sábado, 24 de noviembre de 2007

'GRIS MATE'. Lluvia que no llega

CRÍTICA DE TEATRO

'Gris Mate'
Autor: Iñaki Rikarte
Dirección: Charo Amador
Compañía: Katu Beltz
Escenario: Corral de Comedias (Alcalá de Henares). 23 de noviembre de 2007

Refrescantes aires ‘beckettianos’ de escala moderadamente optimista procedentes de un frente surrealista levantan del suelo la extracircular diana que focaliza la acción de ‘Gris mate’. Un paso firme y relleno de guiños histórico-teatrales de consumo propio el andado por ese talento de explosión precoz llamado Iñaki Rikarte, que en esta fábula desoladora con líricos trallazos humorísticos añade a la sutil rúbrica del texto la interpretación propia del artista de fuertes convicciones y calculados referentes. Llamado a sobresalir en el famélico escaparate de jóvenes autores, Rikarte ha cedido la dirección, labor que ya afrontara con la magnífica ‘Ildebrando Biribó’, otro cántico a los fracasados que no ocupan espacio en los libros de texto, a una Charo Amador más curtida en envites de medio alcance como se consolida esta propuesta. Las miras mayores se esperan para el futuro, que para una compañía como El Gato Negro de antes y la Katu Beltz de la actualidad se antoja, si los presagios no desafían a las certezas ya expuestas, despejado y con escasas nubes.

Grisácea fábula, como evidencia el sugerente título, de tres personas que vagabundean por la vida a la espera de que nada suceda, en este montaje de ida y vuelta hay texturas especialmente significativas en parcelas como el inteligente libreto y la ambientación. Más finas, con riesgo de deshilacharse, se manejan ya con el trío de intérpretes compartiendo tablas. La obra ahí se apelmaza en exceso, como ese pelo que combate el estrambótico peluquero ‘molièresco’ que compone Alberto Castrillo-Ferrer, el antaño excelso ‘apuntador de Bergerac’. Su silenciosa irrupción, luego un estruendo debido al huracán verbal que se desata desde sus diálogos, desequilibra el ritmo cadencioso que llevaba hasta ese instante la función. La ruptura es notoria, hasta en el tono de los acontecimientos. Más metafórico e hipnótico ese primer tramo, forzando hasta la extenuación la ilógica la siguiente, con sucesiones de réplicas inconexas y carentes de argumentos, regla básica cumplida, que llevan la acción a un terreno indefinido. Recuperados en la recta final los perfiles nítidamente delimitados desde las presentaciones –extraordinario el de ese antihéroe frustrado de antepasados helénicos que vuelca su rencor en las alturas, con ‘A’ mayúscula-, ‘Gris mate’ pinta con diligencia el trazo que faltaba por cerrar en esa sórdida diana por la que se arrastra el trío de desubicados sociales.

Exigente y con un punto de ambición bien calculada, sabe esquivar –no sin dificultades en ocasiones- el tedio que podía derivar de una fórmula hermanada con el surrealismo ilógico y con poco que rascar –aparentemente- en su superficie, para contraatacar y dejar una certeza por encima de las restantes. Con autores del talante y entusiasmo de Rikarte, el panorama de jóvenes creadores teatrales engordará unos cuantos kilos de saludable calidad. Con ‘Gris mate’, trasunto meteorológico de carácter estable sin amenaza de tormenta, ya lo ha logrado.

