jueves, 4 de abril de 2013

'UNA VIDA DEMASIADO CORTA'. Ronald Reng


CRÍTICA LITERARIA

'Una vida demasiado corta'
Autor: Ronald Reng
Editorial: Contra
Género: Biografía deportiva




LA SOLEDAD DEL PORTERO

La idea de un periodismo deportivo alejado del tono épico, las gestas heroicas, los gritos, el forofismo y los localismos está desde hace tiempo en boca de tantos y en papel de casi nadie. Gotean con timidez las ocasiones en las que un consumidor de este género se topa ante uno de esos artículos, noticias o historias que le quitan el mal gusto que deja todo lo anterior. La mayoría de esos textos llevan casi siempre la misma firma. Por ese motivo la larga lectura de 'Un vida demasiado corta' (casi 500 páginas) supone una sorpresa doble, tanto por lo que descubre el texto como por su desconocido -para el lector español- origen.

El periodista alemán Ronald Reng (1970) hace que el lector sienta próxima una historia que de primeras le puede resultar demasiado alejada. Escribe sobre Robert Enke, aquel portero alemán que se suicidó el 11 de noviembre de 2009, a los 32 años. Apenas pasó unos meses en las áreas españolas, entre Barcelona y Tenerife. Todavía hoy pocos lo recuerdan. Desarrolló la mayor parte de su carrera en Alemania, nunca en un club puntero. Enke no era una estrella. Los equipos en los que militó no estuvieron a la altura de las expectativas, como él mismo se encargaba de recordar. Era un portero notable, serio, rocoso, un hombre de club que encontró superada la treintena una inesperada recompensa en la internacionalidad. Eso es lo que se veía en televisión. Lejos de pantalla era un hombre educado y correcto, demasiado sensible para un universo tan cruel como el de la alta competición y más específicamente el de la portería. Ya lo dijo Armas Marcelo, un portero no es más que un profesional que cuida las puertas del infierno. Y lo que pocos sabían, lo que escondía más adentro, era que sufría depresiones, un tema tabú en el deporte y en el que 'Una vida demasiado corta' no duda en profundizar. “Si pudieras entrar en mi mente solo media hora, entenderías por qué me estoy volviendo loco”, le soltó Enke un día a su esposa Teresa. La frase es un latigazo para aquellos que no entienden que la depresión no es un estado anímico, es una enfermedad.

La editorial define a su autor como amigo de Enke. El dato no hace más que revalorizar lo que viene después. El periodista demuestra que se puede escribir una biografía sin cargarla de adjetivos inanes ni glosar al protagonista, dejando al lector un espacio para dar forma a sus reflexiones. 'Una vida demasiado corta' no da la respuesta que se querría a la pregunta que le sobrevuela. ¿Por qué? Con cada posible explicación surgen nuevos interrogantes. Reng profundiza en ese tema, qué lleva a un hombre de éxito al suicidio, y, a veces sin pretenderlo, aparecen otros nuevos. La biografía de Enke es la de un deportista que tocó techo, de imagen exterior dura, pero sensible con la críticas, necesitado de un cariño que muchas veces la máxima exigencia no puede dar. En otro plano radiografía al fútbol por dentro como pocas veces se ha visto. Ahí se hace notar la brutal presión a la que están sometidos estos deportistas. A menor escala, ofrece un turbador punto de vista sobre una profesión casi mitológica, la de portero de fútbol. Y, fundamentalmente, se erige como una hermosa historia de amor, la escrita (a veces en poemas de servilleta) por Enke y Teresa. Su esposa nunca se rindió, pese a las adversidades. Su relación sabe a verdad, como pocas.

