martes, 29 de abril de 2008

'CARTOGRAFÍA'. José Ignacio Lápido (****)

CRÍTICA DE DISCO

'Cartografía'. José Ignacio Lapido (Pentatonia Records, 2008)

Los engranajes de la industria discográfica no pueden estar más encasquillados. José Ignacio Lapido es uno de esos damnificados que aportan credibilidad a un tópico ya constituido en irrefutable verdad. Algo funciona mal si un creador de su talento permanece lejos de los focos del público, condenado al ostracismo mediático. Si actualmente hay un músico que merezca portar la etiqueta de culto en el panorama nacional, el granadino, antiguo componente de 091, reúne un buen puñado de papeletas para hacerse acreedor de la distinción, por mucho que tal calificativo le moleste, con razón.

Lapido no es nuevo por estos lares. Lentamente ha ido formado un estilo propio, imprescindible y rescatable del lodazal. De vez en cuando saca la cabeza del barro y grita a quién quiera escucharle la rabia que siente por seguir adelante en estos tiempos tan oscuros. ‘Cartografía’, otro trabajo que él mismo ha autogestionado a través de su propio sello, Pentatonia Records, es el nuevo alarido de un artista que ha hecho de la derrota algo más que un tema sobre el que teorizar.

Lapido se maneja con soltura en esos bajos fondos de los sentimientos que con tanta precisión describe en cada una sus composiciones, definitivamente constituidas como aullidos que se pierden en la inmensidad de una llanura inabarcable. Pero la partida no está perdida de antemano. Ni mucho menos. ‘Cartografía’ deja al descubierto, como ya pasara con el icónico ‘Música celestial’ y en menor medida con ‘En otro tiempo, en otro lugar, resquicios por los que pasa una luz, microscópicos hilos de esperanza enhebrados con una reconfortante sutileza. La tristeza, la indefinición y la duda existencial que proporciona el simple hecho de existir no están enfrentados irremediablemente a esa dulce felicidad que se saborea en cantidades ínfimas. Así lo demuestra el autor en este reflexivo trabajo, en el que regala ejemplos clarificadores. La teoría la confirma la letra de ‘Escala de grises’, un memorable himno que irradia un puntito de satisfacción al retratar la provechosa unión de dos almas perdidas, pero que juntas encajan (en la escala de grises / se nos ve tan felices). Añade una nueva aportación ‘Nada mejor’, un tema por el que se vuelven a colar versos reconfortantes dentro de lo que parece un círculo concéntrico que acaricia exclusivamente a la desolación. Hay una puerta al fin, remata en ‘Cuando los ángeles duerman’. Quién dijo tristeza. El cantautor-rock respira entre tanto pesimismo, lanzando bocanadas de una música a la deriva que ya no se destila por los circuitos habituales.

El paso de las composiciones va despejando ese discurso unidireccional y demostrando que dentro de la derrota asumida, mal siempre será mejor que peor. Late en esta colección de canciones una visceralidad menos poderosa que en anteriores discos. Los años han controlado la irascibilidad que provoca la insatisfacción existencial. Las incoherencias ya no duelen tanto y las llagas tienden al silencio, a conjuntarse con un paisaje desdibujado y opresivo. No faltan estallidos de ira que advierten de la degeneración de una sociedad que etiqueta y señala a los perdedores, aunque en su conjunto estamos ante un disco más reposado y de un sonido menos distorsionado que anteriores criaturas discográficas. Un rock clásico que se nutre del estado de gracia del compositor. Es cierto que hay tramos más prescindibles y que acecha el temor a ser reiterativo, pero el tono global de ‘Cartografía’ supera con creces al de las medianías que no dejan de martillear los oídos desde emisoras radiofónicas y canales televisivos.

La banda suena perfectamente ajustada, un factor que se le podía achacar al granadino en los inicios de su periplo en solitario. Guitarras que flotan en la atmósfera y un teclado atinado y con mayor peso de lo habitual arman un sonido envolvente que hace cumbre en la citada ‘Nada mejor’, en la que Lapido se atreve hasta a juguetear con las cuerdas vocales. Menudencias ante el torrente literario de unas letras poderosas en las que conviven un Bela Lugosi sonriente, un Johny Weismuller cleptómano, bares humeantes sin horario de cierre, referencias planetarias, alguna profesión que remite a la monumental ‘A dos metros bajo tierra’ y un optimismo que se va deslizando entre los dedos. Para el que no lo conozca, así es el microcosmos ‘lapidiano’.

‘Cartografía’ es, en definitiva, un disco que gana con cada escucha, lleno de rincones secretos, listo para que no pare de sonar durante un largo periodo de tiempo. La confirmación, en resumen, de que hay que apostar por la esperanza. José Ignacio Lapido no se detiene ante los obstáculos. Hay que creer en la justicia poética. Si Lapido sigue produciendo discos de este nivel puede que algún día ocupe el lugar que le corresponde, el de un creador de canciones gigantescas condenadas a quedarse registradas en el archivo de la memoria por mucho tiempo. Si pasa, sólo queda esperar que no sea ni en otro tiempo ni en otro lugar.

lunes, 21 de abril de 2008

'CYRANO DE BERGERAC'. Poeta clónico

CRÍTICA DE TEATRO

'Cyrano de Bergerac'
Autor: Edmond Rostand
Producción: Concha Busto Producciones
Dirección: John Strasberg
Escenario: Teatro Buero Vallejo (Guadalajara). 17 de abril de 2008.

