirigente político que finaliza con infantil chapoteo en aguas de tonalidad rojo sangre, un ejercicio tremendista de crítica al papel jugado aquellos días por algunos medios de comunicación y por el Gobierno que ostentaba el poder. La necesidad del autor de establecer determinados golpes de efecto, rasgo que denota cierta inseguridad y condescendencia con el público, se difumina ante lo desgarrador de lo contado, que demuestra una vez más que la realidad supera con creces a la ficción. Con un fondo que posibilita plantear una serie de dilemas morales de envergadura y que ofrece ingente material para la controversia dentro de la actual atmósfera ‘preguerracivilista’, la solidez de la puesta en escena ideada por Mariano de Paco, lo que ya no es novedad, se hace merecedora de un encendido elogio. En acertada decisión, el director cede los galones a Francesc Galcerán y Maite Jiménez, que en otro verdadero ‘tour de force’ interpretativo deslumbran en los que probablemente sean los papeles más complicados de su trayectoria. En otras manos, el ceremonial desolador, esporádica columna de opinión clarificadora de la postura del autor, que perfila el montaje hubiese quedado totalmente desdibujado. ‘11 Miradas’ recorre parcelas ya transitadas en ámbitos de tertulia y enciende una antorcha que ilumina el camino hacia un teatro que ya se atreve a mirar atrás y no demasiado lejos. Habilitada para dividir opiniones, débil y maniquea para algunos y una confirmación de postulados para otra mayoría, seguro que no causará indiferencia, un reto del que puede que no salga bien parada. En lo enrarecido del ambiente general hallará uno de los principales obstáculos, aunque se intuyen otros de parecida talla.

martes, 4 de diciembre de 2007

QUIQUE GONZÁLEZ. 'Avería y rendición &7'

CRÍTICA DE DISCO

No hay en la actualidad en este país, tan proclive a la fórmula estandarizada, un músico con mayor capacidad de sorpresa que Quique González. Cada disco del madrileño supone dos pasos al frente en vez de uno, un avance estilístico gigantesco. Si hace unos años, en la era ‘Salitre 48’, uno escuchase ‘Vete con cuidado’, el atrevido tema que cierra ‘Avería y Rendición #7’, casi nueve minutos de orquestación solemne que giran como una noria sin destino fijo, lo fácil sería pensar que lo cantan dos artistas diferentes.

La evolución está llevando a Quique González a horizontes insospechados, a militar en una categoría inaccesible a la mayoría de talentos puros, raza escasa, que militan en el rock de autor cantado en castellano. ‘Avería y rendición #7’ es, en ese sentido, la consagración definitiva del madrileño en su papel de ‘songwriter’ a la antigua usanza, un disco mayúsculo, con cientos de carreteras secundarias que conviene recorrer a poca velocidad, rock adulto, más propio de un sesentón de carrera desgastado que de un tipo que supera por poco la treintena. Reconocible por el cuidado tratamiento de las letras y la elección temática –la losa de ‘La noche americana’, fallido intento de disco conceptual– para el seguidor de los inicios y seductor de tratarse de un primer acercamiento.

Por fin se puede proclamar en voz alta. Con ‘Avería y Rendición #7’, González ha dejado de ser el mejor escritor de canciones que prácticamente nadie conocía, cediendo el puesto a Carlos Chaouen. Que se olviden en buscar semejanzas y comparaciones. Quique se reinventa en cada disco, sin temor a caer al vacío. Libre de ataduras, ha reunido una colección de canciones que vuelan libres, a su gusto, por vez primera sin la producción de Carlos Raya, en otros menesteres creativos. Los apuntes literarios apenas mutan: chicas, bares de aeropuerto, soledad y un pellizco de malditismo, con atisbos cabareteros como ‘Lady Drama’ ya señalados en el pasado (‘Superman’). Sí gana en diversidad acústica. ‘Nos invaden los rusos’ es posiblemente una de las mejores baladas dramáticas de su repertorio y ‘Avería y rendición’ una declaración de intenciones que sale de una unión –Leiva– que se vislumbra como fábrica de temas que conquistan sin coqueteo previo.