Si se va un poco más allá del plano personal, 'Una vida demasiado corta' deja para el aficionado al fútbol un puñado de valiosos detalles y reflexiones. Enke sufrió dos depresiones. La primera, en 2003, le llegó tras su efímero paso por el Barcelona. Es, junto a los días previos al suicido, el capítulo más angustioso. Después de un trienio fructífero en el Benfica lisboeta, Enke llegó al Camp Nou. Se encontró con un entrenador poco receptivo, el holandés Van Gaal, y con un Barcelona convulso, nada que ver con el actual. La competencia con el jovencísimo Valdés y el argentino Bonano fue feroz y le hizo mella. Quedó relegado para jugar encuentros de menor nivel. El de Novelda fue uno de ellos. El Barça quedó eliminado de la Copa del Rey por el colista de 2ªB y Enke recibió la reprobación pública de uno de sus compañeros, Frank de Boer. Desde ese partido Van Gaal no le volvió a dirigir la palabra. Poco tiempo después fue cedido al Fenerbahce turco. Duró un partido. Volvió a Barcelona y se entrenó separado del grupo, en otro horario. El libro recuerda un detalle. Enke se cruzó en los vestuarios con Valdés. El alemán, avergonzado, agachó la cabeza. Pronto cayó en un estado depresivo.

Enke se recuperó. Hasta tal punto que le llegó la oportunidad de ser internacional con la selección alemana. Encontró estabilidad y seguridad en un club de zona media de la Bundesliga, el Hannover 96, donde pudo sacar lo mejor de sí mismo. Entre medias superó junto a Teresa la pérdida de una hija y se volvió a ilusionar cuando adoptaron a otra. Aunque la presión era enorme y la sufría en carne viva, todo indicaba que lo peor ya había pasado. Incluso iba a ser titular en el Mundial de 2010, aquel que ganó España. Pero Enke recayó. Las últimas páginas de 'Una vida demasiado corta' son estremecedoras. Reng recuerda esos momentos dejando que hablen los que estuvieron cerca. Esa oscuridad en la que se sumergió la mente del guardameta se traslada a las páginas. Y en esta ocasión Enke no se reestableció, pese a que hasta el final no dejó de defender la portería del Hannover 96, esa puerta al infierno de la que habló Armas Marcelo.

Escrito con pulso (traducción de Carmen Villalba), atento al detalle, respetuoso y equilibrado a la hora de retratar al protagonista, 'Una vida demasiado corta' dignifica un género, el de las biografías deportivas, del que en España, a diferencia de los países anglosajones, apenas se tiene noticias. Aquí se confunde con otra forma de escribir diferente, la reverencial. Y para probarlo solo hace falta darse una vuelta por la sección deportiva de cualquier librería, con resultados desoladores. 'Una vida demasiado corta' se erige como un libro deportivo que sabe trascender este ámbito y situarse en un plano profundamente enriquecedor para todo aquel que afronte su lectura.
 

domingo, 14 de octubre de 2012

'EL ARTISTA Y LA MODELO'. Pasa la vida, queda el arte


CRÍTICA DE CINE

'El artista y la modelo' (Fernando Trueba. España, 2012)

Nos hacemos mayores, proclama a cada paso Fernando Trueba en 'El artista y la modelo'. El tiempo avanza implacable y todo lo quema. Cuando los días pasan lentos y los años rápido al protagonista del último trabajo del madrileño solo le queda el arte como refugio. Trueba pulsa el botón de pausa y se lanza a la reflexión profunda, al encuadre meditado y al análisis exhaustivo del proceso creativo, en este caso concreto, el de un escultor enfrentado a la obra definitiva. El ritmo de 'El artista y la modelo' se ajusta a esta labor concienzuda. Es lento, casi detenido,, atento al mínimo detalle y solo accesible y saboreable si se afronta con la mente despejada. Si no lo está, el riesgo es el de caer en el sopor más absoluto y, peor, la incomprensión.

La labor de Trueba es similar a la de su protagonista, un célebre escultor que pasa sus últimos días recluido en una casa de la campiña francesa mientras fuera, no perceptible, se resquebraja Europa con la Segunda Guerra Mundial. El arte permanece ajeno al derramamiento de sangre, como lo verifica una de las pocas escenas que justifican la aparición de un elemento secundario, la fugaz visita del oficial nazi. Aparte, el único torbellino que se levanta entre tanta parsimonia lo desata el cuerpo de la mujer, representada en ese opuesto al protagonista que es Aida Folch. La cámara lo mira, admira y retrata en una justa mezcla de respeto y falta de pudor.