El ‘Cyrano’ funciona. Pasan los años, las adaptaciones, los directores y los actores y ahí resiste, alejado de modas y pegado a un verso ligero, el flemático caballero de la nariz hiperbólica. Un personaje, ya sabido, que da el perfil idóneo para incrustarse en el salón de la fama de la literatura universal. Válido para que el autor diera a conocer la -triste- visión que tenía de la Francia palaciega del siglo XVII y, ya en el terreno introspectivo, poner al descubierto con profundísima perspicacia una personalidad extrema, probablemente más compleja que la del lunático hidalgo manchego. Deja más detalles, como el triunfo final de la palabra sobre la estética, pero ya no son más que agradecidas perspectivas utópicas que conservan cierto grado de anacronismo. La zozobra ética de la sociedad de principios de milenio así lo ha deseado.

La versión que saca adelante con soltura la productora de Concha Busto se ciñe a un esquematismo conceptual que desecha la acción para revalorizar la arquitectura preciosista del texto. Poco nuevo aporta esta relectura que cuenta con una escenografía tan sencilla como vistosa. El director norteamericano John Strasberg ha ido a lo fácil. Escuadra y cartabón para dibujar una adaptación limpia y efusiva. Apenas ha tirado de bisturí para cortar pasajes intrascendentes, por lo que el desarrollo se compone de una sucesión algo monocorde de escenas que pasan, se quedan y se marchan a la espera del estallido de emociones. Los propósitos renovadores que se anhelan cada vez que una compañía se decide por el ‘Cyrano’ brillan por su ausencia. Estamos, entonces, ante una obra tratada para el público y que marcha acorde a los planteamientos con los que fue escrita en el siglo XIX, despojada, lo más lacerante, del poso trágico que rodea a Cyrano en virtud de un tono deliberadamente más superficial y cómodo de asimilar. Todo está lo suficientemente anunciado y remachado para no provocar ninguna sorpresa innecesaria, por lo que las expectativas de ver algo diferente a lo habitual se desvanecen ya de inicio. Otro clon del poeta, aparatoso en las formas y fotocopiado en cuanto el estilo.

Realmente, el grado de calidad de un ‘Cyrano’, el paso al frente, la distinción, lo marca en gran medida la elección del protagonista. Cuando Gerard Depardieu abordó el personaje a principios de los 90 en la fastuosa adaptación al celuloide, su alicaída carrera pegó un subidón. Lo afrontó a la edad perfecta, a falta de arrugas irreparables y cuando su físico no era todavía una balsa de michelines adictos a la buena vida. Algo parecido le sucede a José Pedro Carrión. Es un acto de justicia poética que este actor, menudo de tamaño y enorme en registros, agrandara la napia, desenvainara la espada y sufriera lo indecible al experimentar los placeres del desamor. Carrión trabaja con minuciosidad y entusiasmo al personaje. Le falta ese plus de sufrimiento que se precisa al trabajar en una obra que se maneja en las parcelas de lo afectado. Es complicado sustraerse a la impresión de que, en esta elección, se produce una merma considerable del espíritu del original. No parece un problema interpretativo sino más bien procedente de la dirección. Bascula Carrión hasta enhebrar un Cyrano cínico, demasiado pasivo, ajeno a lo que se cuece entre Cristián y Rosana, y perdido en una batalla interior de la que no llegan noticias.

El verso dócil y manejable que exhibe el texto está aceptablemente recitado en líneas generales. Suena especialmente preciso en boca de Carrión y Begoña Maestre, que ha suplido con soltura a la habitual en el papel, Lucía Quintana. Modela a mano una Rosana oscurecida entre el protagonismo adquirido en esta adaptación por el rol de Cyrano. Anda ensombrecida, casi tanto como Cristián, en esta ocasión un tallo de cadete que se ve incapaz de hacer crecer la relación que mantiene con el proveedor de su amor. Otra debilidad que acecha, la superficialidad de los secundarios. Dato a añadir a una realidad que se asume casi como incontestable: por lo expuesto, esta versión no puede presumir de haber descubierto en toda su intensidad los poderes del magnífico texto de Edmond Rostand.

A este ‘Cyrano’ le queda, eso sí, el orgullo intrínseco del protagonista, puesto encima de la vida y la muerte, y los excelentes momentos cumbre que brinda José Pedro Carrión. Como las estrellas, parece envalentonarse en esas escenas que ya forman parte de la memoria colectiva del teatrero. La chispa, por fin, salta en la declaración que hace a Rosana a escondidas, un pasaje bien resuelto valiéndose de las tres dimensiones del arte escénico. A la vez, el febril soliloquio con el que se autocalifica en la academia de gascones (“volar no muy alto, pero solo”) y el final, ejecutado con admirable serenidad, figuran en la lista de material más que rescatable. Carrión pasa de puntillas amparado por su talento hasta llegar a esos instantes, en los que destapa la esencia del original. Chispazos de un genio sobre las tablas.

Desmadejado el conflicto, probado el nivel de José Pedro Carrión y limadas esas asperezas que pueden desgastar el olfato de los especialistas, queda el regusto dulzón de una representación definitivamente imperecedera. Una contradicción para el propio Rostand, que calificó con gran ingenio al Cyrano como “el apuntador al que todos olvidan”. Al contrario, no pierde comba a nivel y número de puestas en escena ni siquiera en unos tiempos que menosprecian el código de honor impuesto por sus propias contradicciones. A decir, lealtad, dignidad y honestidad. Principios, en definitiva. Todo un personaje del pasado.

viernes, 11 de abril de 2008

'LOS PERROS DORMIDOS MIENTEN'. Un bozal, por favor (**)

CRÍTICA DE CINE

'Los perros dormidos mienten' (Bobcat Goldthwait. Estados Unidos, 2008)

Un secreto salvajemente impúdico activa la mecha que prende ‘Los perros dormidos mienten’. Es tan endeble –y sencillo- el planteamiento que, una vez al descubierto la confidencia, el interés del experimento queda hecho trizas. El dispositivo supuestamente corrosivo que debería ponerse en marcha tras desvelarse tan aparatosa confidencia –simple secretillo preuniversitario de alcoba- se va ablandando hasta anestesiar los genes políticamente incorrectos que debían haberse adueñado de la cinta, a la que se adjudicaba de antemano la etiqueta de rompedora.