martes, 20 de noviembre de 2007

ALCINE37. Balance

Festival de Cine de Alcalá de Henares / Comunidad de Madrid

El sorpresivo viraje fantástico que experimentó ALCINE en la pasada edición con el triunfo del alienígena ‘For(r)est in the des(s)ert’ no ha gozado de continuidad. La trigesimoséptima edición del Festival de Cine de Alcalá de Henares / Comunidad de Madrid, la plataforma cortometrajística más relevante a nivel nacional, pisó terreno conocido. No se dejó adular por géneros de corte experimental y poco frecuentados en la industria actual. El palmarés encumbró a Daniel Sánchez Arévalo y su ‘Traumalogía’, tragicomedia de porte esperpéntico que airea las miserias de una célula familiar con una boda como resorte. Decimotercer cortometraje del director que deslumbrara con ‘AzulOscuroCasiNegro’, capturó cuatro trofeos regalo del jurado. Primer Premio, favorito del público, montaje y mejor interpretación. Poco que objetar al cuarteto, si acaso subrayar la ratificación vía trofeo de la categoría de ese joven actor, ya una realidad, de agitadísima filmografía los dos últimos años que es Raúl Arévalo. Sánchez Arevalo –no hay parentesco- le otorgó un rol, papel estrambótico de veinteañero sacudido por la realidad, que domina a la perfección, como ya demostrara en ‘El camino de los ingleses’ con el memorable Babirusa. Un puzzle colectivo de tragedias cruzadas con aroma a González Iñárritu (‘Diente por ojo’) y un simpático y humilde relato sobre la soledad y la amistad que va diluyéndoe ante la falta de ideas (‘Padam…’) ocuparon los restantes peldaños del podio del Certamen Nacional, la perla que más reluce en la frondosa programación de ALCINE.

Del resto de proyectos a concurso, de irregular nivel medio y sin caer en la reiteración en el tratamiento de temáticas sociales, abundantes los últimos años, sobresalió la inteligencia de ‘Eres’, de Vicente Villanueva, el sólido pulso narrativo de David Valero en ‘Niños que nunca existieron’ y ‘La parabólica’, metáfora sobre la incomunicación rodada en Matarrubia, provincia de Guadalajara, con un sonido exquisito y una interpretación, la de Martín Mújica, sobresaliente.

La otra novedad relevante de ALCINE37 llegó de la mano del Certamen Europeo, que debutó como sección a concurso. Expuso 38 cortometrajes de filmografías en muchos casos desconocidas, con una amplia remesa nórdica. Primeras zancadas de un capítulo llamado a expandirse en ediciones futuras y por el que la organización apostará con firmeza.
La tercera sección competitiva, Pantalla Abierta a los Nuevos Realizadores, esquivó la lógica del taquillaje y de la opinión de la crítica. Sorprendentemente, el público de Alcalá guiñó el ojo a una película que apenas se mantuvo un par de semanas en cartelera, coleccionando salas semivacías en virtud de una floja distribución y una promoción inexistente. ‘Amor en defensa propia’, dramón con acento argentino que supuso el debut en el pedregoso camino del largometraje de Rafa Russo, gustó por encima de la favorita a priori, ‘Bajo las estrellas’, y de ‘Concursante’, el trabajo más arriesgado y fuera de onda del sexteto que competía. De vació se marchó la ópera prima de Rodrigo Cortés, en un año en el que ALCINE enseñó en el palmarés final su vena más conservadora.

Lo mejor: La dedicatoria a Irlanda, la diversidad temática del Certamen Nacional, el (medio) estreno de 'Casual Day', 'La parabólica' de Xavi Sala y los dos boletines informativos

Lo peor: Los molestísimos problemas de sonido en las tres primeras sesiones del Certamen Nacional, un quinteto de cortometrajes que no alcanzaban la talla para competir en Alcalá y los balbuceos, tímidos todavía, del Certamen Internacional, apuesta a largo plazo

martes, 6 de noviembre de 2007

TENORIO MENDOCINO. El Tenorio, con el dorsal 16

XVI Tenorio Mendocino
Escenario: Calles de Guadalajara. Viernes 2 de noviembre de 2007

Al disciplinado concejal de Cultura de una localidad fronteriza con Guadalajara le iban cayendo a chorros las preguntas sobre la representación del Don Juan. Le buscaban las cosquillas los plumillas de turno, incansables en el afán de hallar una duda, un titubeo, una renuncia. Capeaba el temporal sin dificultades hasta que sonó la campana de forma inesperada, con un planteamiento abordado desde la simpleza para el que no tuvo respuesta. “¿Por qué se hace el Don Juan aquí?”. Con las grabadoras expectantes y la tinta de los bolígrafos pidiendo paso, se quedó en blanco. Si la escena se hubiese planteado en Guadalajara, podría haberse recurrido a un amplio surtido de respuestas priorizando uno de los postulados de ‘La navaja de Occam’, teoría filosófica ideada por un franciscano inglés: ante un posible dilema, la explicación más sencilla es la más probable.