Atado un público incondicional, limados los errores –esa cuenta bancaria al estilo ONG– y abierto un camino propio, Quique González sigue subiendo peldaños en su escalada al olimpo de la musica en castellano. Auténtico y natural, no un producto de época carente de personalidad.

lunes, 3 de diciembre de 2007

'COMO PIEDRAS'. Tierna infancia

CRÍTICA DE TEATRO

'Como piedras'
Autor: Jesús Muñoz
Compañía: El Pont Flotant
Escenario: Teatro Moderno (Guadalajara). 30 de noviembre de 2007

La cima de la felicidad se alcanza en la infancia. Déjense de estudios, análisis sociológicos y baremos estadísticos para comprobarlo a pie de escenario, con documentación y actitudes verídicas. La teoría la defiende con vehemencia vocal y corporal la joven compañía valenciana El Pont Flotant a través la simpática, ligera e irregular ‘Como Piedras’, caparazón duro de sentimientos desperdigados y posteriormente reunificados con la ayuda de un extra de sensiblería familiar.

Robustos hilos de amistad generacional alimentan el esfuerzo interpretativo del trío de actores, cómodos en un papel cuyo armazón textual dominan de antemano. Tras el leve ejercicio catártico y simbólico de silencios que inaugura la función, ponen a disposición del espectáculo su propia biografía. Destapan del pasado lo vivido, que en gente que no ha entrado en la madurez se resume en la infancia y adolescencia. Un punto de partida sabroso y apoyado por una escenografía acorde a lo buscado, premeditadamente desgastada por el imparable transcurrir del tiempo.

Lo contado, sujeto por sólidos andamiajes creativos, deviene a continuación en una melancólica exposición de situaciones de perfil cómico a las que se añaden excursiones que lindan lo real. Hay chispazos brillantes, como ese intercambio de golpes luminosos entre dos púgiles armados de mecheros. Llegan con retraso, cuando la función se ha dirigido a parcelas de autor. Juegos entre conocidos que agrandan la brecha con el asistente, situado fuera de esos corrillos de acceso privado que se denominan familia, y con un tonelaje menor, amistad. ‘Como piedras’, artilugio ‘peterpaniano’ de blandas intenciones, va perdiendo fuelle vistas las limitaciones de un alcance sometido al yugo de lo excesivamente personal. Con apenas tres décadas, apelar a la nostalgia de lo vivido despreciando a lo que espera por delante, llámese futuro, suena a reclamación demasiado forzada y de una ingenuidad notoria.

sábado, 24 de noviembre de 2007

'GRIS MATE'. Lluvia que no llega

CRÍTICA DE TEATRO

'Gris Mate'
Autor: Iñaki Rikarte
Dirección: Charo Amador
Compañía: Katu Beltz
Escenario: Corral de Comedias (Alcalá de Henares). 23 de noviembre de 2007

Refrescantes aires ‘beckettianos’ de escala moderadamente optimista procedentes de un frente surrealista levantan del suelo la extracircular diana que focaliza la acción de ‘Gris mate’. Un paso firme y relleno de guiños histórico-teatrales de consumo propio el andado por ese talento de explosión precoz llamado Iñaki Rikarte, que en esta fábula desoladora con líricos trallazos humorísticos añade a la sutil rúbrica del texto la interpretación propia del artista de fuertes convicciones y calculados referentes. Llamado a sobresalir en el famélico escaparate de jóvenes autores, Rikarte ha cedido la dirección, labor que ya afrontara con la magnífica ‘Ildebrando Biribó’, otro cántico a los fracasados que no ocupan espacio en los libros de texto, a una Charo Amador más curtida en envites de medio alcance como se consolida esta propuesta. Las miras mayores se esperan para el futuro, que para una compañía como El Gato Negro de antes y la Katu Beltz de la actualidad se antoja, si los presagios no desafían a las certezas ya expuestas, despejado y con escasas nubes.

Grisácea fábula, como evidencia el sugerente título, de tres personas que vagabundean por la vida a la espera de que nada suceda, en este montaje de ida y vuelta hay texturas especialmente significativas en parcelas como el inteligente libreto y la ambientación. Más finas, con riesgo de deshilacharse, se manejan ya con el trío de intérpretes compartiendo tablas. La obra ahí se apelmaza en exceso, como ese pelo que combate el estrambótico peluquero ‘molièresco’ que compone Alberto Castrillo-Ferrer, el antaño excelso ‘apuntador de Bergerac’. Su silenciosa irrupción, luego un estruendo debido al huracán verbal que se desata desde sus diálogos, desequilibra el ritmo cadencioso que llevaba hasta ese instante la función. La ruptura es notoria, hasta en el tono de los acontecimientos. Más metafórico e hipnótico ese primer tramo, forzando hasta la extenuación la ilógica la siguiente, con sucesiones de réplicas inconexas y carentes de argumentos, regla básica cumplida, que llevan la acción a un terreno indefinido. Recuperados en la recta final los perfiles nítidamente delimitados desde las presentaciones –extraordinario el de ese antihéroe frustrado de antepasados helénicos que vuelca su rencor en las alturas, con ‘A’ mayúscula-, ‘Gris mate’ pinta con diligencia el trazo que faltaba por cerrar en esa sórdida diana por la que se arrastra el trío de desubicados sociales.