El riesgo, el vértigo del equilibrista y el humor innato al que se siente fuera de sitio en una sociedad febril; ni una pizca de lo enumerado se advierte en el largometraje dirigido por el desconocido Bobcat Goldthwait, un hombre pegado a su sombrero que firma la dirección y el guión de esta intranscendente comedia. Apunta hacia arriba transcurridos los veinte primeros minutos, para después desmoronarse con sonoro estrépito. Vendida como un producto que revolucionaría ese prolífico subgénero tontorrón que es la comedia romántica, exhibe buenos modales ya desde el punto de partida. La protagonista, una joven que marcha rauda camino a la estabilidad, conserva un secreto, sexual para más señas, relacionado con prácticas mal vistas en la opinión pública. La obra de teatro ‘La cabra’ con la que Josep María Pou ha pisado los escenarios de medio país, opera de certero referente. En lugar de olvidarlo, que sería lo suyo, lo sucedido le traumatiza, hasta tal punto que un día decide vomitarlo.

Así enciende esa mecha ya referida que podría haber supuesto el descarrilamiento definitivo –para bien- del filme, una libertad de movimientos para el director, opciones finalmente desechadas. La trama que se desarrolla a partir de esa revelación se incrustará entre un mosaico de tópicos sofisticados, nada relevante ni muy incorrecto, que aplatanarán y adormecerán al que rastreador de sensaciones más ácidas, potentes en definitiva. Gira con mucha brusquedad ‘Los perros dormidos mienten’. Un volantazo que desplazará al vehículo, de forma inesperada, al terreno del melodrama, inexplorado anteriormente.

Si como comedia agresiva tampoco llega a explotar sus recursos por la falta de tiempo y de paciencia (la reivindicable ‘American Pie’ la supera en provocación), peor le va al adentrarse en un camino más pedregoso, el introspectivo. Con buenas intenciones aunque sin suerte, Goldwaith se aproxima en silencio a un referente en este campo como el monumental serial ‘A dos metros bajo tierra’. No es gratuito el símil, si no trácese un paralelismo entre el papel que les corresponde a los hermanos menores, dos inadaptados sociales con graves problemas en su relación con la hermana mayor, que pululan por ambas pantalla. Irritará el saldo que se obtenga del ejercicio de la comparación, inevitable dados los paralelismos tan evidentes, sobre todo en cuanto a desarrollo argumental.

Valga como resumen del espíritu que sobrevuela a esta decididamente insípida anécdota de distendida cena universitaria, la moraleja que se extrae con sacacorchos del infantil epílogo. Hay veces en las que es mejor mantener la boca cerrada, en los dos sentidos. Nos ahorraríamos, por ejemplo, criaturillas con tan poco que ladrar como esta ‘Los perros dormidos mienten’. Que humanos y caninos tengan felices sueños.

miércoles, 9 de abril de 2008

'LESIONES INCOMPATIBLES CON LA VIDA'. Simplemente dolor

CRÍTICA DE TEATRO

'Lesiones incompatibles con la vida'
Autora: Angélica Liddell
Escenario: Teatro Lope de Vega (Alcalá de Henares). 6 de abril de 2008

Angélica Liddell taladra conciencias con una admirable perseverancia. La única pega que se le puede poner a la ardorosa tarea a la que se entrega sin titubeos toda su dramaturgia viene impuesta por las limitaciones del alcance. Las intenciones que propagan cada una de sus piezas sólo salen fortalecidas en caso de choque frontal con lo imprevisto. Si no, nuevo caso de acción a pequeña escala que, visto el panorama, se puede dar por bueno. Liddell ha saltado a los papeles en virtud de los últimos acontecimientos generados alrededor suyo. Las puertas del Centro Dramático Nacional se abrieron hace unos meses para dar cobijo a un par de sus criaturas, recibidas con distinción de opiniones. Un reconocimiento más o menos general, resumido en las buenas palabras de relevantes compañeros de profesión y fijado por algunos de esos premios que tanto brillan en el palmarés, ha sacudido su trayectoria, un interminable tránsito por las cloacas menos acicaladas de la sociedad. Desde luego, tales acontecimientos reseñables no se han traducido en una variación perceptible de la conducta que guía las creaciones de esta belicosa dramaturga, un extraño ejemplar que aletea prácticamente en solitario en el panorama escénico actual.

‘Lesiones incompatibles con la vida’, un texto escrito en 2003 y comprensiblemente apenas puesto en escena, muestra a una Liddell que se juega el pellejo. Ya no se trata únicamente de golpear con un texto, de empotrar un discurso claro, contundente y unidireccional en la mente del espectador, sino de exprimir al máximo las consecuencias en base a la acción que desencadenan las palabras. Liddell recibe a los asistentes, apenas una veintena de personas, semidesnuda. Una careta tapa su cara y dos pesados bloques de piedra cubren sus pies. Una pantalla en la que se suceden imágenes desoladoras sobre una fotografía del álbum familiar acompaña el ritual en el que exorciza sus frustraciones.

La actriz tira a dar, no deja títere con cabeza, aunque recurra a una protesta verbalizada de un potencial menor a otras propuestas de su cosecha. Proclama a gritos sordos la rabia que siente por seguir viva. Busca dañar. Los huecos en blanco que deja el texto, una colección de frases cortas que martillean a los pilares de la sociedad contemporánea (familia, poder, religión), los tapa con dolor físico. Repetidamente se golpea con guijarros afilados en la zona vaginal. El lugar elegido enlaza con lo que quiere transmitir. Liddell no se responsabiliza de la perpetuación de la especie. No quiere tener hijos, rechaza la descendencia. “Mi cuerpo es mi protesta”.