Es el duelo entre Rochefort y Folch donde se bate lo mejor de un filme que se balancea siempre al límite del ensimismamiento, una batalla simbólica entre opuestos -ocaso frente esplendor- bajo la mirada del director veterano que ya lo visto todo. O casi, como demuestro esa quererencia suya por no repetirse producción a producción, a la búsqueda, como su querido artista, de una obra maestra que, pasa la vida, y no llega.

viernes, 12 de octubre de 2012

'BLANCANIEVES'. Otra España en blanco y negro


CRÍTICA DE CINE

'Blancanieves' (Pablo Berger. España, 2012)

Hace tiempo que ninguna película española había originado tal avalancha de alabanzas como 'Blancanieves'. El estreno en San Sebastián le dio el empujón definitivo para representar a España en los Oscar, un título no oficioso cuya verdadera recompensa se traduce en números. Los acontecimientos se asemejan a lo ya vivido con 'The artist' hace apenas un año, aquel largometraje francés que con la boca cerrada y moviendo la batuta coronó en primer lugar la cima del cine en 2011.

Los paralelismos entre el trabajo de Pablo Berger y Michael Hazanavicius van, entonces, más allá de lo formal. Aun siendo el proyecto del cineasta español anterior, las comparaciones son inevitables y 'Blancanieves' se presenta a su rebufo. Pero a diferencia de la francesa, el filme de Berger mira el antes de su historia desde el aquí. No es tan estricta a nivel interpretativo ni de encaje musical. Vuela más suelta en su afán de retratar esa España de blanco y negro (¿más que la de ahora?) de los años 20 y que escarba sin pudor en el centro del tópico.

'Blancanieves' se alimenta casi en exclusiva de mitología taurina: el diestro derrotado por el animal, la tonadillera que sufre en el burladero, la hija que emula al padre y, emparedada en medio, toda esa iconografía de manta y carretera que tan bien retratara Cristina García Rodero. Es una historia sencila, de antes, habitada por personajes luminosos y otros oscuros, sin perfiles medios, que fluye rápido sin afluentes ni elementos distractorios, como un cuento infantil. El envoltorio, trabajado con precisión, funciona, un hábil ejercicio de estilo que sin el referente tan cercano de 'The artist' hubiera redoblado elogios y reverberado con mayor potencia, a pesar de alguna inconsistencia de montaje que se hace evidente en los lances taurinos.

El argumento, mínimo, tan lígero como el de toda pequeña fábula y demasiado encaminado a reforzar la mitología del toreo, se pone al servicio de una puesta en escena práctica y agradable. Solo hay un agujero por el que 'Blancanieves' se sale de la línea marcada y sorprende, ese final tan oscuro como su granulación y que puede ser sometido a una interpretación pesimista y que encaja hábilmente con aquella España tan desesperanzada. La misma o similar a la que ahora asiste al excesivo enaltecimiento de un filme diferente, eso sí, pero al que le falta ambición y capacidad de sorpresa para rozar techo. 

domingo, 9 de septiembre de 2012

'MANOLETE'. Maldita, mutilada y mediocre


CRÍTICA DE CINE

'Manolete' (Menno Meyjes. España, 2006)

El sustraerse de la oleada de comentarios previos suscitada por 'Manolete' antes de su visionado es directamente imposible. Revolotea en todo momento ese estatus de producción maldita alcanzado tras los casi seis años que pasó en el congelador a la espera de ser estrenada. 'Manolete' reunía desde aquel 2006 los condicionantes precisos para alcanzar esa categoría. El rodaje se hizo casi en absoluto secreto. El hermetismo no impidió que se filtraran las profundas desavenencias entre productor y director, agravadas posteriormente por una serie de denuncias por impagos por parte del equipo y sazonadas por el presunto romance surgido entre los protagonistas, Adrien Brody y Penélope Cruz.

¿Y la película? Quedaba oculta entre el espesor de la polémica, aunque por las grietas asomaba la insensatez de otorgarle el papel principal a Brody, por mucho parecido físico que guardara con el diestro, y de darle las riendas de un filme pretendidamente taurino a un desconocido cineasta holandés. El resultado de este torbellino profesional y emocional deja cicatrices en la película, finalmente no tan nefasta como se ha dado a entender. 'Manolete' es una producción cara y eso se percibe en su buen acabado formal, la exquisitez de la banda sonora y los intrascendentes aunque meritorios detalles que introducen al espectador -menos de lo esperado- dentro de los rituales de la tauromaquia. Si el balance no es superior es por la mutilación sufrida por la película en el proceso de montaje, un trabajo de poda que le quita al guión lo poco de sensatez que tenía. Por culpa del desquiciante montaje no se entiende qué pintan ciertos personajes (Enrique de Ahumada es el mejor ejemplo), hay tramos inexplicables (la visita a Córdoba) y se acelera hasta lo ilógico lo que debería ser el lento y cruel  camino recorrido por Manolete del enamoramiento a los celos obsesivos. El corta y pega provoca un uso abusivo de los 'flash-blacks' que termina por desquiciar más que desconcertar. A todo esto se suma un sonrojante epílogo en el centro médico, mal interpretado, peor rodado y ausente de emoción.