De primeras, un “¿y por qué no?” resulta irrebatible. Si no fuera suficiente, bastaría con darse una vuelta por ese territorio que todavía conserva la esencia de siglos pasados, el que embellece el minicentro de la ciudad. Si el Tenorio, todavía en edad adolescente, goza de la aceptación popular se lo debe en gran medida a esa ruta, a su carácter amateur, porque los errores, por entrañables, se perdonan con facilidad, a esos papeles que ya sobrepasan a la persona que los representa, a la ausencia de trucos dramatúrgicos, una apuesta por una narración a la vieja usanza.

Hay datos, ampliando miras, que son reveladores. El Tenorio Mendocino luce ya el número 16 en la zamarra, el dorsal con el que Pau Gasol conquistó las Américas. Marchó hacia el país de las barras y las estrellas con timidez, como el callado estudiante de matrícula que conquista una beca por expediente. Así, sin demasiadas estridencias, se abrió camino el Tenorio guadalajareño hace dieciséis años, de una vorágine de conversaciones en una cena entre amigos, de un duelo de versos y espadas invisibles, de una asamblea de capas parlanchinas. Para crecer, Gasol se atiborró de pesas y otros manjares. Se ganó a pulso el respeto ajeno. El Tenorio, mientras, se ha ido esculpiendo con las manos de orfebres de la cultura alcarreña.

El bastón lo tomó Javier Borobia, que todavía no lo ha soltado. Adheridos casi de por vida, gente como José Antonio Suárez de Puga y Josefina Martínez. Aves de paso, centenares. El Tenorio ha ido amurallándose a lo largo de este tiempo, apropiándose de las virtudes de los protagonistas que le han dado alma. El carisma de José María Sanz Malo, el ímpetu de Julián de la Fuente, el talento de Abigail Tomey, la ilusión del novel Fele Martínez, el trabajo, bien o mal entendido, del infatigable Fernando Romo, la labor anónima de centenares de jóvenes y adultos o el empuje de una última hornada que pide el relevo y pisa fuerte, a veces demasiado. En ese grado de trabajo colectivo, en esa suma que menosprecia a la resta, en ese aroma hogareño y en esa estabilidad dramatúrgica que esquiva el factor sorpresa y que tanto beneficia al poco frecuentador de plateas, hay que encontrar las respuestas al motivo por el que Guadalajara tiene su propio Tenorio, todavía barbilampiño y al que se puede aventurar un próspero futuro si el ánimo que lo sustenta no decae.

La decimosexta edición del Tenorio Mendocino en su edición de viernes contó con el beneplácito del tiempo, lo que repercutió en el satisfactorio balance final. El texto de José Zorrilla se respetó, como es habitual en Gentes de Guadalajara, sin demasiados sobresaltos. Esa ausencia de riesgos se traduce en un desarrollo lineal, lo que, al contrario de lo que suele expresar la norma, es ya un sello de identidad del Tenorio Mendocino. Seguido con fidelidad a lo largo de la noche y madrugada, le faltó un punto de emoción, algo especialmente visible en alguno de los actos. El traslado del interior del Palacio del Infantado a los jardines del mismo recinto enfrió en exceso el resultado de la escena del sofá, de irregular resolución. Las aglomeraciones que se olvidaron en el añorado Tenorio Romántico, el gran acierto de los últimos años, incomodaron en exceso en determinados tramos. Menos problemas que en anteriores ediciones causó el sonido. Sobre todo si se compara con el caos del año pasado, un Tenorio prácticamente ‘a capella’ que desquició a más de uno de sus responsables. Hubo micrófonos juguetones, como el de Doña Brígida, que al primer grito paternal de los técnicos de sonido aplacaron su espíritu burlón. Fallos típicos que cubren al Tenorio con ese caparazón de sonrisas que le acercan al espectador.