Todo retumba a verdad. El mensaje es nítido. Único. La contradicción no se hace patente. “No confío en un futuro mejor”. No hace falta más, aunque suene prefabricado, muy manoseado, listo para quien quiera escucharlo, que no serán cantidad. ¿Cuál es el límite al que un artista está dispuesto a llegar para proclamar su visión del mundo? ‘Lesiones incompatibles con la vida’, casi al borde del rechazo, pone a prueba esa tesis. No es definitiva, aunque sí permite conclusiones. A la media hora, Liddell se derrumba, exhausta. Por el altavoz se acaba de escuchar una última frase. Puede sonar esperanzadora. Pero no, descartado. “La bondad no existe”, bramó con anterioridad. El corolario sólo es un arrebato de ironía que trata de aliviar el trance vivido. “El mundo es maravilloso”. Nada nuevo, Liddell en estado puro.

'PARKING 2'. Segunda planta completa (**)

CRÍTICA DE CINE

'Parking 2' (Frank Kalfhoun. Francia, 2008)

Rueda ‘Parking 2' bajo una de las fórmulas más manoseadas del cine de terror: psicópata solitario con peligrosa tendencia al romanticismo de cena de mercadillo persigue a jovenzuela, cuanto más espectacular mejor, ingenua y desprevenida. Le distingue del resto de mercancía el escenario en el que está enclavada esta claustrofóbica ópera prima firmada por Frank Khalfoun, un aparcamiento de cuatro plantas asignado a los empleados de las oficinas de un rascacielos de una ciudad estadounidense. Es el envoltorio, bien trabajado, que luce un largometraje sujetado por un par de actores, una trama efectista y sencilla y un desarrollo que avanza a tirones y que se derrumba tras un excelente cuarto de hora inicial.

Decepciona a nivel general, porque no puede ser de otra manera cuando tras los títulos de crédito uno se topa con Alexandre Aja. El responsable de la truculenta y efectiva ‘Alta tensión' y del febril remake de ‘Las colinas tienen ojos' apadrina al citado Khalfoun, produciendo y colaborando en la escritura del guión. La mano de Aja se intuye esos instantes hemoglobínicos que se desatan con fiereza superado el intermedio. La cosecha ‘gore' incluye una de las escenas más brutales de lo que se lleva de temporada, un reiterado atropello que deja en simples menudencias otras atrocidades tales como un apuñalamiento ocular.

Esos arrebatos puntuales de violencia tratan de tapar las grandes carencias de un proyecto condenado al olvido instantáneo y que no aporta novedad alguna, si acaso la constatación de la rojiza forma de entender el terror que posee Aja. Es tal la simpleza de ‘Parking 2' -no es una secuela, contraindicando al título- que lo único consistente es la localización. Genera más miedo esa oscuridad en la que se introducen las cuatro plantas del subterráneo que el ritual macabro del escondite al que juegan pirado y víctima. Lo demás son artificios pirotécnicos poco peligrosos, muy espesos dentro de un planteamiento muy previsible. El psicópata dibujado por Wes Bentley, que no levanta cabeza tras el papelón de ‘American Beauty', provoca más ternura que otra cosa, que no es lo buscado. Justificar sus actos, como se apunta en una línea argumental olvidada al instante, por la soledad impuesta por una profesión, suena excesivo, aunque comprensible si se analiza detalladamente. Rachel Nichols tampoco se luce en un papel poco nítido y por extensión difícilmente evaluable.

Señalados los inconvenientes, es justo destacar la buena factura técnica que a nivel general presenta el filme -nada chirría globalmente-, el formidable prólogo y esos truculentos golpes de efecto que agrandan la tensión. Todo por debajo del verdadero hallazgo de ‘Parking 2', un subterráneo como escenario que alimenta temores muy reales, porque, ¿quién no ha sentido mieedo alguna vez mientras buscaba su coche en un aparcamiento sumido en la oscuridad?

miércoles, 2 de abril de 2008

'PYONGYANG'. El miedo habita la ciudad



CRÍTICA LITERARIA

'Pyongyang'
Autor: Guy Delisle
Editorial: Astiberri
Páginas: 176
Año: 2005



EL MIEDO HABITA LA CIUDAD

Antes de entrar con el estoque, un par de apuntes sociológicos, útiles para aquellos estudiantes que dormitaban durante el desarrollo de la asignatura de Geografía. Hay dos Coreas, separadas a la altura del Paralelo 38 desde 1945, final de la Segunda Guerra Mundial. Políticamente, la zona norte profesa una ideología comunista y antiamericana, un régimen militar y dictatorial tiránico que la ha colocado en el punto de mira de las organizaciones humanitarias. A Corea del Sur la mueve una política capitalista de feroz desarrollismo económico donde la competitividad es ley de vida. Valga un ejemplo, todavía más clarificador, para remarcar esas diferencias. Un surcoreano no puede entrar en Corea del Norte. Un norcoreano, simplemente, no puede traspasar las fronteras de su país. Si acaso, coto para privilegiados, puede visitar China. Hasta para un recorrido de cuatro kilómetros dentro de sus fronteras se le exige la posesión de un visado. Asimismo, el acceso a los foráneos, es selectivo. En algunos casos, está prohibido.