'Manolete' no molesta como habría que esperar, aunque a lo largo de la pasión entre el torero y Lupe Sino afloren tópicos de toda raigambre y se apunte hacia cuestiones morbosas sin razón alguna (el consumo de cocaína por parte del protagonista y la presunta bisexualidad de Lupe). Lo peor de todo es que una vez concluido el filme uno se queda con la sensación de no saber apenas nada nuevo de aquel singular diestro que se ganó un hueco en el corazón de un país en horas bajas y necesitado de ídolos con los que cubrir el vacío existencial al que le abocaba la historia.

lunes, 3 de septiembre de 2012

'POLLO CON CIRUELAS'. Historias de antes


CRÍTICA DE CINE

'Pollo con ciruelas' (Marjane Satrapi, Vincent Paronnaud. Francia, 2011)

La mina de Marjane Satrapi dejó huella con 'Persépolis'. La viñeta se hizo fotograma y la historia de aquella joven con el corazón dividido entre sus raíces iraníes y el exilio europeo conquistó a público, crítica y jurados por su fino equilibrio entre latigazos sociales, situaciones cómicas y amargura. En realidad, 'Persépolis' no descubría nada nuevo. Hacía de la sencillez de su propuesta y de la ingenuidad que desprendía la animación plasmada en pantalla, tan fiel a la novela gráfica, sus mejores bazas. Una vía similar recorre el segundo largometraje de Satrapi, otra vez trabajado a dúo junto al francés Vincent Paronnaud. La escritora recurre a nuevamente a material propio, en esta ocasión una obra de menor alcance que 'Persépolis', más unidimensional y sujeta por un único poste, a veces firme y en otras tan frágil, el amor. Ambas producciones se empiezan a separar desde la puesta en escena, puesto que ahora Satrapi y Parranaud se alejan de la animación -salvo algún chispazo- y prácticamente arrinconan la perspectiva social.

'Pollo con ciruelas' huele a historia de antes, a fábula contada alrededor de una hoguera en una noche estrellada. La película afronta una hiperrealista historia de amor desde la perspectiva más romántica. 'Pollo con ciruelas' grita y defiende una teoría: aunque el desfile de personas por el corazón de una persona sea un trajín, solo existe un gran amor en la vida. Ahí salen las raíces del profundo sentimiento de desolación que quema el interior del violinista de Teherán obligado a alejarse de la mujer -no es casualidad que la autora la llame Irán- a la que tanto y tan fugazmente amó.

Satrapi y Paronnaud envuelven con delicadeza esta hermosa historia de amor que lleva sellado desde el principio la marca de la tragedia. Todo lleva a la melancolía más profunda, la música, los decorados, la irrupción de personajes más propios de películas de Tim Burton, la interpretación y el aire a lo 'Amelie' que carga la atmósfera de esta quebradizo filme, que se ve igual que se escucha, como un susurro, como una leyenda contada al oído. 

domingo, 19 de agosto de 2012

'THE SWELL SEASON'. El amor dura una gira


CRÍTICA DE CINE

'The Swell Season' (Nick August-Perna, Chris Dapkins, Carlo Mirabella-Davis. Estados Unidos, 2012)

Los analistas del ramo se basan en estudios y teorías químicas para asegurar que el amor de pareja no se extiende más allá de los tres años. Los protagonistas de 'Once' ni se acercaron a la cifra: lo suyo duró una gira. 'The Swell Season' opera como el reverso grisáceo de aquella fábula blanquecina que se tituló 'Once' (2006). Aquella película llegó a la cúspide desde la nada, abanderada por la hermosa 'Falling slowly', una canción que pasó de 'hit' del tarareo a ganar el Oscar. La sinceridad de esa propuesta acunada en las aceras de Dublin redobló dulzores en cuanto saltó la noticia fuera del plató. Sus dos protagonistas, aquel músico callejero pelirrojo y la muchacha checa que vendía flores en la calle y le miraba de reojo, iniciaron un idilio más allá de lo profesional. Ni el mejor de los cuentos de hadas escuchados en la infancia.