Exigente y con un punto de ambición bien calculada, sabe esquivar –no sin dificultades en ocasiones- el tedio que podía derivar de una fórmula hermanada con el surrealismo ilógico y con poco que rascar –aparentemente- en su superficie, para contraatacar y dejar una certeza por encima de las restantes. Con autores del talante y entusiasmo de Rikarte, el panorama de jóvenes creadores teatrales engordará unos cuantos kilos de saludable calidad. Con ‘Gris mate’, trasunto meteorológico de carácter estable sin amenaza de tormenta, ya lo ha logrado.

martes, 20 de noviembre de 2007

ALCINE37. Balance

Festival de Cine de Alcalá de Henares / Comunidad de Madrid

El sorpresivo viraje fantástico que experimentó ALCINE en la pasada edición con el triunfo del alienígena ‘For(r)est in the des(s)ert’ no ha gozado de continuidad. La trigesimoséptima edición del Festival de Cine de Alcalá de Henares / Comunidad de Madrid, la plataforma cortometrajística más relevante a nivel nacional, pisó terreno conocido. No se dejó adular por géneros de corte experimental y poco frecuentados en la industria actual. El palmarés encumbró a Daniel Sánchez Arévalo y su ‘Traumalogía’, tragicomedia de porte esperpéntico que airea las miserias de una célula familiar con una boda como resorte. Decimotercer cortometraje del director que deslumbrara con ‘AzulOscuroCasiNegro’, capturó cuatro trofeos regalo del jurado. Primer Premio, favorito del público, montaje y mejor interpretación. Poco que objetar al cuarteto, si acaso subrayar la ratificación vía trofeo de la categoría de ese joven actor, ya una realidad, de agitadísima filmografía los dos últimos años que es Raúl Arévalo. Sánchez Arevalo –no hay parentesco- le otorgó un rol, papel estrambótico de veinteañero sacudido por la realidad, que domina a la perfección, como ya demostrara en ‘El camino de los ingleses’ con el memorable Babirusa. Un puzzle colectivo de tragedias cruzadas con aroma a González Iñárritu (‘Diente por ojo’) y un simpático y humilde relato sobre la soledad y la amistad que va diluyéndoe ante la falta de ideas (‘Padam…’) ocuparon los restantes peldaños del podio del Certamen Nacional, la perla que más reluce en la frondosa programación de ALCINE.

Del resto de proyectos a concurso, de irregular nivel medio y sin caer en la reiteración en el tratamiento de temáticas sociales, abundantes los últimos años, sobresalió la inteligencia de ‘Eres’, de Vicente Villanueva, el sólido pulso narrativo de David Valero en ‘Niños que nunca existieron’ y ‘La parabólica’, metáfora sobre la incomunicación rodada en Matarrubia, provincia de Guadalajara, con un sonido exquisito y una interpretación, la de Martín Mújica, sobresaliente.

La otra novedad relevante de ALCINE37 llegó de la mano del Certamen Europeo, que debutó como sección a concurso. Expuso 38 cortometrajes de filmografías en muchos casos desconocidas, con una amplia remesa nórdica. Primeras zancadas de un capítulo llamado a expandirse en ediciones futuras y por el que la organización apostará con firmeza.
La tercera sección competitiva, Pantalla Abierta a los Nuevos Realizadores, esquivó la lógica del taquillaje y de la opinión de la crítica. Sorprendentemente, el público de Alcalá guiñó el ojo a una película que apenas se mantuvo un par de semanas en cartelera, coleccionando salas semivacías en virtud de una floja distribución y una promoción inexistente. ‘Amor en defensa propia’, dramón con acento argentino que supuso el debut en el pedregoso camino del largometraje de Rafa Russo, gustó por encima de la favorita a priori, ‘Bajo las estrellas’, y de ‘Concursante’, el trabajo más arriesgado y fuera de onda del sexteto que competía. De vació se marchó la ópera prima de Rodrigo Cortés, en un año en el que ALCINE enseñó en el palmarés final su vena más conservadora.