Guy Delisle es un dibujante francocanadiense que pasó una temporada en Corea del Norte por motivos laborales. Debía aplicar sus conocimientos al servicio del SEK (Scientific Educational Korea), un programa por el que se elaboran películas educativas y de entretenimiento afines al sistema. ‘Pyongyang’ es el resultado de esa odisea relatado en primera persona y expuesto en formato cómic, probablemente el género que mejor se adapta a lo que el autor vivió en un país que no admite comparación posible con ningún otro. Delisle deja infinidad de viñetas vacías de contenido, sinónimo de un silencio esclarecedor, el que ahoga a los habitantes de la capital norcoreana. Preguntas que se quedan sin respuesta. Hombres vagando por la ciudad silueteados como sombras. Carreteras de cuatro carriles vacías de coches. Una única cadena de televisión, dos el domingo, emitiendo con periodicidad diaria. El miedo, que atenaza vidas que ven pasar los años bajo el ruido que sale del altavoz propagandístico del poder. Delisle ha tirado de una ironía muy suave para retratar la ausencia de sentido común de un régimen enquistado y anclado en códigos de conducta más propios de épocas remotas. El cinismo salvará al autor de más de un lío, al igual que el escepticismo, mecanismos de autodefensa. Creer o creer, no hay más. Lo mismo que se les inculca desde la infancia a los norcoreanos.

‘Pyongyang’ prescinde con buen tino del enciclopedismo. No hay un aluvión de datos de ratón de biblioteca ni se exhiben profundas reflexiones íntimas. No hacen falta. Ayuda que Delisle no sea periodista. Lo interesante es que el autor no provoca que le sucedan circunstancias noticiables. Simplemente se las encuentra, le chocan y las dibuja. Su opinión apenas se distingue dentro de la sucesión de estampas cotidianas de su periplo en Corea del Norte. Basta con observar los principios de actuación de un país sumergido en un continuo delirio paranoico alimentado por el régimen instalado en el poder para que el producto sea eficaz. Las conclusiones, que las saque el propio lector.

El autor afronta situaciones surrealistas y fuera de toda lógica con un humor de baja intensidad, aquel que nace de la incredulidad. Un guía y un traductor le acompañaban en cada uno de los trayectos fuera del hotel en el que estaba alojado. Así se fue empapando de la realidad manipulada del día a día en la capital del país. Una ciudad sin vehículos habitada por gente que camina en silencio. “¿Por qué no hay minusválidos?”, pregunta a su traductor, un ex militar al que caricaturiza casi con ternura. “Porque todos los norcoreanos nacen fuertes, inteligentes y saludables”, le responde, como si fuera una máquina programada para tal misión. “¿Creen ellos en todas esas chorradas que tratan de hacerles tragar?”, se pregunta a sí mismo en otra ocasión. La respuesta se quedará deambulando por el aire.

Los dibujos claros, limpios y expresivos de Delisle introducen al lector en una pesadilla opresiva. Recrean con detalle y desde la distancia una atmósfera saturada de miedos y tabús insignificantes, como la imposibilidad de escuchar jazz, calificada poco menos como música infernal. Hay vivencias muy poderosas, como la visita al Museo de las Amistades, un faraónico edificio en el que se acumulan los regalos que dirigentes de otros países y los propios habitantes de Corea del Norte han realizado al ‘padre de la nación’, Kim-Il-Sung, cuya figura, al igual que la del sucesor, su hijo Kim Jong-Il, debe ser reverenciada obligatoriamente. Otra escena impactante es el paso del autor por una especie de fábrica en la que se adoctrina a los jóvenes talentos del país, un tramo en el que se deja sentir la profunda tristeza del autor al comprobar hasta qué punto es nocivo el grado de manipulación al que está siendo sometida la población, que es, como suele pasar, la gran damnificada por las incoherencias de un régimen arcaico.

‘Pyongyang’ se configura así como un atractivo documental sobre Corea del Norte, menos contundente que la reciente ‘Persépolis’, ya que opta por planteamientos de menor radicalidad ideológica. Realmente, no aportará grandes novedades al que ya conozca de antemano las características del país asiático, pero a buen seguro proporcionará una agradable lectura al que se acerque a sus páginas. Una obra, en definitiva, cuyo contenido no tendría nada que envidiar al surrealismo desbordante de piezas de autores como Mihura o Ionèsco. Lo lamentable es que en Corea del Norte ese surrealismo está orientado a la perpetuación de una dictadura obsesiva que, involuntariamente, se está convirtiendo en un fértil caudal de magníficas creaciones literarias. Ya pasó con África, y ahora Corea del Norte reclama su cuota de singularidad.

viernes, 28 de marzo de 2008

'CARNAVAL'. Baile de máscaras

CRÍTICA DE TEATRO

'Carnaval'
Autor: Jordi Galceràn
Dirección: Tamzin Townsend
Escenario: Teatro Bellas Artes (Madrid). 26 de marzo de 2008

Plantear la posibilidad de manejar los resortes del ‘thriller’ dentro de un teatro, de principio, ya supone un atrevimiento. Una osadía. Si no, que se haga un recuento de las obras de este género que se han visto en un escenario en los últimos tiempos, que se podrían contar con las hojas de un trébol. El cine se las apropia, como cauce más adecuado para poner en funcionamiento los códigos de los que precisa una creación de tales características. Hay que hilar muy fino para atrapar al espectador, tejer una tupida red de telarañas que consigan engancharlo a una historia que se presupone veloz, fugaz, efímera y en el que los diálogos están a las órdenes del vertiginoso desarrollo de la acción. Jordi Galceràn lo ha logrado en este baile de apariencias que es ‘Carnaval, cuando lo fácil hubiese sido relajar la escritura, disfrutar y mirar a otro lado que exigiese menos complicaciones tras el monumental exitazo de ‘El método Grönholm’. ‘Carnaval’ supone la demostración definitiva de la versatilidad del autor catalán, que lo mismo te sube el balón como un base, que lanza un triple y te remata la jugada con un mate que incluye un arabesco aéreo como adorno. ‘Carnaval’ se aleja sistemáticamente desde su propia concepción a ‘El método Grönholm’, aunque de fondo persista esa visión descarnada y sumamente desoladora de la sociedad actual. Late con mayor fuerza todavía, porque lo que era una crítica al individualismo feroz de la anterior obra ha mutado en una gélida radiografía del miedo ya instalado con placidez en la vida real. Un mal que se respira y absorbe, de destino y motivaciones desconocidas. El verdadero peligro, para el que la ley y la justicia no tienen remedio.