'The Swell Season' mira a lo que vino tras 'Once' y la estatuilla. Son los inicios de la fama, la fotografía con el fan, los viajes por carretera, los auditorios a rebosar, los autógrafos no importa dónde, la ardua tarea de mantener un amor que se encendió de una forma poco convencional. El documental se revela como una pequeña pieza que, de inicio, no manifiesta excesivas ambiciones argumentales. El día a día de una larga gira por Estados Unidos y las relaciones que se tejen entre los componentes del proyecto no es algo demasiado novedoso en el género. El material apuntaba para consumo de seguidores de Glen Hansard y Markéta Irglová. Las grabaciones engordan con la incorporación de la banda sonora. Suena a lo largo del metraje el largo cancionero de ambos artistas, buenas piezas, melancólicas la mayoría, que añaden pizcas de tristeza a unas imágenes que probablemente no las necesitasen.

Entre recitales, cervezas, alguna sonora bronca, muchas sonrisas, furgonetas y canciones los protagonistas se van abriendo, casi sin darse cuenta. Por esos agujeros se cuelan casi imperceptiblemente las diferencias que les separan. A un lado se sitúa Hansard, músico curtido en bares y de suerte esquiva hasta 'Once', inquieto, de tortuosa infancia e intentando aprovechar cada resquicio de la nueva situación que le toca afrontar. Peor lo lleva Irglová, retraída, con miedo a fallarse a sí misma, a perder lo que le mantiene a salvo, su propia personalidad.Mediante fogonazos de una cámara que se inmiscuye dentro de estas vidas sin hacerse notar en exceso, se ve cómo la distancia entre ambos, pese a permanecer juntos en cada fotograma, se va agrandando.

'The Swell Season' desemboca en una conversación en una cafetería de una ciudad de la República Checa. Es el cúlmen, la catarsis. La escena dura apenas un par de minutos, pero dice más que muchísimas horas de metraje dedicadas a evocar qué es una ruptura, qué supone y qué secuelas deja al instante. Con ese sabor agridulce se despide esta pieza de apenas setenta minutos de duración que inesperadamente se eleva por encima del posible interés y simpatías que puedan despertar los protagonistas. Porque de lo que habla, aunque no fuese el objetivo inicial, es de algo que fluye por otras latitudes, lejos del escenario. Y pocas veces se ve con tanta nitidez en una pantalla.

miércoles, 8 de agosto de 2012

'CARTAS DE AMOR A MINA LOY'. Arthur Cravan


CRÍTICA LITERARIA

'Cartas de amor a Mina Loy'
Autor: Arthur Cravan
Editorial: Periférica (2012)
Páginas: 71




AMOR A PUÑETAZOS

Hay quien dice que el amor, como la esperanza, no existe. Ante tal afirmación, lo más probable es que Arthur Cravan, poeta y boxeador, respondiera con un puñetazo. Tras el gesto violento dejaría encima del cuerpo caído un verso con el que reafirmaría la tesis inicial. Así es 'Cartas de amor a Mina Loy', un combate pugilístico entre la razón y el sentimiento del autor, el febril relato de un enamoramiento tan profundo como hiriente, llevado hasta lo más recóndito del abismo. Los mejores amores son así, parece proclamar el trágico desenlace de esta historia, precipitados, volcánicos, intensos, siempre demasiado cortos.

'Cartas de amor a Mina Loy' recopila las misivas que Cravan escribió a la poeta y pintora norteamericana durante el segundo semestre de 1917, un año antes de que desapareciera a bordo de un velero en el Golfo de México. En ese periódo tuvo tiempo de viajar por el este de Estados Unidos, enrolarse como marino, trabajar en una granja, pasar la frontera a Canadá vestido de mujer y llegar a México a la búsqueda de minas de plata. Las postales enviadas con metódica disciplina entre tanto movimiento muestran a un Cravan poliédrico. Están todos los estados de ánimo posibles, la pasión, los celos, el dolor, la obsesión, el delirio. el enfado y quizá el peor, el rechazo que impone el silencio, la ausencia de respuesta, aquel correo que no llega. Todo para culminar con un verso demoledor, “la vida es atroz”, punto final a una última carta estremecedora y cuya lectura nos da la imagen de un Cravan impregnado de un ideal romántico tan real entonces como irreal puede estar considerado en la actualidad.