Lo mejor: La dedicatoria a Irlanda, la diversidad temática del Certamen Nacional, el (medio) estreno de 'Casual Day', 'La parabólica' de Xavi Sala y los dos boletines informativos

Lo peor: Los molestísimos problemas de sonido en las tres primeras sesiones del Certamen Nacional, un quinteto de cortometrajes que no alcanzaban la talla para competir en Alcalá y los balbuceos, tímidos todavía, del Certamen Internacional, apuesta a largo plazo

martes, 6 de noviembre de 2007

TENORIO MENDOCINO. El Tenorio, con el dorsal 16

XVI Tenorio Mendocino
Escenario: Calles de Guadalajara. Viernes 2 de noviembre de 2007

Al disciplinado concejal de Cultura de una localidad fronteriza con Guadalajara le iban cayendo a chorros las preguntas sobre la representación del Don Juan. Le buscaban las cosquillas los plumillas de turno, incansables en el afán de hallar una duda, un titubeo, una renuncia. Capeaba el temporal sin dificultades hasta que sonó la campana de forma inesperada, con un planteamiento abordado desde la simpleza para el que no tuvo respuesta. “¿Por qué se hace el Don Juan aquí?”. Con las grabadoras expectantes y la tinta de los bolígrafos pidiendo paso, se quedó en blanco. Si la escena se hubiese planteado en Guadalajara, podría haberse recurrido a un amplio surtido de respuestas priorizando uno de los postulados de ‘La navaja de Occam’, teoría filosófica ideada por un franciscano inglés: ante un posible dilema, la explicación más sencilla es la más probable.

De primeras, un “¿y por qué no?” resulta irrebatible. Si no fuera suficiente, bastaría con darse una vuelta por ese territorio que todavía conserva la esencia de siglos pasados, el que embellece el minicentro de la ciudad. Si el Tenorio, todavía en edad adolescente, goza de la aceptación popular se lo debe en gran medida a esa ruta, a su carácter amateur, porque los errores, por entrañables, se perdonan con facilidad, a esos papeles que ya sobrepasan a la persona que los representa, a la ausencia de trucos dramatúrgicos, una apuesta por una narración a la vieja usanza.

Hay datos, ampliando miras, que son reveladores. El Tenorio Mendocino luce ya el número 16 en la zamarra, el dorsal con el que Pau Gasol conquistó las Américas. Marchó hacia el país de las barras y las estrellas con timidez, como el callado estudiante de matrícula que conquista una beca por expediente. Así, sin demasiadas estridencias, se abrió camino el Tenorio guadalajareño hace dieciséis años, de una vorágine de conversaciones en una cena entre amigos, de un duelo de versos y espadas invisibles, de una asamblea de capas parlanchinas. Para crecer, Gasol se atiborró de pesas y otros manjares. Se ganó a pulso el respeto ajeno. El Tenorio, mientras, se ha ido esculpiendo con las manos de orfebres de la cultura alcarreña.

El bastón lo tomó Javier Borobia, que todavía no lo ha soltado. Adheridos casi de por vida, gente como José Antonio Suárez de Puga y Josefina Martínez. Aves de paso, centenares. El Tenorio ha ido amurallándose a lo largo de este tiempo, apropiándose de las virtudes de los protagonistas que le han dado alma. El carisma de José María Sanz Malo, el ímpetu de Julián de la Fuente, el talento de Abigail Tomey, la ilusión del novel Fele Martínez, el trabajo, bien o mal entendido, del infatigable Fernando Romo, la labor anónima de centenares de jóvenes y adultos o el empuje de una última hornada que pide el relevo y pisa fuerte, a veces demasiado. En ese grado de trabajo colectivo, en esa suma que menosprecia a la resta, en ese aroma hogareño y en esa estabilidad dramatúrgica que esquiva el factor sorpresa y que tanto beneficia al poco frecuentador de plateas, hay que encontrar las respuestas al motivo por el que Guadalajara tiene su propio Tenorio, todavía barbilampiño y al que se puede aventurar un próspero futuro si el ánimo que lo sustenta no decae.