El peligro se puede palpar, percibir y sufrir si la ruleta gira en el sentido equivocado. “Vivimos en un carnaval de pirados”, grita desesperada la inspectora encargada de resolver el caso dispuesto por el autor catalán. En una pizarra ha escrito un listado de posibles sospechosos. Terroristas islámicos, sectas, madres con problemas psicológicos… pero lo más peligroso puede venir por el lado más inesperado. “¿Hay algo más terrorífico que lo que estamos viviendo?”, pregunta a su compañero de investigación. Hace referencia a esa violencia que no tiene justificación, el miedo a lo desconocido, esa gente con la que uno se puede cruzar diariamente y que no se quita la máscara hasta que un día algo le explota por dentro. Es el señalado un tema que une ‘Carnaval’ con una película vista recientemente, ‘En el valle del Elah’ (Paul Haggis, 2007). La diferencia es que la última toma un caso real, y ‘Carnaval’ lleva tal planteamiento a una situación límite, una lucha contrarreloj. Agranda las diferencias el uso del ritmo narrativo. El que agita la nueva propuesta escénica de Galceràn les sonará a los consumidores de la frenética franquicia ‘24’, una serie también vivida en tiempo real. La arquitectura dramatúrgica que levanta con su escritura es modélica. Está tan cuidada que hasta los diálogos en apariencia más intrascendentes pueden ser fundamentales a la hora desvelar el sentido del epílogo. Menos eficientes son algunos subrayados algo oportunistas, como la mención al secuestro de Miguel Ángel Blanco, o ciertas salidas de tono que devienen en malsonantes expresiones patibularias. Fuera esos quistes, la tensión se va acelerando gradualmente hasta que explota en un largo silencio de un minuto. La obra se estirará entonces hasta hallar una salida convincente. Que lo será, pese a lo sinuoso del recorrido, un fino ejercicio de requiebros que se pone al límite de lo inverosímil en una escena salvada por la solvencia de Nuria González.

Los actores contribuyen a estabilizar un drama que se muestra condescendiente con el espectador. Galceràn y por extensión Tamzin Townsend –qué buen tándem profesional forman- liberan adrenalina a base de humor, el que aflora en situaciones muy particulares, aquellas que los manuales no registran y en las que se desconoce cómo actuar. Es cierto que en ocasiones se exceden, como puede ser el dibujo de dos de los secundarios, la extravagante experta en delitos informáticos y el torpón policía cercano a la jubilación que en vez de alzar la voz de la experiencia se limita a descolgar teléfonos y verbalizar ingenuidades más propias de un alumno en prácticas. No obstante, dichos recursos se antojan necesarios si no se quería ahogar al espectador. Dejan un hueco libre por el que corra el aire, porque no se olvide que el tema a tratar es de una dureza máxima: el secuestro de un niño de tres años sobre el que pende una cuenta atrás de treinta minutos. Si no se descubre el lugar en el que está escondido, morirá. Galceràn se sirve nuevamente de la tecnología puntera, en este caso Internet, para armar la trama. La pantalla de un ordenador de la Comisaría, colocada a espaldas del público, funciona como un personaje más. El autor se sirve de esta tecnología –el secuestro se hace público por Internet- para poner en un incómodo lugar a los medios de comunicación. No se anda con sutilezas a la hora de definirlos como voraces depredadores ajenos a todo lo que no huela a primicia en una época en la que la inmediatez y el espectáculo se imponen a la profundidad y la rigurosidad.

Subrayada la diligente disposición de los elementos del ‘thriller’ en la puesta en escena –un reloj anuncia la cuenta atrás de media hora-, hay que destacar el sólido trabajo de un reparto liderado por Nuria González. Por fin lidia como cabeza de cartel con un papel enérgico y autoritario, ajustado a las duras facciones de su físico. Una reivindicación su caracterización de una inspectora superada por las adversidades y a la que ha dotado de un acertado sentido de la progresión dramática. Violeta Pérez utiliza una amplia gama de recursos dramáticos para ponerse en la piel de la madre del niño secuestrado. Le da credibilidad y verismo a su desgraciado rol. Despunta una magnífica actriz. Víctor Clavijo cumple con soltura como segundo de a bordo en la investigación, mientras que César Sánchez y Noelia Noto son los peor dibujados. Bordean el estereotipo, subrayado por un vestuario recargado que encasilla excesivamente a todos los actores.

‘Carnaval’ demuestra que no necesariamente el cine y las series de televisión son los únicos géneros que pueden experimentar con el ‘thriller’ obteniendo satisfactorios resultados. Basta un texto medido hasta en sus aristas más imperfectas, un desenlace ingenioso y de acorde a las expectativas generadas y una puesta en escena al servicio de la trama, para hacer maravillas en este campo. Si acaso, la apuesta por suavizar la historia intercalando –con naturalidad- réplicas más cercanas a la comedia de enredos que al drama podía haberse medido con más cuidado, con lo que el resultado hubiera lindado más con el suspense crudo. Porque, realmente, a quién le apetece sonreír sabiendo que cada día pasan cosas, parecidas y peores, como las narradas en este auténtico, crítico e inteligente baile de máscaras.