El que repite cada 365 días se sorprendió de ver a José Antonio Suárez de Puga convertido en escultor. Tres lustros después, el literato cambió de disfraz, en lo que se vislumbra un relevo generacional a petición propia. Una metamorfosis encubierta, porque siguen siendo los veteranos los que añaden ese plus de intensidad al conjunto, como bien recordaba el que tantos años hiciese una obra maestra de Butarelli, entrañable alcarreño hoy entre el público. Uno ya no sabe qué límite separa al Comendador de Javier Borobia. Actor y papel confeccionados a medida, trabajos realizados desde un profundo respeto al texto pergeñado por José Zorrilla. Gente que se alista en el Tenorio con un compromiso que se sale del individual, alejada de la autorreivindicación egocéntrica, esa actitud tan habitual en círculos escénicos, sean profesionales o aficionados.

La plácida primera noche del Tenorio Mendocino 2007, puestos a imaginar en clave NBA con el 16 ‘gasoliano’ y con el verde esperanza céltico que ansía reverdecer viejos laureles en la camiseta, salió adelante sin que se registrasen sobresaltos noticiables. Para una crítica certera y sin metáforas, basta escuchar a esos incondicionales que fielmente lo siguen, sin faltar a la cita anual, hasta el epílogo en el cementerio. Es la opinión más fiable, la del especialista, no la del mensajero cansado de despegar flechas de un escudo que ya no aguanta más envites. A escucharles y a dejarse aconsejar, que no viene mal de cuando en cuando.

jueves, 1 de noviembre de 2007

'LAS 13 ROSAS'. Duelo de posiciones (***)

CRÍTICA DE CINE

Con la que está cayendo, con un debate político de exasperante duración y sospechado desenlace, con las televisiones habitadas por tertulianos poseídos por la ira, con libros colmados de premios que claman al cielo por la ausencia de rigor, va Martínez-Lázaro y abandona las estrecheces de la juguetona cama que tan buenos dividendos económicos le ha proporcionado para adentrarse en el proceloso cosmos de la Guerra Civil. Tomando posición, aunque no se pretenda a cara abierta, desde la misma elección de la historia, durísimo drama que tratado por el cineasta va estrechando miras y ambiciones hasta acabar centrado en la faceta lacrimógena y discursiva.
Con una postura de inicio que llevará al cabreo al bando de la cerrazón cerebral, de ideología indescifrable, el gran problema de ‘Las 13 rosas' radica en la indefinición en la que está sumido su desarrollo. Entre una puesta en escena primorosa y la tibia profundización de cada uno de los personajes, las nobles intenciones originales terminan diluidas. Hay que quedarse, cinematográficamente hablando, con lo primero. No se han escatimado detalles a la hora de darse un garbeo por esa España triste y oscura de la posguerra.

Del perfil psicológico de las inocentes jovencitas, poco que rascar fuera de esa incesante búsqueda del tono hiperdrámatico, que destroza el techo en los cinco minutos finales. Sí constatará la revisión histórica de Martínez-Lázaro que hay material detrás de una buena actriz como Verónica Sánchez y que otras de mayor renombre, desconocidos los motivos, naufragan al abanderar un estilo sometido al exceso.