Más allá de lo estrictamente íntimo y de la fascinación que puede producir el malditismo de un personaje como Cravan, 'Cartas de amor a Mina Loy' tiene el aliciente de observar el desarrollo de una relación epistolar, con sus picos y sus pronunciados descensos. En una época como la actual, en la que escribir a mano una carta va siendo arrinconado en beneficio del correo electrónico, este pequeño volumen, de apenas setenta páginas, adquiere un valor adicional como testimonio de un género literario ya casi en desuso.

jueves, 5 de julio de 2012

'STOPPED ON TRACK'. La autenticidad del sufrir

CRÍTICA DE CINE

'Stopped on Track'. Andrea Dresen (Alemania, 2011)

El sistema muestra sus grietas cuando un largometraje como ‘Stopped on Track’ sobrevive en el anonimato. Al poco de su estreno, una única sala de Madrid lo mantiene en cartelera. El dato coge peso al constatar que se proyecta en una solitaria sesión semanal. Valga la reflexión para emparejarla al tema en el que profundiza esta producción alemana, el cáncer, todavía tabú, arrinconado y hasta silenciado en tantas ocasiones. A esta terrible realidad se enfrenta de cara el filme de Andreas Dresen, que ya había mostrado algo más que soltura al asomarse a asuntos marginales como el sexo en la vejez (‘En el séptimo cielo’, 2008).

El director marca las cartas desde el inicio y ya no engaña. A los cinco minutos el espectador ya conoce que el protagonista, un hombre de 40 años y clase media-alta, se enfrenta a un cáncer que terminará con su vida en un par de meses. La secuencia que abre la película resume el enfoque planteado por Dresen: es realista, seca y sin concesiones. ‘Stopped on Track’ destaca por su valentía, tanto en el planteamiento fílmico (el uso de la cámara en mano y la incorporación de la videocámara de un iPhone) como en el temático. Acostumbrados a tratar con productos que rozan el melodrama, edulcoran la enfermedad, hacen espectáculo del dolor ajeno o, al contrario, frivolizan desde el optimismo la agonía, aquí se apuesta por la verosimilitud, aunque duela. Es lo que hay, parece gritar cada uno de sus planos. Dresen maneja un asunto tan complicado con extrema objetividad, desde un profundo respeto y sin necesidad de estirar lo positivo (las miradas que se cruzan hija y padres en la competición escolar sobrecogen) ni lo negativo (el deterioro físico y mental del paciente en sintonía con el derrumbe psicológico familiar).

Aunque se cuele algún exceso reprobable (la violentísima interrupción del médico nada más soltar el diagnóstico), ‘Stopped on Track’ asegura cada paso encima de la finísima cuerda del equilibrista en la que se mueve. Detrás del drama que vive esa familia se esconden detalles estremecedores en forma de miradas, inesperados héroes (el pequeño de la familia), besos, despedidas y largos silencios. Puede que se sufra y que duela, y mucho, pero de lo que no queda duda es que el espectador saldrá enriquecido de la experiencia tan profunda que supone el visionado de esta pequeña joya, una valiosa anomalía en un sistema cinematográfico a veces tan detestable.

viernes, 11 de mayo de 2012

'REDENCIÓN'. Cascarrabias Mullan

CRÍTICA DE CINE

'Redención' ('Tyrannosaur')
Paddy Considine. Reino Unido, 2011

Paddy Considine no está para bromas. La ópera prima del actor británico, ‘Tyrannosaur’, lo proclama desde la primera secuencia, un fogonazo seco de brutalidad. De ahí hasta ese final que remite a la desafortunada traducción del título al español medía un tortuoso camino, tan bacheado como las arrugas que dinamitan la frente de Peter Mullan. Todo empieza y termina en la interpretación del actor, aunque la complicadísima y solvente labor de su compañera, Olivia Coldman, pida también a gritos una mención. Mullan se apropia hasta extremos conmovedores de esta historia de seres perdidos. Aquí nadie habla de segundas oportunidades ni se lamenta por un pasado doloroso. Todos son conscientes de que llevan la violencia tatuada en vena y no pueden renunciar a ella para enfrentarse a sus propios temores. Vencerlos ya es otro asunto.