'LLAMADA PERDIDA'. Maldito móvil (*)

CRÍTICA DE CINE

'Llamada perdida' (Eric Valette. Estados Unidos, 2008)

Ya cansa, agota y hasta asquea. Es lo que pasa cuando se actúa tarde, mal y a traición. A principios de milenio, el cine oriental sorprendió con un puñado de fantasmales películas de género que presumían de una iconografía tan original como efectiva. Eran sutiles mecanismos de entretenimiento poblados por vengativos espectros infantiles, cabelleras mojadas y rituales amparados en leyendas urbanas. Feroz depredador, Hollywood ha ido calcando en los últimos años un método de trabajo patentado por cineastas como los Pang, Miike o Shimizu. Con mayor o menor acierto, se ha asistido a la adaptación del metódico esquema oriental de acuerdo a los rígidos cánones de trabajo estadounidenses. El canje, como era previsible y ya visto en perspectiva, se ha saldado con un balance desolador. Los ojos achinados del escepticismo se han amelonado, fuera de órbita. ‘Llamada perdida’ es la última que se apunta al naufragio colectivo. En este caso las expectativas de realizar algo consistente eran nulas, ya que el filme original, posteriormente constituido en esquelética saga, ofrecía exiguas garantías.

Lo único rescatable dentro de un conjunto frío, aséptico, estirado e impersonal es la profunda impresión que causa la imagen espectral diseñada para la ocasión: una cara en la que las cuencas de los ojos han sidos sustituidas por bocas que profieren gritos aterradores. La idea de la alienación de la tecnología, en teoría la aportación de mayor trascendencia, ha quedado relegada en función de una caprichosa sucesión de sustos de bocinazo de los que ya avisa una chirriante banda sonora, desperdigados en un guión que agota todos sus recursos antes de que el cronómetro supere los sesenta minutos. El asunto en el que escarba -sin ganas- ‘Llamada perdida’, la supremacía absolutista del móvil, microscópico artefacto que ya es uno más de la familia, ya se tocó en filmes superiores como ‘Pulse’, otro insatisfactoriamente ‘remakeado’ por la industria del lado izquierdo superior del océano. En ‘Llamada perdida’ la reflexión sobre la dominación tecnológica se desliza hasta la vulgar anecdotilla, que lo único que parece importar es conocer de qué forma va a morir el siguiente jovenzuelo caído en desgracia.

‘Llamada perdida’ escribe un capítulo más de la repetición indiscriminada de un planteamiento que alguna vez resultó imaginativo. Lo de menos ya es el nombre del director. Tal es el descaro con el que se afronta la labor de fotocopiar el producto que en ocasiones se ha llegado a recurrir al creador original, al que se le costeaba estancia y se le aseguraban futuros proyectos. No ha sido el caso de ‘Llamada perdida’, cedida a un desorientado cineasta francés, etiquetado previamente como promesa en ciernes, y ya captado por los dólares americanos. Pulcro y aseado, como aquel base suplente de los Jazz noventeros de Malone y Stockton, con suma educación ha empaquetado un ‘remake’ aseadito y bien presentado, perfectamente entrenado para competir en taquilla.

El mortífero politono que desata una serie de homicidios activa una presunta trama detectivesca en la que se ven involucrados la exótica Shannyn Sossamon, nueva cara bonita de turno que se añade al colectivo de féminas atemorizadas presidido por Sarah Michelle Gellar, y un desconcertado Edward Burns, empeñado últimamente en coleccionar papeles apestoso (’27 vestidos’). La suya es una interpretación poseída por la desmotivación, el verdadero mal que anida en esta historia, no esa disparatada trama maternofilial vengativa perpetuada vía móvil. Burns deambula por ‘Llamada perdida’ plenamente consciente de la entidad producto en el que está trabajando, una actividad meramente alimenticia. Es el primero que no cree en lo que está pasando. No es una suposición, ahí está el careto impertérrito que exhibe cuando le anuncian el fallecimiento de un familiar en una de sus primeras escenas. Mal pinta el asunto si el encargado de solucionar el entuerto dimite del empeño de primeras.

Intrascendente e incapaz de generar un solo escalofrío, ‘Llamada perdida’ debe suponer otro paso más hacia la rendición definitiva del cine de terror de ojos rasgados que, puesto en manos estadounidenses, no es más que un inocente chascarrillo nocturno de hoguera de campamento religioso. Abriendo la puerta a la nostalgia, este tipo de cine –el original- estuvo bien en su momento, pero ya no tiene nada nuevo que aportar. Lo mejor que le puede pasar es que lo dejen descansar en paz. Y ya de paso, se agradecería que se apagara el dichoso móvil demoníaco para no volver a encenderlo nunca más.

domingo, 23 de marzo de 2008

'LA SOLEDAD'. Puñetazo descolocado

A riesgo de marchar a contracorriente, el cabezón que se apropió inesperadamente ‘La Soledad’ en los Goya’07 se une al listado de insensateces que ahogan la soga del vilipendiado cine que porta banderita española. Al reclamo del triunfo, un nutrido contingente de espectadores ha acudido raudo para asistir en primera fila a las bondades de la académicamente proclamada mejor película del año. Las carteleras rescataron una bobina perdida que hasta entonces sólo habían visto 41.000 personas, una cifra pírrica si se entra en el enfangado terreno de las comparaciones.

Con la perspectiva que ofrece el paso de un par de meses, un veloz recorrido ocular por los foros cinematográficos más concurridos por la red verifica que el triunfo de ‘La soledad’ en los Goya no ha hecho más que incrementar las sospechas sobre la incapacidad de las producciones nacionales de empaquetar un cine que combine calidad con eficiencia y entretenimiento. Tan injusto, ciertamente, como real. Poner al frente del cine español una cinta como la dirigida por Jaime Rosales ha resultado una torpe maniobra que dificultará todavía más el acceso del espectador poco asiduo al cine a una sala en la que se proyecte un trabajo del país. “Si está ha sido la mejor, habrá que ver cómo será el resto”, resume un forero que puntúa con un 1 “por la falta de acción” a ‘La Soledad’. Hay ser más inteligentes, si lo que se busca es encontrar el equilibrio entre respaldo social, taquilla y calidad. El palmarés de los Goya, como han entendido los Oscar desde hace tiempo, no debe equipararse al que se decide, por ejemplo, en Cannes, donde el cine profundamente íntimo y particular de Rosales, como el de Javier Rebollo y otros de la misma hornada, hace las delicias de los gurús del séptimo arte al adentrarse los directores citados en terrenos poco explorados en el uso de nuevos lenguajes cinematográficos.