Las 13 rosas' no reabrirá cicatrices, porque no lo pretendía. El tema por sí mismo no admite matices. Lo que tampoco conseguirá es hinchar la vena de la emoción. Y eso sí que lo buscaba con empeño. La dosificada alternancia entre destellos felices -esos ratones traviesos chirrían- y desoladores no deja de ser la misma trampa reiterativa por la que se despeñan tragedias basadas en la realidad. Está bien que se recurra a ellas y no se olviden, pero mejor sería que no se pensara exclusivamente en la caja o en el qué dirán en medio de una agitación social conocida de antemano.

domingo, 28 de octubre de 2007

'EL HOMBRE ALMOHADA'. Desolación, miseria

CRÍTICA DE TEATRO

'El hombre almohada'

Autor: Martin McDonagh
Compañía: Teatro del Noctámbulo
Escenario: Teatro Moderno (Guadalajara). 26 de octubre de 2007

Para punzar conciencias, pocas medidas más eficaces que involucrar en asuntos de sangre a menores. El texto del joven dramaturgo irlandés Martin McDonagh, un autor poco frecuentado en la escena nacional, no esquiva entrar de lleno en los aspectos más escabrosos de un quíntuple asesinato. Es la parte superficial que se recorre a lo largo de un áspero relato contado en tono de fábula, un viaje a las alcantarillas de la condición humana, perfiladas en esos traumas adquiridos en la infancia que no desvanecen por énfasis que se ponga en la tarea.

De fondo, corren cuestiones como el egocentrismo del creador en su soledad, la ausencia de remordimientos y más a largo alcance las relaciones fraternales o los métodos represivos utilizados en las dictaduras. Teatro del Noctámbulo ha realizado una labor notable para una empresa de envergadura. Como rasgo propio, ha dotado a la obra de una trascendencia abismal, excesiva en ocasiones. Habitual cuando se palpa una obra laberíntica y plagada de esas afirmaciones ante las que la sociedad suele cerrar los ojos.

Si ‘El hombre almohada', pese a la dificultad de una propuesta que se sostiene sobre un libreto de ilimitada ambición de autor, funciona, se lo debe en gran medida a la solvencia del cuerpo actoral. Sobre José Vicente Moirón, un todoterreno de garantías con antecedentes de grato paso por Guadalajara (‘El búfalo americano'), recae el peso de la función. Hace creíble, a veces hasta la exageración, a un personaje complejísimo, el de Katurian, escritor en sus tiempos libres de unos cuentos a los que emparejan a los citados asesinatos. Argumento que, por otro lado, no es nuevo, tratado ya desde la pantalla grande y visto en una de las últimas acometidas de Animalario, la turbadora 'Hamelin', a la que unen evidentes lazos dramatúrgicos.

El grado de desolación que se alcanza en 'El hombre almohada', más allá de una inteligente resolución y de una puesta en escena que burbujea en dos planos, el real y el onírico, pierde en las comparaciones. Lo que sí queda es el silencio por la tensión de la experiencia narrada, sólo aliviada por las medidas incursiones en ese otro plano escénico de corte fantástico.

miércoles, 24 de octubre de 2007

'IMPERIUM'. Irrespirable

CRÍTICA DE TEATRO

'Imperium'
Compañía: La Fura dels Baus
Escenario: Teatro Buero Vallejo (Guadalajara). 22 de octubre de 2007

Leo Bassi se embadurnó de miel, se llenó de plumas, lanzó una docena de huevos contra el público y estuvo cerca de montar un escándalo público al salir desnudo a la calle Cifuentes. Rodrigo García obligó a uno de sus discípulos a matar a un bogavante y comérselo ante una veintena de personas. Las discrepancias ideológicas saltaron como un resorte. La compañía catalana L'Invenció disfrazó a los espectadores de inmigrantes ilegales. Les vejó, les agobió, les colocó un pastor alemán encima, trató de acercarles las emociones de esos rehenes del Tercer Mundo.

Siguiendo esa línea dibujada en el pasado por el Festival de Teatro Urbano (FUT), una rareza entre la uniformidad de una ciudad como Guadalajara, La Fura dels Baus montó este fin de semana durante dos noches consecutivas su particular aquelarre antiimperialista, elaborado desde el contraste. El plan de choque aplicado no supone novedad. Mostrar metafóricamente lo que se critica acercándolo lo máximo posible al asistente. El ambicioso intento se queda a medias.
Transcurre con tanta celeridad ‘Imperium', un exceso de movimiento, energía y rabia interpretativa, que anula la posibilidad de digerir con calma todo aquello que trata de transmitir. Las reducidísimas dimensiones del escenario del Teatro Buero Vallejo operan en un doble sentido. En el lado positivo, generan una sensación de agobio descomunal. El movimiento agitado de las cuatro plataformas piramidales que dibujan el cuadrilátero dispuesto provoca asfixia, una tensión continua ante la falta de espacio en el que situarse. Unida a la oscuridad, genera un ambiente irrespirable, perfecto para el ritmo que imprime la obra, fiel al lenguaje ‘furero' que predica.