La decimosexta edición del Tenorio Mendocino en su edición de viernes contó con el beneplácito del tiempo, lo que repercutió en el satisfactorio balance final. El texto de José Zorrilla se respetó, como es habitual en Gentes de Guadalajara, sin demasiados sobresaltos. Esa ausencia de riesgos se traduce en un desarrollo lineal, lo que, al contrario de lo que suele expresar la norma, es ya un sello de identidad del Tenorio Mendocino. Seguido con fidelidad a lo largo de la noche y madrugada, le faltó un punto de emoción, algo especialmente visible en alguno de los actos. El traslado del interior del Palacio del Infantado a los jardines del mismo recinto enfrió en exceso el resultado de la escena del sofá, de irregular resolución. Las aglomeraciones que se olvidaron en el añorado Tenorio Romántico, el gran acierto de los últimos años, incomodaron en exceso en determinados tramos. Menos problemas que en anteriores ediciones causó el sonido. Sobre todo si se compara con el caos del año pasado, un Tenorio prácticamente ‘a capella’ que desquició a más de uno de sus responsables. Hubo micrófonos juguetones, como el de Doña Brígida, que al primer grito paternal de los técnicos de sonido aplacaron su espíritu burlón. Fallos típicos que cubren al Tenorio con ese caparazón de sonrisas que le acercan al espectador.

El que repite cada 365 días se sorprendió de ver a José Antonio Suárez de Puga convertido en escultor. Tres lustros después, el literato cambió de disfraz, en lo que se vislumbra un relevo generacional a petición propia. Una metamorfosis encubierta, porque siguen siendo los veteranos los que añaden ese plus de intensidad al conjunto, como bien recordaba el que tantos años hiciese una obra maestra de Butarelli, entrañable alcarreño hoy entre el público. Uno ya no sabe qué límite separa al Comendador de Javier Borobia. Actor y papel confeccionados a medida, trabajos realizados desde un profundo respeto al texto pergeñado por José Zorrilla. Gente que se alista en el Tenorio con un compromiso que se sale del individual, alejada de la autorreivindicación egocéntrica, esa actitud tan habitual en círculos escénicos, sean profesionales o aficionados.

La plácida primera noche del Tenorio Mendocino 2007, puestos a imaginar en clave NBA con el 16 ‘gasoliano’ y con el verde esperanza céltico que ansía reverdecer viejos laureles en la camiseta, salió adelante sin que se registrasen sobresaltos noticiables. Para una crítica certera y sin metáforas, basta escuchar a esos incondicionales que fielmente lo siguen, sin faltar a la cita anual, hasta el epílogo en el cementerio. Es la opinión más fiable, la del especialista, no la del mensajero cansado de despegar flechas de un escudo que ya no aguanta más envites. A escucharles y a dejarse aconsejar, que no viene mal de cuando en cuando.

jueves, 1 de noviembre de 2007

'LAS 13 ROSAS'. Duelo de posiciones (***)

CRÍTICA DE CINE

Con la que está cayendo, con un debate político de exasperante duración y sospechado desenlace, con las televisiones habitadas por tertulianos poseídos por la ira, con libros colmados de premios que claman al cielo por la ausencia de rigor, va Martínez-Lázaro y abandona las estrecheces de la juguetona cama que tan buenos dividendos económicos le ha proporcionado para adentrarse en el proceloso cosmos de la Guerra Civil. Tomando posición, aunque no se pretenda a cara abierta, desde la misma elección de la historia, durísimo drama que tratado por el cineasta va estrechando miras y ambiciones hasta acabar centrado en la faceta lacrimógena y discursiva.
Con una postura de inicio que llevará al cabreo al bando de la cerrazón cerebral, de ideología indescifrable, el gran problema de ‘Las 13 rosas' radica en la indefinición en la que está sumido su desarrollo. Entre una puesta en escena primorosa y la tibia profundización de cada uno de los personajes, las nobles intenciones originales terminan diluidas. Hay que quedarse, cinematográficamente hablando, con lo primero. No se han escatimado detalles a la hora de darse un garbeo por esa España triste y oscura de la posguerra.

Del perfil psicológico de las inocentes jovencitas, poco que rascar fuera de esa incesante búsqueda del tono hiperdrámatico, que destroza el techo en los cinco minutos finales. Sí constatará la revisión histórica de Martínez-Lázaro que hay material detrás de una buena actriz como Verónica Sánchez y que otras de mayor renombre, desconocidos los motivos, naufragan al abanderar un estilo sometido al exceso.

Las 13 rosas' no reabrirá cicatrices, porque no lo pretendía. El tema por sí mismo no admite matices. Lo que tampoco conseguirá es hinchar la vena de la emoción. Y eso sí que lo buscaba con empeño. La dosificada alternancia entre destellos felices -esos ratones traviesos chirrían- y desoladores no deja de ser la misma trampa reiterativa por la que se despeñan tragedias basadas en la realidad. Está bien que se recurra a ellas y no se olviden, pero mejor sería que no se pensara exclusivamente en la caja o en el qué dirán en medio de una agitación social conocida de antemano.