Lo ha venido repitiendo Jaime Rosales en cuanto le colocaban un micrófono delante, como un disco rayado por el uso: al igual que la gélidamente analítica ‘Las horas frías’, ‘La soledad’ es una película para minorías. Las razones son múltiples. ‘La soledad’ asfixia, entristece, aburre, deprime y machaca. Se desentiende de esa máxima que dice que el cine debe servir de válvula de escape a la rutina y que lo equipara a una aventura con billete a lo desconocido que permite durante hora y media olvidarse de la problemática diaria. Al contrario, el cine de Rosales apuesta por la rutina y lo conocido. Ha colado una cámara en casa de unos desconocidos y ha desnudado las acciones insignificantes que componen el puzzle de su vida: hacer la compra, una cena entre amigos, conversaciones insustanciales, una ducha, la tabla de la plancha, discusiones familiares. Entre medias ha puesto un incidente que desencadenará la cuesta abajo que enfilarán las protagonistas, que incluirá un agónico plano cercano al final cargado de un brutal e hiriente dramatismo. Poca acción y demasiada desolación, ha sentenciado a modo de pareado el público, que para drama ya están las hipotecas, el paro, los antidepresivos y los sueños incumplidos con los que hay que lidiar fuera de los límites de la ficción.

La adrenalítica ‘REC’ (Jaume Balagueró y Paco Plaza, 2007), un ingenioso y original producto de género más fácilmente vendible y con mayores posibilidades de ser exportado, hubiera sido el embajador perfecto, etiqueta que apareja la adquisición del Goya a la Mejor Película. Pero por lo visto, los académicos están a otra cosa. Una decisión renovadora y valiente la suya, sí, pero equivocada –no se discute la calidad del filme- y que acarreará nefastas consecuencias que ya están asomando. Si es por fallar, hasta se olvidaron de recompensar las sobrecogedoras interpretaciones de Petra Martínez y Sonia Almarcha. Un puñetazo encima de la mesa que ha descolocado lo poco que estaba bien puesto. Así le va a la industria.

lunes, 17 de marzo de 2008

'EL MENOR DE LOS MALES'. Político y corrupto (**)

CRÍTICA DE CINE

'El menor de los males' (Antonio Hernández. España, 2007)

La realidad supera con creces la ficción. Un tópicazo, y como todos los de esta estirpe, una verdad. Ante noticias de actualidad como la que ha puesto en la picota a un ex alto cargo del Ayuntamiento de Palma de Mallorca, un ultraconservador de doble vida que despilfarraba dinero público en recintos de moral laxa, lo relatado por ‘El menor de los males’ queda casi como un juego de niños. Casi, porque cuando entran en liza los revólveres el asunto pinta más oscuro. Un todoterreno de la cinematografía nacional como Antonio Hernández (‘Lisboa’, ‘Los Borgia’) ha llevado –llevó más bien, que a la película le ha costado un año en llegar a la cartelera- los líos de faldas de un político de derechas, nada excesivamente rompedor, a un terreno peliagudo como es el ‘thriller’. Espinoso porque el material manejado para hilar con solidez una propuesta tan ambiciosa no daba para mucho de sí.

‘El menor de los males’, como sinónimo de la humildad que exhibe su puesta en escena, no sale del caserón gallego en el que el político de marras, aspirante a un puesto en la cúpula del partido político al que está afiliado, se dispone a pasar un fin de semana dedicado al culto al cuerpo. En la finca se topa inesperadamente con su hermana, una Carmen Maura que no se quita el careto de incredulidad en toda la película. Normal, teniendo en cuenta la alargada duración, que pedía a gritos la asistencia a la hora de decidir el montaje final de un tipo como Eduardo Manostijeras, y el asistir en primera fila al mayor de los disparates que integran esta fallida intriga: un final inexplicable y que pone en duda el poco sentido común que hasta ese instante conducía la trama. Las incongruencias del guión, que se ve salpicado por un puñado de temas tan apretujados (pederastia, corrupción, adulterio, derecho a la privacidad) que terminan asfixiándolo, van minando lentamente la tensión de un relato que exigía más fuerza. Ni el oficio que se le presupone a Hernández logra enderezar el rumbo, perdido definitivamente a mitad de metraje en un laberinto de mensajes borrosos lanzados por personajes poco definidos y que se muestran incapaces de enganchar mínimamente, lo único que se debe exigir a un ‘thriller’ en condiciones. El máximo ejemplo en este sentido lo constituye la poca enjundia del incidente desecadenante de la trama, unas fotografías dispuestas a ser aireadas y que comprometerían la carrera del maquiavélico político. El otro posible surtidor de emociones fuertes, una venganza filial al más puro estilo ‘Hard Candy’, tan rápido se menciona como se desecha. La vía que podía haber aportado mayor dramatismo al relato queda olvidada instantáneamente por el anhelo del cineasta de potenciar en exclusiva la farsa política.

Si se suprime el epílogo, ‘El menor de los males’ al menos no dañará el buen gusto del espectador con el paladar cinéfilo bien encauzado. Por el camino deja una buena interpretación (Roberto Álvarez), alguna línea de diálogo precisa e interesante, cierta aproximación a un relajante humor negro –la cagada del paparazzi apesta a cruel metáfora- y un honesto intento de transmitir lo que ya se sabe, que una cosa es la imagen pública del conocido de postín y otra bien distinta la cara que pone en privado. Atisbos de lo que quería haber sido una comedia negra complementada por una ensalada de sablazos críticos al mundo político y que se define finalmente como un ejercicio de interiores que no conviene airear demasiado. Un mal menor, parafraseando el acertado título.