En contrapartida, aumenta la posibilidad de perder la perspectiva, de extraviarse ante la ruta trazada por la dramaturgia. El riesgo de deteriorar la concentración, que se exige para disfrutar en plenitud de ‘Imperium', es elevado. Este factor agranda la incógnita de si la obra, no apta para corazones funcionales aunque de menor exigencia que la proyectada por la categoría que se le presupone a La Fura, hubiera funcionado más aceptablemente en esa nave industrial que figuraba en el proyecto inicial.

‘Imperium' late con fuerza desde el violento arranque, con la explosión de una serie de mochilas-bomba seguido de un tétrico desfile de afectados por el atentado que ya anticipan la existencia de un único espacio escénico. Actrices y espectadores, un rebaño a disposición de las gladiadoras, ya no se soltarán de la mano. Compuesta de cinco actos y de una hora corta de duración, no se puede asimilar sin aceptar su profunda simbología. El movimiento es continuo y obligado. No hay barreras ni convencionalismos, ni siquiera se sigue una lógica teatral. Entre trallazos de mayor o menor nivel visual, ‘Imperium' se queda como un espectáculo exigente, desolador y efectivísimo en su resolución, aunque de unas prestaciones menores que espectáculos diseñados por anterioridad por La Fura. Y si no, ahí quedan esas sonrisas que pese lo irrespirable del ambiente y la dureza del tema tratado se escapan en multitud de ocasiones. A medias.

viernes, 19 de octubre de 2007

'PROMESAS DEL ESTE'. Furia moral (****)

CRÍTICA DE CINE

Tres reveses sangrientos sacuden la pantalla en el arranque de ‘Promesas del Este'. Violencia que paladea cada una de sus nueve letras. Desde el inicio, David Cronenberg coloca las cartas boca arriba, sin trampas. Arrebatos de rabia física y furia moral despojados de metáforas, prescindiendo de la colaboración técnica y argumental. La violencia se manifiesta en su estado más puro, desde el temor. No hay que buscar el lirismo en cada uno de estos encuentros que, lejos de fluir soterradamente, machacan a corazón abierto.

El listón baja después de ese turbador inicio que, no obstante, consigue su propósito. Ya no habrá forma humana de huir de la asfixiante atmósfera en la que sumerge Cronenberg a los protagonistas, un Londres de baja alcurnia por el que campan mafias sin reparo para apretar el puño. Hermanada con ‘Una historia de violencia', más allá de la presencia de un Viggo Mortensen que ya exclusivamente por su interpretación justifica el acceso al cine, ‘Promesas del Este' corrobora el nuevo rumbo que ha tomado la cinematografía del canadiense, antaño coleccionista de rarezas y actualmente consolidando una narrativa lineal, directa, sin recovecos guionísticos ni destrezas modernistas que pudieran conectar con otros géneros que nada tuvieran que ver con el realismo.

Oscura, inquietante y magnética, la película tiene la rara virtud de atrapar desde el desasosiego, dosificando suavemente la tensión hasta soltarla de sopetón en una de esas escenas que dejan sin reacción, la escalofriante refriega que se vive en una sauna, escaparate de muchos de los temores al dolor físico que el ser humano es incapaz de plantearse.