En el pequeño universo recreado por Considine hay más cerveza que sentimientos a flor de piel. Los protagonistas se mueven por escenarios grises y oscuros y ni siquiera la única presencia ajena a la desesperanza, el niño vecino de ese ser marginal que es Mullan, se escapa a la ausencia de luz. Considine maneja con sutileza un guión mínimo, con diálogos que se clavan como puñales –las escenas en casa del amigo del protagonista duelen- y sutil hasta en el detalle. Las acciones descubren el interior de cada uno de los personajes de ‘Redención’. Tampoco se le puede acusar a Considine de tremendista, puesto que hurta al espectador mediante inteligentes elipsis aquellos instantes en los que la brutalidad puede llegar a sobrepasar los límites.

El debut en la dirección de Considine se salda así con una nota elevada gracias a un trabajo que apenas deja grietas y que da un paso en más en ese subgénero de filmes protagonizados por personajes torturados por un algo que conocen y al que no saben poner remedio. La esperanza tiene mil caras y todavía nadie puede decir cuál es la más auténtica.  

viernes, 27 de abril de 2012

'REC 3. GÉNESIS'. La boda cadáver

CRÍTICA DE CINE

'REC 3. Génesis'
Paco Plaza. España, 2012

La irrupción de ‘REC’ (2006) sobresaltó el sosegado estado de ánimo del terror hecho en España. La fórmula, tan sencilla como eficaz, funcionó, se exportó y generó una nueva línea de creación en el género. Atrajo así a una generación de cineastas curtidos en el corto que vieron en el terror una vía para modelar su carrera. ‘REC’ hizo temblar al espectador desde la sorpresa. La continuidad estaba asegurada. El problema de ‘REC 2’ estuvo en las expectativas creadas y la necesidad de obtener respuestas. El resultado no estuvo a la atura, decepcionó al adentrarse en terreno místico, un campo de minas para aquel espectador que solo pedía diversión.

La tercera parte de ‘REC’ trata de recuperar la frescura que irradiaba la primera. Ya no está Balagueró al mando, sino su lugarteniente Paco Plaza, un director que sabe dotar de personalidad a sus productos aunque sean encargos, como demostró en ‘Cuento de Navidad’, de lo mejor de aquel proyecto fallido que fue ‘Películas para no dormir’. Su ‘REC 3’, mal apellidado ‘Génesis’ –su visionado es alternativo y no imprescindible para disfrutar de la saga- se acerca más a la comedia sociológica que al terror. Rebosa tanta sangre como irreverencia, y en tiempos en los que los zombies se toman muy en serio (el caso de la excelente serie ‘The walking dead’), opta por el entretenimiento sin dobleces ni trampas.
 
En realidad hay dos películas en una en ‘REC 3’, tanto a nivel de formato como de género. La primera recurre a una de las premisas básicas de la saga, la cámara al hombro. Es patrimonio sociológico, con el certero retrato de lo que supone una boda en España, con todo lo que conlleva de terror para muchos. La orgía de sangre se desata a la media hora, ya planteado un radical cambio de estilo. ‘REC 3’ pierde los frenos, se quita el disfraz y, en plan videojuego, se lanza directa hacia la catarsis final. Ya no hay respiro, los personajes no se desarrollan y la única tregua se firma para dar unos cuantos capones al afán recaudatorio de la SGAE en forma de los personajes del inspector de la entidad y de Johnny Esponja.

Entre novias con motosierras, guiños a las cruzadas, chascarrillos inofensivos y, por todo lo alto, el amor que se profesan los protagonistas, ‘REC 3’ se diluye rápidamente dejando una estela de sangre que desaparecerá, sin remedio, al poco tiempo de ser vista. Si bien reinstala los ejes de la saga, desordenados en la secuela, no deja cerrado el interrogante que abre en su interesante desdoblamiento: la posibilidad de que el terror esté en su modélica primera parte, una boda como cualquier otra, y no en su segunda.