A un lado el recital interpretativo de Mortensen, cada vez con mayor cantidad de papeletas para acceder al olimpo de la profesión después de observar su escalofriante mutación psicológica, queda un relato de la miseria humana puesto en ojos de una comadrona que ve cómo a escasos metros del holgado microcosmos que habita -el lacrimógeno trauma maternofilial es el único parche corregible- respira un inframundo habitado por tipos que cortan dedos, arreglan sus disputas a navajazos y coaccionan a jovencitas con falsas promesas de felicidad bajo una pasmosa impunidad. Ésa es la lección de mayor tamaño que encierra ‘Promesas del Este', furioso relato troceado con tacto de cocinero elitista. No hay salvación posible más lejos del círculo de confianza que uno mismo elija, en el plano interior y humano, para resguardarse del peligro en el que se ha constituido la sociedad actual. Pesimista, inteligente y esperanzadora.

miércoles, 17 de octubre de 2007

'¡EL CONQUISTADOR!. 'Cinenovela' en las tablas

CRÍTICA DE TEATRO

'¡El Conquistador!'

Compañía: Lucidity Suitcase Intercontinental
Escenario: Teatro Moderno (Guadalajara). Viernes 19 de octubre

Al calor del título de finalista del Premio Planeta, Boris Izaguirre declaró que la telenovela es el elemento que aglutina a los latinoamericanos. Un culebrón funciona como hilo conductor a nivel dramatúrgico y visual de ¡El Conquistador!, rarísima pieza multimedia con acento colombiano que sirvió para inaugurar entre amigos la cuarta edición del Festival de Teatro Urbano (FUT). Contiene la producción de la Lucidity Suitcase Internacional, plagada de guiños transoceánicos, un muestrario de elementos que la emparentan al universal género televisivo, fundamentalmente en cuanto al tono en el que está narrada. Los enredos, amoríos y pérfidas intregas tan típicas de la telenovela van ganando peso conforme se acerca el epílogo, convertido en un delirante ejercicio más próximo al surrealismo, ya con las ataduras narrativas totalmente desgarradas. Hasta ahí, escasa conexión en lo expuesto con el patio de butacas.

Comedia superficial, intriga sin suspense y un hachazo al colonialismo español del siglo XV se van cruzando para perfilar una historia que tiene como único protagonista a Polonio, tibio Thaddeus Phillips, un campesino colombiano aficionado a los culebrones que llega a la gran ciudad movido por el sueño de participar en uno de ellos. Sin quererlo, los acontecimientos le van situando en el interior de un relato extravagante. Lo realmente novedoso y atractivo de ¡El Conquistador! es su fantástica puesta en escena, una suma de elementos audiovisuales y escénicos que la aproximan a los códigos cinematográficos. Phillips sale y entra de una pantalla situada a sus espaldas, el otro gran intérprete, en una lección de coordinación muy vistosa e innovadora.

lunes, 15 de octubre de 2007

'SABORES'. Serio y exigente

CRÍTICA DE DANZA

Sara Baras

Espectáculo: 'Sabores'
Escenario: Teatro Buero Vallejo (Guadalajara). 5 de octubre de 2007

El mejor halago que se le puede hacer a ‘Sabores' es que mantiene el listón en las alturas hasta cuando su madrina, Sara Baras, descansa entre bambalinas. Arropa a la prodigiosa gaditana un núcleo de artistas de comprobada eficacia, una marca distintiva que ella rubrica a fuego en los trallazos en los que enciende las tablas. Es lo que más favorable que se puede escribir de ‘Sabores', que rápidamente se planta como una espectáculo serio y exigente. Poco complaciente con el patio de butacas sobre lo que suele ser costumbre. La interminable ‘seguiriya' que construye Luis Ortega es el mejor ejemplo. De complicadísima ejecuición, mereció un mejor trato del que le dispensó el auditorio.

‘Sabores' se escribe al dictado de la emoción. Arte en estado puro, sin condimentos ni distracciones. Prescinde de la escenografía. Tampoco el vestuario se sale de la línea de sensatez impuesta. Lo que reluce es el talento, al servicio del arte y no de ningún otro tipo de interés. Desde la fe y el compromiso ético. Sara Baras, sobra decirlo, ejerce de reina sobre le tablero, abarrotado de alfiles, torres, caballos y peones movidos por una inteligente estrategia.
Enérgica, la gaditana tensa con rabia la musculatura, dobla la cintura como si fuese de plástico, dibuja arabescos irrealizables con los brazos. Pone en práctica un estilo muy particular, lanza un conjuro con el que es complicado no caer hechizado. El punto mágico de ‘Sabores' lo coloca ella, en complicidad con un cuerpo de baile de altura y con el complemento de dos bailaores, Luis Ortega y José Serrano. El segundo fabricó un monumento a base de taconeos furiosos en las agotadoras ‘alegrías' que dispuso sobre el escenario. La energía que consumió le fue devuelta por la platea forrada con un caluroso aplauso.

Sin una línea definida, puesto que el argumento que enlaza las piezas, hasta veinte, simplemente no existe, ‘Sabores' va pasando por los distintos palos que sujetan el flamenco. Algunos pasan desapercibidos sin caer en la monotonía, a la espera de la irrupción de Baras. Otros causan tanta conmoción, que hasta provocaron un fenómeno poco habitual en el aforo del Buero Vallejo: el silencio. El visceral ‘martinete' que ejecutó en las postrimerías de la noche, que llegó hasta las dos horas sin parón, quedará como uno de los mejores números vistos en la trayectoria del teatro. Para conservar en la memoria.

domingo, 7 de octubre de 2007

'MATAHARIS'. Espionaje de interiores (****)

CRÍTICA DE CINE

Sutil, contenida y efectiva, 'Mataharis' es el acertado regreso a la dirección de Iciar Bollain superado ya el inesperado ‘boom' de 'Te doy mis ojos', que supuso tocar cima para el género social de la industria nacional, hoy menos reincidente. El cine de Bollain es de largo recorrido. Procede una mirada pausada, atenta a detalles insignificantes, colocando al reparto al servicio de la historia. Como es habitual, el sector femenino sale beneficiado.

'Mataharis' se vertebra como un puzzle que se va rellenando con tranquilidad y sin errores. No se percibe ni un paso en falso en ese trío de historietas de tono discursivo que engrosan el guión. La acción se queda en el interior de los personajes femeninos, que tras dolorosas revelaciones nuevamente recorren un camino liberador, como ya sucediera en 'Te doy mis ojos' o la primeriza 'Hola ¿estás sola?'.

En ‘Mataharis', la incomunicación en diferentes frentes ocupa el centro de la diana. Silencios torturadores, disyuntivas éticas y secretos de alcoba, con el incentivo cinematográfico de contemplar cómo van siendo descubiertos por profesionales preparados para desenmascarar los enigmas ajenos, son el gancho de una película que, sin quererlo, se constituye como un ejercicio de estilo. Para dotar de agilidad un fresco pintado con enorme habilidad, Bollain ha optado por agitar la cámara, desenfocarla, usar el tono detectivesco de la trama como gancho para acercarse al documental. Impide así que el desarrollo se diluya cuando el ritmo lento del relato goza de menor intensidad. Es el único fallo que se puede achacar a esta impecable 'Mataharis', sin duda la mejor película del cuarteto que ha diseñado la cineasta.

El nivel de contención de las historias, reunidas al calor de una oficina de detectives privados, se sobresalta, fundamentalmente por mediación capítulo protagonizado por María Vázquez y Diego Martín. Hace gala de un tono reivindicativo que contentará a los utópicos y que, por el contrario, restará metros de profundidad al agujero emocional, de mayor hondura, por el que transitan las dos piezas restantes que articulan el largometraje.

Por ahí, un asunto que agita sindicalismo, maldad de multinacional y romance, se aprecia ese toque tan genuinamente social que parece que debe aparecer por norma en una integrante de la cinematografía nacional. Como una justificación para incrementar ese presunto grado de verismo que se atribuye a los trabajos que toman prestados asuntos colindantes con la realidad. 'Mataharis' pespunta en esa dirección, aunque ese matiz tan singular del cine español no acaba de afectar al conjunto final, de impecable visionado.